Celia, vital e imprescindible en la Revolución

Foto tomada de razones de Cuba. Cubadebate

Santiago de Cuba, 10 de oct.- De una de las cubanas imprescindibles de la Revolución, Celia Sánchez Manduley, habrá de hablarse siempre en presente. Tal es la huella de una mujer que supo conjugar como pocos su condición de heroína, madre adoptiva de muchos compatriotas y figura inseparable de Fidel.

A las puertas del aniversario 60 de la Revolución, el venidero primero de enero, se sigue recordando con especial cariño y admiración a quien continúa siendo una leyenda, pero tan  viva que se multiplica en su pueblo para el que consagró cada minuto de su fértil existencia.

Osada, amante de las bromas, sorprendía, sobre todo, por su ternura y vehemente forma de querer a los demás. Tal mezcla de intranquilidad y pasión, de sensibilidad e intrepidez tenían que convertirla en una de las personalidades más seductoras de la historia de Cuba.

En opinión del investigador Ricardo Vázquez, “Si Celia fue tan virtuosa lo debió en gran  medida a su padre, hombre de vasta cultura, profundamente martiano y que se desarrolló no solo en la medicina sino también en la estomatología, la política, la espeleología, la historia.

Fue él quien señalizó el lugar exacto donde cayó el prócer Carlos Manuel de Céspedes, guió la expedición que situó el primer busto de José Martí en el Pico Turquino, en 1953. Se carteaba con el científico Núñez Jiménez, era conocido del pintor Carlos Enríquez, seguidor de las ideas del líder ortodoxo Eduardo Chibás…”.

Su vínculo con Santiago de Cuba merece un capítulo importante en su vida; desde muy joven se incorporó al Movimiento 26 de Julio, fue decisiva como luchadora clandestina de la ciudad, cuando se convirtió en Norma y era inseparable de Fran País y Vilma Espín, vital en el envío de combatientes para engrosar las filas del Ejército Rebelde.

En esa tierra indómita dejó sus huellas de muchas maneras, pues tuvo  que ver desde el diseño de los uniformes escolares, hasta  con el decorado y concepción de sitios tan significativos como la Comandancia General de la Plata, en plena Sierra Maestra.

El mito de la guerrillera ha empañado a veces un tanto a la mujer humana, de carne y hueso, se dice con frecuencia. Y Celia fue mucho más que la valerosa heroína; era la persona en quien confiaban los campesinos para plantearle sus más íntimos y peliagudos problemas, con la certeza de que haría todo por resolverlos.

Resulta inconcebible pensar que no se enamorara: Sí tuvo novios y varios pretendientes. “Lo que hay que entender y subrayar es que el gran amor de su existencia fue la Revolución. Por ella, lo antepuso todo, se desveló, dio el alma y la vida”, reveló Ricardo Vázquez.

“Era una mujer de verdad; se daba a querer por todo el mundo. Organizaba su trabajo secreto sin que nadie se diera cuenta, despistaba a cualquiera. Tú la veías salir a pescar y andaba mirando por donde era mejor el desembarco.

Recuerdo que cuando vino para lo del Granma el jefe nacional de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, Frank País, ella me dijo: Hoy hay visita, ordeña temprano las vacas, dejas la leche en la mesa y después te vas. Yo ni sospeché‚ de quién se trataba”.

Al incorporarse a la guerrilla en la Sierra Maestra, su misión consistió en asegurar las comunicaciones, proveer los alimentos, atender las necesidades del campesinado. Nunca se le vio disgustada o cansada: sacaba fuerzas de su gran corazón para atender con infinita paciencia a todo aquel que reclamaba su ayuda.

Al padecer de una enfermedad penosa, en vez de cuidarse, se consagró más al trabajo, a ayudar con todas sus energías a Fidel. Y lo más llamativo: ni en esos momentos perdió la sonrisa y su manera alegre de mirar la vida, lo que puede comprobarse en la foto tomada el 30 de noviembre de 1979 en Santiago de Cuba, 42 días antes de morir, recuerdan quienes estuvieron muy cerca de ella.

Otros piensan que no siempre el epíteto de La Flor más autóctona de la Revolución se ha interpretado bien, ya que Celia expresa lo autóctono por su criollez, su cubanía; siendo diputada, del Consejo de Estado, del Comité Central del Partido, nunca dejó de comportarse con su gracia y acento campesinos, de gente del pueblo.

Recalcan que ni miró jamás por encima del hombro a alguien, porque era esa cubana  jaranera, pero a la vez responsable, exigente, comprometida, anónima y modesta.

Quienes la conocieron todavía sienten un vacío grande por haberla perdido. «Para medir quién fue esta hermana nuestra, baste subrayar que será imposible escribir la historia de Fidel Castro sin reflejar a la vez la vida de Celia Sánchez Manduley…», expresó Armando Hart Dávalos, en la despedida de duelo de esta singular revolucionaria.

Por: Aída Quintero Dip.

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