Viaje a lo que viene

Ayer fui al futuro. Estaba en el parque Trillo, frente al Palacio de la Rumba, donde oí interpretar por primera vez «El necio» a coro y a golpe de tambor, un 13 de agosto hace casi una década. Allí nos llevaba Guillermo Amores, un negro grande como un gigante y tierno como un niño, que luchaba por devolver a la Rumba su protagonismo en las contiendas libertarias y cada año organizaba maratones rumberos por la salud de Fidel y la libertad de los Cinco.

Ayer, como entonces, había algo mágico en el ambiente. Quizás era la juventud hermosa y libre haciendo su propio acto, sin guion, ni locutor, ni formalismos, pero con discursos sólidos, novedosos y bien dichos, con pasión y encanto. Nada más parecido a las improvisaciones de rumbas con textos políticos y bendiciones espirituales con que hace una década, Amores nos sacaba las rigideces del cuerpo.

Entre el palacio, ahora cerrado por la COVID 19 y la breve tarima de la tángana juvenil, hay un elevado monumento a Quintín Banderas, bravo entre los más bravos generales mambises y controversial como la mayoría de ellos. Está bien cuidado el imponente monumento y también lo están el asta y la bandera que lo escolta como un soldado.

Hicieron bien los muchachos al escoger el barrio para su tángana política y musical. Cuando le pregunté a una vecina, qué y por qué pasaba allí, la mujer, trepada sobre un banco del parque para ver mejor, me explicó llanamente: «Aquí la gente tiene sus opiniones, ¿sabe? Pero este barrio es de Patria o Muerte».

Amores decía algo parecido: «Aquí no hay quien se meta con la Revolución».

Hasta aquí pasado y presente del lugar. El futuro estaba hablando, cantando y vivaquendo desde la tarima y por todo el parque. Como no fui a cubrir el acto sino a disfrutarlo, ni notas tomé, pero confío en que esos muchachos del futuro hayan grabado y subido todos los discursos y los cantos a sus redes para que Cuba y el mundo sepan de ellos y marquen la fecha en que nuestros actos se despojaron de solemnidad y un grupo de jóvenes de todas las profesiones, se pronunciaron por un mundo nuevo, diverso e incluyente, que sólo puede ser socialista.

Fue en el día del cumpleaños 74 de Silvio Rodríguez y de la felicitación para él cantada por el Presidente de la República.

Miguel Díaz-Canel Bermúdez había llegado sobre las 5 de la tarde, empujado por su corazón, según confesó cuando le ofrecieron el micrófono. Lo que había visto en las redes durante la primera hora de la tángana, lo empujó hasta aquel reino de juventudes, con todo el ímpetu del joven que no ha dejado de ser por debajo de las canas. Y allí, en el futuro, fue acogido con la emoción y el entusiasmo con que se acoge a los contemporáneos con los que se comparten ideales.

Por varios minutos la masa envolvió al Presidente y lo convirtió en uno más. "Me trajo el corazón" creí oírle decir. Después sólo recuerdo su voz acompañando a Raúl Torres en la canción de Silvio para Silvio, la despedida bulliciosa de la multitud y una sensación inefable, desconocida, casi mística de haber viajado al futuro.

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