Abuela María, tía Zoila y el 24 de febrero

Santiago de Cuba, 17 de mar. – Nadie osaba contradecirla. Ni siquiera Pachucho, el hijo mimado de la casa, quien sufrió un accidente juvenil; pero se compuso y se graduó como ingeniero. Mi tía Zoila organizaba la convivencia diaria; orientaba lo que cada quien tenía que hacer, distribuía las tareas; daba un par de órdenes y asunto resuelto. A veces se desdecía, sonreía y volvía a orientar. Nadie se atrevía a protestar. Un día me requirió no recuerdo porqué y mi abuela María intentó una leve defensa. Entonces mi tía dejó bien claro los pareceres y delimitó los terrenos: pronunció una palabra clave y acabó con el conato de rebelión.

Mi tía y mi abuela: jamás olvido lo mucho que le debo: fueron mis tutoras.  Pero, nadie como mi abuela María. La conocí cuando fui a vivir para su casa: orden de mi tía Zoila quien determinó que debía ser así: sus decisiones eran inapelables. Ni mi padre con su cargo y su aureola de combatiente del Ejército Rebelde, ni mi madre con su parsimonia, ni el Gobierno, el Estado o el Partido, con su impresionante repertorio persuasivo, nadie se atrevió porque nadie podía cambiar una determinación de tía Zoila. Así de sencillo: ella mandaba en su territorio y en ocasiones en el ajeno.

Desde que empezaron a educarme, cuando comencé la primaria me criaron en un mundo de órdenes y requiebros, en un berenjenal de razones encontradas, de tácticas, métodos y estrategias diferentes pero complementarias porque tenían el mismo fin. Ahora, 60 años después me entero. Cada quien a su modo perseguía el mismo objetivo: sembrar valores: hoy se dice así, en aquellos tiempos jamás escuché tal expresión. La primera vez que oí hablar de valores fue en la universidad, pero ya no vivía con mi tía ni estaba mi abuela.

Mi abuela decidió morirse porque se creía inútil y a pesar de que la familia intentó disuadirla, no pudo. Yo contribuía, le acariciaba el rostro, le mesaba los cabellos para obligarla a sonreír y a veces lo lograba. El día que falleció la casa se llenó de silencio. A nadie se le ocurría hablar. Mi tía se ocupó de todo. Le dije muy bajito que ya tenía 12 años y que quería ir al entierro. Pero, ella orientó lo contrario: tenía que ocuparme de cuidar la casa: en realidad no había mucho que cuidar, pero me tocaba.

A mi abuela le gustaban las fechas históricas. Como no veía muy bien, tomaba un libro como si leyera y me las recitaba. Empezaba por el 10 de octubre de 1868, el día en que Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria le dio la libertad a sus esclavos, a los negros como ella; saltaba hasta el 24 de febrero de 1895, al reinicio de la guerra contra el colonialismo español organizada por José Martí, el Héroe Nacional de Cuba, ella decía el Apóstol y terminaba con el 1 de enero de 1959, cuando Fidel Castro, el Líder Histórico de la Revolución Cubana entró triunfante en Santiago. Aquí se detenía y me contaba.

Mi tíacontinúaordenando la vida. Cuando voy a la capital pasó a saludarla. Me recibe como si nos viéramos a diario: yo aprovecho para darle un abrazo y leentrego un obsequio cualquiera. Ella me hace las mismas preguntas de la vez pasada: ¿Cómo están la gente por Santiago? ¿Cómo te va en el trabajo? ¿Cómo está el país? En la última pregunta escojo con cuidado las palabras no vaya a ser que me espete una de sus frases favoritas: con mi país nadie se mete. Eso le encanta decir. En ocasiones cuando me habla en este tono me recuerda a mi abuela María quien murió poco antes de cumplir 90 años, con entera tranquilidad, el 24 de febrero de 1968.

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