La paz y la tranquilidad merecen amparo

La paz y la tranquilidad ciudadana de la que gozan los cubanos como esencia misma de la Revolución merecen amparo, al ser valores defendidos contra viento y marea en más de 60 años de proceso emancipador que nadie está dispuesto a perder, mucho menos si se trata de intereses mezquinos e injerencia extranjera en los asuntos internos de un país libre y soberano.

En la época en que vivimos los especialistas acentúan la necesidad de obtener una convivencia armónica, que se logra, en gran medida, con una buena comunicación, en la que no debe prevalecer la ofensa, la desidia, la agresión, el escándalo y sí claridad meridiana en el mensaje sobre la base del respeto y el diálogo.

Cualidades tan indispensables en la vida como la decencia, el civismo, el buen comportamiento social, la discreción, a veces escasean en la cotidianidad y, aunque parezca un problema simple, es importante a escala de la sociedad, pues no sería estéril repetir que son virtudes que la Revolución siempre ha respetado y preservado.

En ese mismo sentido la responsabilidad y la disciplina son necesarias cultivarlas en el desarrollo de la personalidad de los seres humanos, un respaldo vital para la formación de hombres y mujeres de bien, en condiciones de aportar a la nación donde viven y actúan.

No hay nada mejor para alimentar el espíritu que saber valorar justamente la consagración y méritos de quienes nos rodean; por ejemplo, elogiar a los colegas, subordinados o superiores, que sobresalen no demerita a nadie ni es un acto de adulación, más bien engrandece al ser humano.

En estos tiempos en que abundan las misiones altruistas a las cuales dedicarse, existen paradójicamente inadecuados comportamientos de personas en escenarios públicos, y críticos a ultranza, aquellos que todo lo cuestionan, encuentran objeción ante las tareas que otros cumplen y defectos en la actuación de los demás.

Se exige hoy de juicios más severos y manos fuertes para erradicar esa mala plaga que atenta contra la mesura, la prudencia y la cautela, al soplar vientos a favor de la indiscreción, la chabacanería, la vulgaridad y el empleo de palabras obscenas en sitios públicos, porque cualquier tribuna les parece idónea con una frecuencia que raya en el irrespeto.

Constituyen realmente males e irregularidades a los cuales hay que atacar y ponerles coto, porque existen en la sociedad que edificamos y urge barrerlos de raíz, pero enfrentándolos con valentía y ecuanimidad, en el momento y sitio adecuado, para que el mensaje llegue con claridad y tenga el efecto que deseamos; de lo contrario, qué aportes estamos haciendo para la solución del problema.

A veces, cuestionamientos que deben evaluarse y adoptarse medidas en el seno del colectivo laboral o del hogar, salen a la luz pública, y el escenario puede ser lo mismo una camioneta, la escalera del edifico, la cola del pan, el pasillo del centro laboral, hablando sin miramientos, sin el criticado presente y sin argumentos realmente convincentes.

Esa costumbre a todas luces dañina, hasta puede ser muy perjudicial a los intereses de la Revolución, cuando las personas hablan a derecha e izquierda de tal o más cual dirigente, de su actuación, sin conocimiento de causa, sin ser objetivos ni realistas en los análisis, sin conocer a fondo los asuntos que evalúan, en la mayoría de los casos.

Puede que haya argumentos y razones suficientes para tener determinadas opiniones, pero hay que buscar también el momento oportuno y el lugar adecuado, para quebrar la proliferación de tan nocivo vicio.

Lo más difícil es interpretar cuál es la intencionalidad de esa práctica, ya que en muchas ocasiones no se aprecia un objetivo marcado que propicie la búsqueda de solución.

Ciertamente tales conductas perjudican la dedicación a fondo de las funciones o labor de cada cual, en tiempo difíciles en que es imperioso avanzar y luchar por un mejor futuro, que se logra con trabajo y haciéndolo bien, con énfasis en la eficiencia, ahorro, calidad y productividad.

También ahora mismo nos acercamos más rápidamente a ese porvenir edificante, si aplicamos responsabilidad cívica y extrema disciplina frente a una pandemia en la que se juega la salud y la vida de los seres humanos.

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