A veces me duelen cosas.

Santiago de Cuba, 6 de mar- Me ocurre con frecuencia: no encuentro las palabras adecuadas para decir lo que quiero decir y me duele mi incapacidad. Entonces recuerdo lo que afirma Juan Filloy sobre la riqueza del idioma español, que tanto maltratamos. Confieso que siento envidia, una envidia muy sana por quienes logran solucionar este entuerto y dan en el blanco.

A veces quiero escribir sobre las cosas buenas, sobre el lado bueno del ser humano, para contrarrestar la lluvia de malas noticias que nos atacan a diario , sobre las desgracias naturales y las provocadas por nosotros mismos y que los medios internacionales replican con su dosis de sensacionalismo para hacerlas más impactantes. Me duele lo que informan sobre los niños en África, sobre el pueblo palestino, sobre las desapariciones forzadas en México, la violencia y las drogas en todas partes, y ahora me duele especialmente Venezuela.

Pero obviaré estos complejos problemas que deberían avergonzar a la humanidad, al mundo desquiciado en que vivimos, para referirme a los asuntos cotidianos de la realidad nacional y sobre todo  a los que tienen que ver con lo que ocurre en Santiago de Cuba, en el día a día, entre avatares y logros, entre avances innegables y flaquezas como, para solo citar pocos ejemplos,  las cosas feas que percibimos cuando transitamos por lugares hermosos.

Dicen que la primera impresión es determinante, como el amor a primera vista, por eso duele que una ciudad laboriosa donde se combate por la higiene encontremos sitios donde se acumula la basura o el hecho de comprobar que hay gente insensible al dolor de los otros, que necesitan que ocurra alguna  desgracia para olvidar sus mezquindades y avivar la solidaridad, cuando somos solidarios por naturaleza.

Cuando veo tales actitudes decido escribir sobre las cosas buenas para contrastarlas con las negativas. De hecho en estas páginas hemos escrito varios textos para estimular a los agradecidos, a los responsables y a los optimistas, a esos que no se resignan a aceptar cosas incorrectas y hasta indignas  que otros asumen como normales, este es el caso, por ejemplo, de la corrupción o la doble moral, que suelen ser parientes.

Cosas hay que laceran, que nos molestan a todos y desalientan a muchos, una de ellas es el mal servicio de instalaciones que se hicieron con mucho esfuerzo para lograr lo contario: mejorar la vida de los santiagueros y, paradójicamente visitarlos constituye una tortura. En este panorama conforta aun más ir a lugares donde te atienden con prontitud y amabilidad, trátese del servicio de que se trate. Permítame ilustrarlo con un  caso.

En el Parque de los Sueños, hace un par de años, me sorprendió que hubiera tanta gente. Me llamó la atención la variedad de  ofertas. Caminé y vi la piscina, los aparatos para entretener a los niños, los restaurantes y el teatro donde había un baile español infantil. Cuando terminó la bailadera, pasamos por uno de los restaurantes. Revisé la carta y pedí una mesa. Me dijeron que volviera  en media hora.

Nada, la cultura de la calma de la cual he hablado bastante. Pensé en la cultura de la espera y me dispuse a eso, a esperar.  Para mí recibir algún  servicio deviene una oportunidad para enardecer  los pelos. Tengo  dudas de todos: cuento con experiencias y maltratos suficientes. Todavía no entiendo bien la insistencia de emplear la frase buen servicio. Me parece redundante: lo de buen sobra. Y no me refiero exclusivamente a la gastronomía. Pero no vinimos aquí a meditar, sino a comer.

Volvimos y nos atendieron con esmero. En la carta menú solo había un cambio, en vez de ñame, ofertaban boniato, pero en fin de cuenta ambos vienen de las entrañas de la  tierra. Comimos como Dios manda. Dejé a mi familia en buenas manos y salí  a conocer mi propia ciudad. Acababa de regresar de México. Debía  hacer una revista. Tenía que levantarme temprano para recocer mi propia por ciudad. La semana pasada fui al mismo lugar y el ambiente era el mismo.

A pesar de ejemplos como el citado y otros muchos hay quienes justifican las cosas negativas por su magnitud y aducen que tales cosas ocurren en todos partes, solo que aquí son menores. No niego que eso sea verdad, lo que no me parece razonable, en este como en otros asuntos vinculados con la sensibilidad de la gente, regionalismos aparte, es que cuando haya  un solo caso capaz de irritar a la gente, hay que cortar por  lo sano y  empezar por casa. Por Osmar Álvarez Clavel.

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