El barrio, los jóvenes y el capitalismo

Santiago de Cuba, 1 de feb. – El barrio es la casa grande, la de todos. Es también el lugar de la opinión. Allí se arman grupos espontáneos que hablan con desenfado de todo o de casi todo; se cuentan informaciones tan inmediatas que harían palidecer de sana envidia a buena parte de nuestra prensa. Solo que los informantes voluntarios suelen ser inexactos, gustan de exagerar y  añadir a lo supuestamente ocurrido datos e interpretaciones de su propia cosecha.

Se opina en cualquier sitio, pero hay un parque sin nombre, situado a una cuadra de La Raspadura, en el centro del barrio, donde habitualmente se reúnen varios vecinos, en su mayoría jóvenes. Opinan de cualquier cosa o la opuesta, aún de las cuales no saben nada o casi nada, pero hay que escucharlos porque en el maremágnum de criterios  pueden esconderse verdades e inquietudes ante las cuales no hay derecho a ejercer  la descalificación por ausencia de conocimiento.

Juzgan, cuestionan, conjeturan. Un tema favorito es el deporte, ahora hablan de pelota y de futbol, pronostican, aceptan o niegan con tanta energía que algún  desconocedor del ambiente puede confundir la pasión con el enfado, la vehemencia con el prefacio de un altercado; pero no: son sus modos de discutir, altisonantes y sanos. A pesar de sus modales y desatinos quienes escriben deberían atenderlos porque lo diario, lo aparentemente intrascendente  es parte del jugo de la vida y la vida no es exclusiva de quien escribe, es también propiedad de quien ve, oye o lee.

En ocasiones escuchamos opiniones tan discutibles, que parecen puros dislates y tendemos a rechazarlas de cuajo. Pero siempre que el otro exprese sus pareceres con  respeto hay que  oírlo. A veces cuando la disputa sube de tono y pasas por el parque piden tu criterio, te  convierten en árbitro, porque existe la creencia de que los periodistas siempre tienen la última, incluso en temas que la prensa no ha publicado. Entonces hay que afilar la puntería y mediar sin renunciar a la sinceridad.

Hay una tendencia protagonizada por jóvenes que idealizan el capitalismo, especialmente sus avances técnicos y comparan la sociedad cubana con las de países desarrollados o ricos en recursos y en desgracias, donde se cometen a diario injusticias que estos entusiastas de la tecnología ignoran. Los admiradores suelen ser jóvenes que ven seriales y videos, muchos de dudosa calidad, películas que ensalzan al sistema capitalista, programas que proponen falsedades como verdades. Es fácil criticarlos, mucho más difícil sería educarlos para entender estos medios que entretienen, seducen y confunden.

Uno de los jóvenes que ocasionalmente se sienta en el parque, tiene una explicación tan simple como categórica. Si los jóvenes conocieran el capitalismo apreciarían mejor lo que tienen, dice invariablemente Alcides Torres y me cuenta nuevamente su historia  desde  los tiempos en que tuvo que trabajar siendo un niño, hasta los años sesenta en que se hizo técnico medio, hasta hace poquito cuando se jubiló, aunque sigue activo y siempre anda buscando algo que hacer que no sea refugiarse en la casa.

Este joven de 75 años viene al parque, no discute sino escucha, no habla de deportes porque no practicó ninguno, solo cuenta alguna anécdota las pocas veces que se lo piden. Pero su tema favorito son los jóvenes: algunos salen en la televisión como modelos de lo que se puede hacer, pero no son los únicos. Están los que sus familias no supieron educar bien o los que no se dejaron educar en un país donde todos tienen su oportunidad y se pone el mismo como ejemplo, él su familia y los trabajos sin cuento que pasaron.

Hoy nos vamos temprano. Pasados los estragos del fin de año nos convocan a hacer algunos arreglos en las calles, a limpiarlas. No podemos con los baches antológicos: eso lleva recursos, pero podemos higienizar. Estos jóvenes a quienes les encanta opinar no participaron  cuando entre todos asfaltamos la calle, me dice Alcides Torres, simplemente no habían nacido, pero no podemos descuidarnos, mañana es domingo y hay que levantarse temprano no vaya a ser que los muchachones se nos adelanten. Por: Osmar Álvarez Clavel

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