El oficio de aprender a oír

Santiago de Cuba, 12 de nov.- Cuando tengo una idea trato de compartirla con mis estudiantes de Comunicación Social de la Universidad de Oriente, los conozco: andan con razonamientos jóvenes, frescos. En ocasiones afirman cosas discutibles, pero la dicen con franqueza; a veces hablan con premura, omiten detalles, se sirven holgadamente de las redes sociales sin muchos reparos y se vuelven más vulnerables. Critican con facilidad lo que hacemos; cuando los convoco a proponer pasan trabajo. Mas, la culpa no es de ellos sino mía por lograr cumplir mi función de persuadirlos, no solo por respeto, sino porque habitamos en el mismo espacio de diálogo.

Soy partidario de una consideración: tenemos que acopiar valor y aprender a oír, incluso lo que no nos conviene, a dialogar más que a debatir. Eso pienso,solo que cuando me colocan en una situación embarazosa dudo, aunque no lo confiese públicamente. Aun en tales circunstancias sugiero intercambiar criterios y acometo suave. A veces confirmo que la raíz de la discrepancia tiene que ver con la escasez de información o la desinformación deleznable. No suelo hacerlo, pero lo hago cuando me siento entrampado y no encuentra otra fórmula pararesponder. Y si el asunto rebasa mi competencia callo y cambio de tema.

Cuando tengo que adentrarme en los malabares de la vida cotidiana prefiero acudir a mis vecinos, a sus experiencias sin descartar que las escaseces tienden a contaminar los razonamientos. No siempre logro el objetivo: a mis compatriotas le pueden faltar cosas, de esas que se anotan en la libreta de abastecimiento o no se anotan en ninguna otra libreta; lo que nunca le falta es imaginación, cualidad que no solo le alcanza, a veces le sobra.

Me gusta escuchar a la gente del barrio. Me seduce el diálogo y cuando el intercambio se enreda en algún recoveco, vuelvo a preferir la escucha. En ocasiones sus críticas con o sin fundamento duelen; a veces proceden de la falta de información bien dosificada. Lo peor sucede cuando no hallo respuestas convincentes: son los momentos en que deploro no ser lo suficientemente inteligente para hallar la palabra adecuada y persuadir. Aun así trato de dialogar, me place aportar datos. En ocasiones como son persistentes los recrimino levemente, en otras no hallo ninguna salida y opto por callar.

Nos identifican los criterios compartidos aunque nazcan de razones diferentes, de versiones personales de la realidad. Hace unos días, para ilustrar con un ejemplo amable, conversábamos sobre el equipo Santiago. ¿Cómo era posible que después de tan buen desempeño, de tantos jonrones, cerca de la meta se desmoronen y pierdan tres juegos seguidos? ¿Será que después de hacernos disfrutar quieren hacernos sufrir? ¿O será que los aplaudimos antes de tiempo por las ansias reprimidas de victorias? Nos identifican los dolores compartidos: parece que el equipo lo sabe; se repusieron y clasificaron. Lo que hagan ahora será motivo de orgullo, pero ya cumplieron con la mayoría.

Quizás con lo dicho no gane adeptos, si es así me disculpan: son los riesgos de la opinión. Pero creo firmemente que hay que entrenar los oídos, aguzarlos y escuchar a la gente del barrio y a cualquier otra que hable con respeto. La razón es simple: usted no puede replicar con eficacia si no escucha bien lo que dice el otro. Insisto:necesariamente hay que oír a la gente del barrio porque son los nuestros. Y, del mismo modo que necesitamos en el barrio y fuera de él muchos líderes capaces de conducirnos en procesos difíciles como los actuales, del mismo modo que el barrio requiere de guías, los guíasrequieren del barrio.

Para pensar como país – y perdonen la perogrullada- hay que comenzar por hacer las cosas bien y para hacerlas bien, primero hay que hacerlas:así de sencillo. Y en este pensar y actuar colectivamente estamos obligados a oír, no solo por un problema de cortesía, sino porque necesitamos de la palabra del otro, sea quien sea. Practicar el infinitivo escuchar no depende de ninguna ley, disposición o reglamento. Incluso no precisa que ningún líder por prestigioso que sea lo indique. Depende, en principio, de la voluntad de cada uno, porque este asunto nos implica a todos, a usted y a mí.

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Osmar Álvarez Clavel

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