Violencia y medios de comunicación

Santiago de Cuba, 28 de jun. – En un artículo publicado por el periódico Granma, el 14 de enero de este año, el periodista Julio Martínez afirmaba: “La vulgaridad, agresiva y perjudicial antivalor, corroe la nobleza del alma, tiende a asentar en algunos seres la errónea concepción de que la ordinariez es el único modo posible de vivir”.

Hay muchas formas de violencia. Nos referiremos solo a las agresiones, en nuestro aquí y ahora. Lamentablemente Santiago de Cuba, ciudad hospitalaria por naturaleza, no escapa a este nocivo fenómeno, particularmente durante el verano, cuando se desarrollan eventos masivos, espacios propicios para la diversión colectiva donde, sin embargo, la violencia asoma.

Apreciamos el carnaval como una oportunidad única de alegría total: pero no podemos aceptar que haya quienes desaprovechen esta opción sana y  múltiple para agredir al otro. Quizás por ello, mientras unos dilapidan su dinero en parrandas interminables, otros prefieran pasarla en familia.

En el carnaval santiaguero, festividad indispensable, hay de todo, bueno y malo. Están los que acopian sus ahorros y los gastan en las variadas ofertas del jolgorio. Hay quienes recogen los frutos  de su esfuerzo y salen en paseos y comparsas para solazar a muchos y está esa maravilla de la cultura popular: la conga, ante cuyo paso muy pocos pueden controlar los delirios del cuerpo.

Pero,  surgen focos de violencia y pasan cosas feas que  solo los empecinados en ocultar callan, con lo cual facilitan a los lenguaraces la posibilidad para distorsionar la realidad, algunos incluso emplean las redes sociales. Carezco de datos oficiales sobre hechos violentos del último carnaval, pero dispongo  de ojos y de paciencia para escuchar los relatos de mis vecinos, casi siempre exagerados: ellos sustituyen a la prensa.

Hay quienes convierten el carnaval en escenario para la violencia como si esta fuera parte de la fiesta. Son pocos, pero son. Y están los especialistas en justificaciones, quienes afirman, con alguna razón, que hay países donde la virulencia es parte de lo cotidiano y mencionan a Brasil, Colombia o México. Pero, vivimos en un país otro donde cada ser humano cuenta y la violencia de cualquier tamaño que sea, atenta contra la vida, aún de quienes la propician.

Del papel de los medios hablaremos en otro comentario. Pero adelantamos dos elementos esenciales. Los medios cumplen su función educativa al alertar al ciudadano y solicitarle civilidad. Por ejemplo, recuerdan la prohibición de portar armas y  las secuelas que acarrea incumplir con esta regulación. Más, habría que interrogarse sobre la conveniencia, también educativa, de publicar con la mayor inmediatez posible los hechos que perturben la tranquilidad y las medidas adoptadas con los infractores; con nombres y apellidos.

Desde luego, no somos tan ilusos para creer que la violencia se puede erradicar de cuajo. Pero, tenemos el derecho a enfrentarla con todos los medios, desde el diálogo participativo hasta la coerción en casos extremos. Se trata de disminuirla a su mínima expresión, de desestimularla a partir de la labor comunicativa de la sociedad en su conjunto, incluida la que ejercen los medios de comunicación, con su mayor o menor capacidad persuasiva.

Se va conformando una narrativa de la violencia, y no solo en los carnavales, que contradice la esencia humanista y solidaria de nuestra sociedad, un espíritu que niega la cordura. Coincido con la reflexión de Mayté García Tintoré (Periódico Sierra Maestra, edición del 25 de mayo de 2019), quien apunta: “La cordura no puede ser una elección, si la vida de los otros está en juego”.

Nadie tiene derecho a vulnerar la convivencia y cuando esto ocurre hay que ser severos con los transgresores y transparentes en la información. No pretendemos aguarle la fiesta a nadie, sino recordar que la brutalidad deviene vicio permanente si no la atajamos a tiempo. Y ya lo decía José Martí, nuestro Héroe Nacional: es difícil vivir cuando la virtud tiene que pedirle perdón al vicio.

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Osmar Álvarez Clavel

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