Todavía hay empecinados que creen en…

Santiago de Cuba, 01 de feb. -La democracia.  Me incluyo, con una observación: creo en la mía, la que conozco y de la cual soy parte. Hay quienes piensan lo contrario: es su derecho. Nos acusan de tener un solo partido, de la forma como concebimos las elecciones, de irrespetar los derechos humanos… No es preciso rebatir cada uno de estos reproches. El país y muchos extranjeros que nos visitan o admiran a Cuba en diferentes latitudes han descuartizado tales impugnaciones, las cuales prosperan en círculos muy manipulados o integrados por personas que solo valoran positivamente lo que les conviene a sus bolsillos y o a sus odios. Los datos sobre la democracia cubana son claros. Solo un observador parcializado, envenenado ideológicamente envenenado, puede negarlo evidente.

Precisamente en este mes la Carta Magna, expresión sintetizada de la democracia, cumple dos años de aprobada. En Santiago de Cuba todo el proceso electoral constituyó un ejercicio democrático. En el país, en la consulta popular que antecedió al plebiscito el pueblo se convirtió en constituyente. Sus aportes condujeron a modificar el 60 por ciento de los artículos. Durante el referendo el 90 por ciento de los ciudadanos acudieron a las urnas custodiadas por escolares. El 86,15 por ciento votó en favor de la Constitución y solo el 9 por ciento lo hizo en contra. ¿Cuál de los países que cuestionan el modelo electoral cubano puede mostrar cifras semejantes?

Nos reprochan por tener una democracia diferente a la suya. Nos proponen como paradigma la estadunidense o, más exactamente, lo que queda de ella tras el desastroso gobierno de Trump. Algunos rememoran con nostalgia la democracia ateniense o la de la Francia revolucionaria, de cuyo lema libertad, igualdad, fraternidad, en el caótico mundo neoliberal, solo quedan los escombros. No conozco a nadie que recomiende la democracia de comunidades primitivas que decidían colectivamente sus asuntos. Parece que, paradójicamente, en la medida en que el hombre avanza en el tiempo con todas sus tecnologías a cuestas se vuelve más antidemocrático en un contexto donde la democracia burguesa, defendida a ultranza por muchos gobiernos, yace envilecida.

El paradigma estadounidense de democracia, desarrollo y liderazgo está en crisis. Su respuesta ante la pandemia evidencia la magnitud de la decadencia imperial. En los días previos a la investidura de Joe Biden, después que las hordas trumpistas profanaron el Capitolio y estuvieron al borde de dejar sin templo a la democracia, Washington semilitarizó. Las amenazas de nuevas manifestaciones violentas obligaron al Gobierno a movilizar alrededor de 25 mil efectivos de la guardia nacional para proteger a losEstados Unidos de sus terroristas domésticos. Para suerte de todos no hubo mayores incidentes. Otra debacle habría sido fatal: una nueva vergüenza para la humanidad; porqueTrump recuerda a Hitler, quien condujo al abismo a su pueblo: ¿hasta cuándo los pueblos tendrán qué pagar la ineptitud y la falta de su cordurade sus gobiernos?

Sin ánimos chovinistas, apostamos por nuestra democracia, aunque respetamos las asumidas por otras naciones: tienen derecho a elegir y deberían tener el deber de respetar nuestra elección…Nos referimos a la participación popular en la aprobación de nuestra Constitución. Ahora debemos señalar la tarea ordenamiento en la cual el países está inmerso en su afán de dinamizar el desarrollo económico social aún en una situación desfavorable. Esta medida fue explicada prolijamente por los medios de comunicación y tras su implementación se mantiene un diálogo permanente para perfeccionarla, para atender inquietudes y propuestas, así ocurre con las relativas a los precios, muchos de los cuales han sido revalorizados y a la atención a los vulnerables que no quedarán desamparados. Quienes deseen trabajar no tienen que inquietarse.

Si el proceder estatal en tareas vitales y complejas como el ordenamiento monetario sin afectar a la población, a la cual la medida beneficia, no es una prueba de democracia tendremos que volver a la escuela para que nos enseñen que significan conceptos como derechos humanos, justicia y democracia. El hecho de que en medio del tenso contexto  el país adopte medidas que solo pueden fructificar con la participación colectiva,  habla por sí solo de la confianza del Gobierno en su pueblo y de este en su dirección; si el país es capaz de proteger a su población de la pandemia y al unísono enviar a supersonal médico a salvar vidas por el mundo, si este gesto solidario no se llama democracia tendremos que volver a la escuela para que nos instruyan sobre el significado esta palabra tan manipulada.

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