Santiago de Cuba, Trump, bloqueo y exequias del Imperio

Había una vez una mansión opulenta, tan grande que la denominaron la Casa Blanca y le asignaron la responsabilidad de decidir los destinos del mundo. Debe ser un sitio acogedor. Para su penúltimo inquilino era tan seductora que amenazó con negarse a abandonarla; hubo que persuadirlo a la fuerza: por si acaso alistaron un plan de desalojo. Antes de marcharse por la puerta trasera el hombre armó un escándalo digno de alguna república bananera. Auspició un hecho insólito: una turba de sus seguidores atizados por el líder atacaron el otro gran edifico representativo del poder: el Capitolio. La sangre estuvo al borde delrío y ahí quedó. Suele suceder; al final los que detentan en el poder negocian y el disonante rescata un pedazo de cordura y, a regañadientes, asume.

El jefede la casa Blanca es el Presidente, aunque podría llamarse con justicia el Emperador. Pero este sustantivo sonaría mal, desentonaría con el discurso de un país auto titulado campeón olímpico de la democracia, los derechos humanos y ciertas libertades en las cuales nadie cree pero mucho hacen como si creyeran. El Presidente es la cabeza del imperio más poderoso de la historia, aunque Marcelo Colucci, con una metáfora concita a la duda: “Estados Unidos, dice, es un gigante con los pies de barro”. Más hay quienes se matan por timonearlo. ¿Tendrán vocación de suicidas? Algunos no se conforman con cuatro años de poder y quieren cuatro más para desguazar mejor el mundo y contaminar el medio y el miedo ambiente. ¿Será por ello que Donald Trump armó su San Nicolás del Peladero?

En “Desastre en el cuatrienio” (Periódico Orbe del 21 al 27-11-2020), el periodista Richard Ruiz, de Prensa Latina, resume los cuatro años del caótico mandato de Trump quien “polarizó la nación y trabajó duro para socavar aún más la poca credibilidad de su país ante los ojos del mundo y dañar la cooperación entre naciones”. Hizo de los eslóganes nacionalistas su seña de identidad, su discurso populista y sus tendencias plutocráticas lo llevaron a buscar chivos expiatorios en el exterior, abandonó importantes tratados internacionales, aplicó políticas proteccionistas que ralentizaron la economía mundial y fracasó también en lo interno. “Pero, la Covid-19 en 2020 fue su mejor juez”, concluye el analista. Este desastre fue la herencia que le dejó a Joe Biden quien prometió revertir una situación para muchos irreversible.

Respecto a Cuba su política no fue menos desastrosa. Francisco Arias en “El año bisiesto de Trump contra Cuba” (Granma, 7-7-2020) da cuenta del fracaso del bloqueo, situación reconocida por prestigiosos analistas políticos norteamericanos. Alfonso Nacianceno en su artículo “Trump sostiene que nadie ha sido más severo que él con Cuba” (Granma, 27-6, 2020) reproduce fragmentos de una entrevistare realizada al aún inquilino de la Casa Blanca, quien se enorgullece de su necia política anticubana. Como si no le bastara con el bloqueo reforzó el cerco con más de 200 medidas y se despidió para engordar la agenda de entuertos legados a Biden con la inclusión de la Isla en el espurio listado de pises patrocinadores del terrorismo, lista unilateral en la cual no creen ni los más tontos.

El nuevo Presidente norteamericano prometió durante su campaña revisar la narrativa anticubana de Trump. Pero, las medidas siguen intactas y su gobierno defraudó a los más optimistas quienes pensaban que la Asamblea General de Naciones Unidas era una oportunidad para al menos maquillar el bloqueo, pues se sabía que la comunidad internacional lo volvería a condenar; sin embargo su representante acudió a las manidas justificaciones de siempre. Y no solo eso: en un mismo día, el pasado 4 de julio, nos enteramos de dos nuevas aberraciones: el Departamento de Estado incluyó a Cuba entre los países que auspician la trata de personas y negó la visa al equipo cubano de futbol que se preparó para asistir a la Copa Oro. Ante tamañas iniquidades. ¿Alguien que tenga unos gramos de pudor osará censurar la caminata “Puentes de amor”.?

Los especialistas no pueden asimilar la ilógica de las determinaciones del Gobierno estadounidense, los incautos por vocación se desesperan, los nuevos anexionistas se afilan otra vez los dientes. A unos y a otros habríaque recordarles el viejo adagio: no hay mal que dure 100 años ni pueblo que lo resista y, si se trata del santigüero, regionalismos aparte, las cosas están bien claras. Por eso intenté una crónica publicada en esta página con el título “Oslaide, Trump y el bloqueo”. Un especialista del género la calificó de “broma imaginativa y disparatada”. Creo que tiene razón. Cierto no es una crónica periodística estricta sino una mezcla que añade a lo real unelemento ficcional, un hipotética visita de Trump a Santiago para que vea las consecuencias de su hostilidadcontra un pueblo que no lomerece y menos en tiempos de pandemia.

Permítanme concluir con un resumen del intento de crónica:
“Oslaide no entiende como Trump, en medio de una pandemia atroz en vez de trabajar por un entendimiento atiza el bloqueo, media humanidad tampoco entiende; resulta que cuando el desconocimiento y la desvergüenza se juntan producen una mezcla amorfa rayana con la estupidez. A Trump lo tildaron de megalómano, mentiroso, supremacista, payaso, irresponsable, paranoico, vanidoso, irracional, intolerante y fantasioso. Estos adjetivos le conciernen. No obstante si tuviera potestady él quisiera venir lo invitaría a venir a Santiago, a recorrer sus calles, a dialogar con las pocas personas que hallaría. Aquí puede andar libremente y olvidarse de su seguridad. Si saluda recibirá el saludo respetuoso de un pueblo que lo aborrece. Él lo sabe, por eso novendrá, y por eso lo invitaríamos”.

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