Don Fitz: “Si Cuba puede mejorar la salud de millones de personas en el mundo, imagina lo que podría hacer EEUU”

Profesor de psicología ambiental, Don Fitz ha enseñado en múltiples universidades alrededor de EE.UU., especialmente en el área de Saint Louis, Missouri, donde reside, y fue candidato a Gobernador por el Partido Verde de Estados Unidos en 2016. Forma parte del Consejo Editorial de Green Social Thought y, además de haber publicado sus investigaciones sobre psicología social y comunitaria en revistas académicas, colabora habitualmente en medios como Monthly Review, ZNet, CounterPunch, Common Dreams, Global Research, Climate & Capitalism, AlterNet o TruthOut. Hace apenas unas semanas, la prestigiosa editorial Monthly Review Press publicó su libro Cuban Health Care: The Ongoing Revolution (Atención médica cubana: La revolución en curso). Al comentar su libro, me señala:

“Mis trabajos sobre Cuba son un subconjunto de un tema más amplio. Mi trabajo se centra en el peligro de expandir la producción energética y en documentar cómo la llamada ‘energía verde’ puede tener enormes problemas envenenado y destruyendo el medioambiente al tiempo que reemplaza los combustibles fósiles dejando las relaciones capitalistas intactas. Cuba demuestra cómo un país puede tener una mejor atención médica mientras utiliza infinitamente menos energía”.

Pero, ¿cómo llegó a interesarse por la atención médica cubana en particular? Hacia 2009, al reflexionar sobre todas las luchas de las que había participado contra incineradoras, vertederos, fábricas industriales, químicos venenosos y deforestación, Fitz tenía claro que para “detener la destrucción capitalista y crear un mundo mejor se requeriría una considerable reducción en la extracción de recursos y en la producción de manufacturas”. Pero al mismo tiempo, entendía que había un sector económico que necesitaría una gran expansión en una sociedad postcapitalista: la medicina.

Sin embargo, un par de años antes, su hija Rebecca decidió ir a estudiar a la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) en Cuba, y cuando Fitz visitó a su hija empezó a investigar sobre la medicina cubana: “Descubrí que, aunque representa una gran parte del gasto público, comparativamente Cuba gasta mucho menos en atención médica por persona que los EE.UU. y tiene resultados similares en esperanza de vida y mortalidad infantil. Eso hizo añicos mi idea de que la medicina sería el área económica que requeriría expansión en una sociedad postcapitalista”. Esta realidad le hizo reflexionar sobre otros aspectos que eran centrales a su compromiso político:

“A medida que la catástrofe climática amenaza con poner fin a la existencia humana, cada vez está más claro que debemos tratar con mucho cuidado los recursos y buscar con vigor formas para reducir la producción. Pero producir lo que es útil para las personas en lugar de aumentar las ganancias no es posible bajo el capitalismo. Si la pequeña economía de Cuba puede mejorar la salud de millones de personas en el mundo, imagina lo que podría lograrse si la enorme capacidad productiva de Estados Unidos pasara de crear basura inútil y destructiva a producir lo que la gente en todo el mundo realmente necesita”.

Como producto de estas inquietudes, y porque se dio cuenta de que “había muchas historias de medicina cubana que debían contarse”, Fitz escribió el libro que ahora nos presenta. De él hablamos para sumergirnos en la historia del sistema médico cubano y sus enseñanzas, algo de gran relevancia ante la emergencia sanitaria actual y la crudeza con que la pandemia de la COVID-19 ha expuesto las ruinosas costuras del capitalismo global.

—¿Cómo ha reaccionado Cuba ante la emergencia actual? ¿Qué ha hecho diferente y qué hace que su modelo haya sido replicado en otros países?

Hubo debates al más alto nivel del Ministerio de Salud Pública de Cuba que sirvieron para elaborar la política nacional con respecto a la COVID-19. Se concluyó que era necesario realizar pruebas masivas para determinar quién había sido infectado. Las personas infectadas tendrían que ser puestas en cuarentena mientras se aseguraba que la comida y otras necesidades estaban cubiertas. El rastreo de contactos se usó para determinar quién más podría estar expuesto. El personal médico necesitaría ir de puerta en puerta para verificar la salud de cada ciudadano, y el del consultorio prestaría especial atención a todas aquellas personas en los vecindarios que pudieran ser de alto riesgo.

