Pasan la gente: ¿Y los abrazos?

Santiago de Cuba, 13 de oct.- Hay personas que no pasan, están ahí, inamovibles; aunque algunos, por diferencias de criterios, envidias o por el hábito del desacuerdo, pretendan desplazarlas siguen ahí; este es el caso de nuestros héroes y mártires y de los amigos cabales. Hay gentes y gentes. Están aquellos a quienes rendimos pleitesía y los que merecen un poco de rencor. Descartamos a los segundos, nos desagrada malgastar el tiempo y no tienen cabida en una crónica nacida del corazón santiaguero, incapaz de convivir con lo bajo, lo espurio y lo estéril.

Están la gente de todos los días: los fieles, los no tan fieles, los olvidadizos y los agradecidos. Tu gente de los años de estudiantes en la universidad ayer, tus alumnos y colegas de la Escuela de Turismo, después.

Conforman un abanico digno de ser abierto por algún sicólogo empedernido, de algún trasnochador empecinado en buscar la verdad sin asideros que se localiza en alguna parte del alma. Y no pueden faltar la gente amistosa del barrio que te quieren por amor al arte y los compañeros del taller con quienes compartes trabajos, inquietudes, nostalgias, y los abrazos que nunca sobran.

Hay personajes que solo caben en las historias personales. De cuando en cuando recuerdo alguno. Me viene a la mente Benitìn. No sé como pero conquistó mi amistad y la de mi madre. Se distinguía por su voracidad a la hora de afrontar el muy humano acto de comer. En los setenta, cuando no éramos nadie, mi madre le guardaba comida: a Benitìn no le alcanzaba la que le daban en beca ni siquiera cuando algún arrepentido donaba la suya. Venía mi casa siempre con la misma pena, y ejercía su voluntad: comía lo que fuera con una sencillez y un virtuosismo espeluznantes.

Nos graduamos y cada cual tomó su rumbo. Un mal día me enteré: se había inventado un cargo como representante de los derechos humanos en una provincia vecina y después de unos meses de susto se fue con familia y todo; salvo con su esposa, una guajira enhiesta, que se negó a marchar y me contó la historia. En uno de sus regresos nos encontramos, no le reclamé el olvido. Apenas andaba erecto: la barriga y las penas le estorbaban. “Quería volver a ser cubano”, me dijo; y visitar a mi familia. Mi madre lo recibió como si tal cosa y él nos invitó a comer. Mamá lo escuchó con la tranquilidad con que disfrazaba su pavor, y no le hizo el menor caso.

Osorio era- y probablemente sea-un gastronómico excepcional. En una captación para la Escuela de Turismo lo aceptamos de inmediato. Estudió en un preuniversitario en el campo donde vivía, se licenció en lengua inglesa y tenía habilidades como dependiente sin haber hecho servicio. Cuando formamos los primeros mandos lo incluimos. Lo seleccioné para entrenarse en el exterior. Cumplió. Años después se fue por su cuenta a Italia, regresó y marchó a España. Nos mantuvimos en contacto. El año pasado estuvo dos semanas aquí; me enteré cuando se fue: seguramente olvidó informarme.

Oslaide también es de origen campesino. En la Escuela se hizo de un nombre. No conozco a nadie con su capacidad para la gestión de ventas en un restaurante: Oslaide es mago. Se casó con una hermosa canadiense, mulata por más señas, y allá está. Cuando viene nos vemos en mi casa, nos damos unos tragos y vamos a una calle cercana donde jugábamos dominó y volvemos a jugar. Luego se va a Guamá, a su tierra, regresa y lo acompaño al aeropuerto. Siempre dice lo mismo: “¿hace falta algo?” Invariablemente le respondo: Claro, hombre, un abrazo.

Y están la gente del taller de gráfica del 18 plantas de Martí. Son pocos y no paran de hacer cosas útiles a la medida del cliente. Rey administra, limpia y arma los productos diseñados por Rachel, una profesional que domina su trabajo y prepara los diseños para los cristales que Fidel, maestro del arenado, da forma definitiva. Y está Carlos, el dueño; hace de todo y nadie sabe cómo le queda tiempo para ser amable y atender a la gente del consultorio médico aledaño. En la mañana la primera en llegar es la doctora Niorvis Piñero, una mulata grande y cariñosa. Nos saluda uno a uno; abraza a Carlos porque, dice la doctora: “El mejor lugar del mundo está dentro de un abrazo”.

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Osmar Álvarez Clavel

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