Sandy y las noches más cortas

Santiago de Cuba, 26 de oct. – Si el en la madrugada del 25 de octubre de 2012 el huracán Sandy destrozó Santiago de Cuba, si aquella , al decir de Reinaldo Cedeño, fue la noche más  larga; tres años después, para este servidor, las noches se volvieron cortas. Como en Cien años de soledad, donde los habitantes de Macondo se levantaban temprano para conocer a su propio pueblo;  tenía que levantarme con el alba para reconocer mi propia ciudad.

A mediados de 2013 marché a la capital: debía prepararme para trabajar en la oficina de Prensa Latina en México. Días antes  recorrí con calma buena parte de la urbe. Los síntomas de recuperación eran visibles, pero la ciudad estaba llena de cicatrices. Al regresar, dos años después, tuve una semana en La Habana. Tenía que rendir cuenta, entregar informes, abrazar a los amigos. Varios de mis colegas me hablaron largo de las transformaciones, de lo hecho colectivamente, del nuevo estilo de trabajo: me endulzaron los oídos.

El viaje de regreso fue prodigioso; estamos vivos por equivocación. El chofer reeditó varios capítulos de la serie Rápido y furioso; pero llegamos tarde. Mi esposa y yo nos disponíamos a tomar un taxi y continuar desangrando los bolsillos cuando apareció mi sustituto. Tomamos la carretera Central hasta mi casa. El barrio dormía. En la mañana los vecinos aparecieron ordenadamente, al mediodía vinieron mis hermanos, compartimos fuerte. Acabamos con  las botellas de tequila y los saladitos. Cuando anocheció los conminé amablemente:

-Voy a tirarme un rato, estoy hecho pedazos y mañana es 1 de mayo.

Por poco quien no cumple soy yo. Llegué tarde al desfile. Me atrincheré en una esquina de la Plaza de la Revolución y pude abrazar a muchos amigos y compañeros algunos de los cuales había olvidado el nombre. Luego enfilé  para casa de mi madre, cuando tomé la avenida me quedé atónito: la calle de mi infancia parecía nueva:  le habían cambiado hasta el nombre,  la antigua avenida Yarayò ahora se llamaba  Patria y estaba  llena de  edificaciones  nuevas, pintadas con colores vibrantes.

Almorcé con mi madre quien no cesaba de llorar. En la tarde volví a la avenida Patria y llegué hasta la Alameda. No podía creer lo que veía: el nuevo Paseo Marítimo era una joya constructiva. Al rato tomé una moto y regresé a casa. Al  día siguiente subí con mi familia hasta la Plaza de Marte, nos trepamos a una guarandinga, una especie de guagua de mediano porte, sin ventanillas pero con techo, un eficiente invento de inspiración nacional.

En el Parque de los sueños había muchasofertas. Comimos bien. Dejé a mi esposa y mis nietos en buenas manos.. En Rajayoga me detuve en un restauranteparticularmuy bien diseñado: Terrazas la caridad. Su dueño me hizo la historia: de la devastación ocasionada por Sandy solo escaparon una banderita cubana y la efigie de la Virgen de la Caridad. Ya tenía material para escribir para la revista, pero seguí para Ferreiro. Pasé por la rejuvenecida Casa del Caribe, por la galería de Arte de Manduley, por la casa de  la Cerámica y la de África. Me senté en el parque a organizar las notas.

Siete años después de Sandy Santiago es una ciudad otra, un referente para la nación, no solo por la celeridad con que se recuperó de la destrucción alevosa ocasionada por el huracán, sino por la calidad de lo hecho y, sobre todo, por la participación masiva de sus hijos en el empeño por restaurarla. Es una ciudad más hermosa que siempre y no lo digo por amor, aunque  amor no falte; personas de todas partes del país cuando vienen, dicen lo mismo.

Pero hay una paradoja que duele. La ciudad reconstruyó sitios emblemáticos y construyó nuevas edificaciones, modernas, hermosas. Eso significóesfuerzos y  gastos cuantiosos. Sin embargo no siempre la preservamos, ni siquiera los mismos que las construyeron lacuidan y aquíestá la contradicción porque cuidar no cuesta ni un centavo: ¿Será verdad que nos falta fijador, espíritu de preservación?  Y si es así:  ¿basta con los llamados a la conciencia? Son preguntas que demandan respuestas para despabilarsentimientos. ¿Qué opinan los dueños de esta página, los lectores?

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Osmar Álvarez Clavel

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