Para el 2 de marzo, Cuba había instituido el Plan para la Prevención y Control del nuevo coronavirus. En cuatro días, amplió el plan para incluir la toma de temperatura y posiblemente aislar a los viajeros entrantes infectados. Esto ocurrió antes del primer diagnóstico confirmado de COVID-19 de Cuba, el 11 de marzo. Cuba tuvo su primera muerte confirmada de COVID-19 el 22 de marzo, cuando había 35 casos confirmados, casi 1 000 pacientes observados en hospitales y más de 30 000 personas bajo vigilancia en sus casas. Al día siguiente, prohibió la entrada de extranjeros no residentes, lo que afectó profundamente a los ingresos por turismo del país.

Ese fue el día en que la Defensa Civil de Cuba se puso en alerta para responder rápidamente a la COVID-19 y el Consejo de Defensa de La Habana decidió que había un problema grave en el distrito del Vedado de la ciudad, famoso por ser el hogar más grande para visitantes extranjeros no turísticos, que tenían más probabilidades de haber estado expuestos al virus. Para el 3 de abril, el distrito estaba cerrado. Como fue testigo Merriam Ansara, “cualquier persona con la necesidad de entrar o salir debía probar que había sido examinada y estaba libre de COVID-19”. La Defensa Civil se aseguró de que se suministraran las tiendas y que todas las personas vulnerables recibieran chequeos médicos regulares.

Los funcionarios de salud cubanos querían que el virus permaneciera en la etapa de “propagación local”, cuando se puede rastrear el paso de una persona a otra. Intentaron evitar que se pasara a la etapa de “propagación comunitaria”, cuando el rastreo ya no es posible porque se está moviendo fuera de control. Mientras los profesionales de la salud de los EE.UU. rogaban por obtener equipos de protección personal y las pruebas eran tan escasas que las personas tenían que pedir que se las hicieran, Cuba tenía suficientes kits rápidos de pruebas para rastrear a aquellos contactos de personas que habían contraído el virus.

A fines de marzo y principios de abril, los hospitales cubanos también cambiaron los patrones de trabajo para minimizar el contagio. Los médicos de La Habana estuvieron en el Hospital Salvador Allende durante 15 días y pasaron la noche en un área designada para el personal médico. Luego se mudaron a un área separada de los pacientes donde vivieron durante otros 15 días y se les realizó una prueba antes de regresar a casa. Se quedaron en casa sin salir durante otros 15 días y se hicieron pruebas antes de reanudar la práctica. Este período de aislamiento de 45 días impidió que el personal médico transmitiera enfermedades a la comunidad a través de sus viajes diarios hacia y desde el trabajo.

El sistema médico se extiende desde el consultorio a todas las familias en Cuba. Los estudiantes de medicina de tercer, cuarto y quinto año son asignados por médicos de consultorios para ir a hogares específicos cada día. Sus tareas incluyen obtener datos de encuestas a residentes o hacer visitas adicionales a ancianos, bebés y personas con problemas respiratorios. Estas visitas recopilan datos de medicina preventiva que luego son tomados en cuenta por aquellos en los puestos más altos en la toma de decisiones. Cuando los estudiantes traen sus datos, los médicos marcan los puntos calientes en rojo donde se necesita un cuidado adicional. Los médicos de vecindario se reúnen regularmente en las clínicas para hablar sobre lo que está haciendo cada médico, qué está descubriendo, qué nuevos procedimientos está adoptando el Ministerio de Salud Pública de Cuba y cómo el trabajo intenso afecta al personal médico.

De esta manera, todos los ciudadanos cubanos y todos los trabajadores de la salud, desde los médicos de vecindario hasta los institutos de investigación más prestigiosos, juegan un papel en determinar la política de salud.

—También hemos visto cómo los países que expulsaron a los médicos cubanos están sufriendo debido a la falta de un sistema de salud eficiente, especialmente para los más pobres. ¿Qué nos puedes decir sobre esto?

Esto es extremadamente importante porque las instituciones financieras internacionales y de EE.UU. están tratando, por un lado, de evitar que puedan crearse sistemas nacionales de atención médica y, por otro, de destruir los que ya existen. Déjame comparar dos países con un plan nacional (Cuba y Venezuela) con dos en los que se ha eliminado la atención médica nacional (Brasil y Ecuador).

Venezuela ha intentado replicar aspectos fundamentales del modelo de salud cubano a nivel nacional, lo que le ha servido bien al país para combatir la COVID-19. Un ejemplo: en 2018, los residentes de la Comuna Socialista Altos de Lídice [en Caracas] organizaron siete consejos comunales, incluido uno para salud comunitaria. Un vecino hizo espacio en su casa a disposición de la iniciativa del sistema comunitario de salud para que el doctor pudiera tener una oficina. Desde ahí, el doctor coordina la recolección de datos para identificar vecinos en riesgo y visita a todos en sus casas para explicar cómo evitar la infección de la COVID-19. La enfermera ayudó a implementar la Misión Barrio Adentro, cuando llegaron los primeros médicos cubanos, en 2003. Ella recuerda que los vecinos nunca habían visto a un médico en su comunidad, pero cuando llegaron los cubanos les “abrimos nuestras puertas, vivieron con nosotros, comieron con nosotros y trabajaron entre nosotros”.

