Una convivencia social armónica siempre valdrá la pena

Santiago de Cuba, 17 de feb.-  El combate por erradicar de nuestro entorno expresiones de indisciplina social y el interés por lograr una convivencia social armónica en cada espacio de la sociedad que construimos, siempre valdrá la pena y redundará en beneficio colectivo. 

 Y es que resulta inverosímil el comportamiento de quienes se muestran irrespetuosos y hasta agresivos, desde llegar a un lugar donde nadie te quiere orientar, decirte que es el último en la cola, o simplemente contestarte el saludo, haciéndote un gesto de aprobación, o dedicarte una sonrisa.

 Inexplicable es esa evidente paradoja entre el alto nivel de instrucción que distingue a nuestro pueblo, con el poco nivel de educación manifestado por algunas personas y reflejado en un mal comportamiento social.

 Lo más preocupante de esas conductas es el patrón negativo que se crea para los niños y las niñas que van creciendo bajo tales influjos, cuando es responsabilidad de todos encaminarlos  hacia una  educación cívica que les será útil para toda la vida.

  La responsabilidad no es únicamente de la escuela como algunos consideran, sino  fundamentalmente de la familia que tiene la obligación de enseñar desde la cuna y fomentar después hábitos y valores que deciden en la formación de la personalidad.

  Es cierto que los desajustes afloran aún más cuando las personas no sienten satisfechas sus necesidades materiales más perentorias, como existe en época de limitaciones y dificultades económicas que afectan la vida de cada cual; pero tal situación, en modo alguno,  justifica actitudes criticables, a veces asumidas,  e irritabilidad en ocasiones por nimiedades.

  Una buena parte de esa batalla se ganaría si comprendiéramos que muchos de los problemas de una convivencia social negativa, que hoy preocupa a la familia, la comunidad y la sociedad en general, pudieran resolverse -o por lo menos atenuarse- si practicáramos una buena comunicación social.

  Estas situaciones pueden ir solucionándose en la medida en que logremos una convivencia social armónica, que se alcanza -hasta cierto punto- con una comunicación directa, de características positivas, sin ambigüedades, ni posición acusadora.

  Asimismo la práctica de buenas acciones y un matiz de afecto y cariño que ayuden a llevar agradablemente la vida, resultan estocada directa a las indisciplinas sociales.

  En intercambio con voces autorizadas en el tema como la doctora en Ciencias Pedagógicas  Aleyda Márquez Rodríguez, ella reiteraba que cuando se respetan las normas y los valores propiciamos una convivencia aceptable,  que fluye, pero si algo se transgrede entonces se pierde ese equilibrio, imprescindible para ofrecerle felicidad a la existencia de cada cual.

   También Adriana Sosa, quien ha hecho de su vida un verdadero magisterio y se ha desempeñado con resultados en las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia de la Federación de Mujeres Cubanas, concede importancia vital al respeto entre todos los miembros del núcleo, en aras de resolver situaciones que, a veces, llegan al límite en el seno del hogar.

  En ese espacio está la primera escuela de la vida, recalca la especialista,  y lo que se logre ahí en términos de civilidad y conducta sentarán las bases para todos los momentos, tareas y responsabilidades que asuman como hombres y mujeres en el transcurso de la existencia.

  La Revolución enarbolará siempre como un patrimonio valiosísimo esa reserva moral que hay en cada persona, y en el pueblo como una de sus más preciadas riquezas,  y mantenerla no está en contradicción con las escaseces y carencias, piensa Sosa.

  Nuestra grandeza como pueblo también está en la capacidad de crecernos y probarnos ante situaciones difíciles que son, igualmente,  definitorias ya  que convocan a la proeza y al heroísmo a los cuales muchos cubanos han hecho culto.

Por: Aída Quintero Dip.

 

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