Un canto de amor hacia la Enfermería

Santiago de Cuba, 12 de may. -Con ese impecable y distintivo color blanco de sus uniformes, los enfermeros y enfermeras son, en esencia, sanadores de alma que van por los difíciles caminos de la vida haciendo el bien y reverenciando una profesión hecha del sacrificio y del amor.

Escoger ese destino para su existencia es un acto de fe en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud, por eso merecen el homenaje en ocasión de celebrarse el Día Internacional de la Enfermería este 12 de mayo, en honor al aniversario del nacimiento de Florence Nightingale, considerada la creadora de la enfermería moderna.

En el mundo existen miles de hombres y mujeres consagrados a un ejercicio tan noble y cada uno de ellos tiene una historia, digna de respeto, reconocimiento y admiración, porque son especiales para entender de esperanza y valor, alegría y desesperación, dolor y sufrimiento, así como de vida y muerte.

Sin demeritar ningún trabajo, oficio ni a nadie, la población reconoce asiduamente a la enfermería como una de las profesiones más honestas y éticas; las personas confían y respetan instintivamente tanto a las enfermeras como la labor que desempeñan en situaciones normales, muchas veces, y en otras, en las más adversas.

Un ejemplo es Elsa, la diligente y colaboradora enfermera de un consultorio en Cuabitas, en la ciudad de Santiago de Cuba, quien ha hecho de la jovialidad y el talento herramientas fundamentales para acercarse y entender el dolor humano, tratar de aliviarlo con una sonrisa y palabras de aliento, sobre la base de sólidos conocimientos y entrega a su trabajo asistencial.

También merece el elogio Andy Rafaela, la enfermera del hospital siquiátrico de El Caney que en expresión de la vocación humanista y solidaria de la medicina cubana está entre el personal de la salud que comparte abnegación y riesgo para combatir en primera línea, en Barbados,  la COVID-19,  enfermedad que tiene en vilo al mundo por su rápida propagación y alta letalidad.

En este recuento no pueden faltar los que siguen pacientes y laboriosos en sus puestos en los hospitales, o en los consultorios, acercando la salud a la comunidad; los que atienden con esmero a embarazadas, ancianos, hipertensos, diabéticos, y vigilan su estado hasta en sus casas; a sabiendas de que mediante sus acciones sirven a la humanidad y protegen la salud y el bienestar.

Nadie olvida la calidez de sus manos y su presencia alentadora en algunos de los momentos más preciados de la vida, al igual que en algunos de los más trágicos; como en el instante del parto cuando ofrecen apoyo y fuerza, en las primeras vacunas de los hijos, o cuando cuidan con amor filial ante una fiebre o rasguño en el brazo o la pierna de los infantes.

Hay que quitarse el sombrero ante quienes van cantando un himno de amor en la garganta y de calor en la mirada, al recorrer inhóspitos parajes de este mundo nuestro para asistir, curar, salvar, respaldando el desempeño de los médicos y otros especialistas de la salud, sin más recompensa que el cumplimiento del deber.

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