Como resultado de la construcción de un sistema de tipo cubano, el 11 de abril de 2020 el Gobierno venezolano había realizado 181 335 pruebas PCR a tiempo para tener la tasa de infección más baja en América Latina. Venezuela tenía solo seis infecciones por millón, mientras Brasil, que había echado a los médicos cubanos, tenía 104 por millón.

Por otro lado, mientras Rafael Correa fue presidente de Ecuador, más de mil médicos cubanos formaron la columna vertebral de su sistema de salud. Lenin Moreno fue elegido en 2017 y pronto fueron expulsados, dejando la medicina pública en el caos. Moreno siguió las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional para recortar el presupuesto de salud en un 36%, dejándolo sin profesionales, sin equipo de protección personal y, sobre todo, sin un sistema coherente. Cuando Venezuela y Cuba tenían un total de 27 muertes por COVID-19, la ciudad más grande de Ecuador, Guayaquil, tenía 7 600.

—Se han presenciado algunas escenas relevantes de solidaridad de Cuba durante esta crisis. Ya había muchas misiones médicas en todo el mundo, pero también se han enviado profesionales a otras partes, incluidos países occidentales como Italia. Además, un medicamento como el Interferón Alfa 2B se ha utilizado y solicitado a nivel global para controlar el virus. Y fue el único país en la región que permitió el atraque del crucero británico MS Braemar, tratando a la tripulación y los pasajeros en hospitales cubanos. Todo esto resulta muy llamativo, teniendo en cuenta las dificultades que atraviesa el país a diario. Sin embargo, algunos críticos han señalado todas estas acciones como simples gestos de propaganda. ¿Qué piensas al respecto?

Como psicólogo utilizo el concepto “proyección de negligencia” para abarcar varios de los ataques contra el humanitarismo cubano. El término “proyección” describe a las personas que atribuyen sus propios pensamientos o impulsos inaceptables a otros. La “proyección política” se referiría a un país que atribuye su propia acción censurable a otro gobierno. La “proyección de negligencia” médica contra Cuba se presenta en dos formas. Por un lado, las asociaciones médicas en varios países latinoamericanos han mostrado una intensa hostilidad hacia los médicos cubanos, acusándolos de quitar trabajos a los propios médicos del país, de estar en un país invitado solo para difundir propaganda política, de no estar cualificados y de no proporcionar atención de seguimiento.

El hecho de que el personal médico cubano vaya a zonas pobres y rurales donde los médicos en estos países de acogida no trabajan desmiente la afirmación de que estén quitando empleos a los médicos en Brasil o Venezuela. El Gobierno de Chávez comenzó el primer programa Barrio Adentro, dentro de los vecindarios, en 2003 para proporcionar medicina comunitaria a los distritos venezolanos pobres y de clase trabajadora. Se hizo un llamado a los médicos venezolanos para que participaran: solo 50 se presentaron voluntarios. Fue esta respuesta patética lo que llevó a Cuba a desplegar más de 9 000 a fines de ese año. Después de que comenzara la Misión Barrio Adentro, la Federación Médica Venezolana (FMV), que es opositora, exigió la expulsión de los médicos cubanos, en parte porque fueron acusados ​​de difundir propaganda izquierdista. Sin embargo, los médicos cubanos han sido entrenados para no participar en la política de ningún país donde estén prestando servicios. Esto es fundamental para los acuerdos médicos con países que, a diferencia de Venezuela, tienen gobiernos de derechas.

Algunas asociaciones médicas latinoamericanas han acusado a los estudiantes entrenados en Cuba de obtener calificaciones bajas en los exámenes, obviando el enfoque cubano único en la salud comunitaria en áreas rurales y en dificultades, la medicina familiar y la gestión de desastres. Los médicos cubanos tienen como objetivo diagnosticar más del 80% de los problemas médicos mediante exámenes e historiales detallados. Dado que el sistema cubano funciona en la mejora de los principales indicadores de salud, sería útil preguntar a esas asociaciones qué resultados obtendrían sus graduados en otras escuelas de medicina latinoamericanas si realizaran sus exámenes en Cuba.

Además, los médicos cubanos tienen más poder de permanencia en comunidades con dificultades que los que hacen esas acusaciones, ya que cuando los médicos cubanos rotan y van a casa, otros de la isla los reemplazan.

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