Adys y Froilán: Ellos dijeron sí hace 60 años al llamado de Fidel para maestros de montaña

Un discurso del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, el pronunciado el 22 de abril de 1960 fue el detonante para Adys Cupull Reyes y Froilán González García por aquel entonces dos adolescentes estudiantes listos para emprender cualquier tarea, por muy difícil que fuera.

El líder cubano expresó: «Necesitamos mil maestros que quieran dedicarse a enseñar a los niños campesinos. Hace falta que ellos nos ayuden para mejorar la educación de nuestro pueblo y para que los campesinos aprendan a leer y se hagan hombres útiles para cualquier tarea».

Adys de Santiago de Cuba y Froilán de Puerto Padre, en la actual provincia de Las Tunas, coincidieron en sentir el dolor y las necesidades del campesinado cubano y acudieron al llamado que hizo Fidel en 1960 a estudiantes de tercer y cuarto años de nivel superior. Así se convirtieron en Maestros Voluntarios.

Pasaron 60 años del Discurso de Fidel y de la respuesta de dos jóvenes emprendedores, decididos a apoyar los sueños de un hombre martiano y revolucionario. Afirma Adís que esta es la primera vez que relata parte de sus vivencias y presenta evidencias de la actitud ejemplar de quienes continuaron la Revolución en las montañas y en los llanos de Cuba.

Brazalete insignia, de Adys Cupull Reyes utilizado durante el cumplimiento de la Misión dada por Fidel a los Maestros Voluntarios. Y su carnet de Maestra de la Delegación de Oriente. 1960

Agustina: ¿Cómo fue su incorporación al llamado de Fidel?

Adys: Cuando Fidel habló en la noche, del 22 de abril de 1960, lo escuchaba y miraba en el televisor. Me inspiró la épica explicada por él acerca del Maestro nuevo, la necesidad de convivir con los campesinos, urgía abrir diez mil aulas en las montañas y el llano, sobre los miles de niños campesinos sin escuelas, sin maestros. Lo principal era el maestro, porque podía dar clases hasta debajo de un árbol, donde no existían escuelas, había que construirlas.

Sentí que se estaba dirigiendo a mí. Hablaba para los estudiantes de tercero y cuarto año en la Escuela Normal. Al terminar su llamado, le dije a Maíta (Paula Cupull Reyes su mamá): ¡Me voy a los montes, a la Sierra! Voy a dar clases!.

Fuimos a inscribirnos mi prima Esther García, y otras compañeras residentes en San Pedrito. Nunca habíamos salido de Santiago. Nuestras vidas transcurrían del estudio a la casa y los domingos a la iglesia.

Surgió un ambiente nuevo en la familia, alegre y preocupado por la hazaña, que teníamos por delante. No temíamos porque estábamos acostumbradas a ver las montañas; aunque no teníamos práctica de como subir y bajar las montañas de la Sierra.

Llenamos planillas en el Departamento de Asistencia Técnica y Material al Campesinado Cubano, DATMCC. Preparamos el equipaje. Escogimos los mejores vestidos y zapatos. Todo lo necesario para los tres meses. “Maíta” mi mamá, me hizo batas para dormir y una capa para la lluvia y una preciosa sombrilla portátil.

¡Llegó el aviso! La despedida fue alegre. Salimos con nuestras maletas. Un poquito pesadas. Nos trasladaron en guagua, hasta El Caney de Las Mercedes, un pueblo pequeño en los llanos, cerca de las estribaciones de las montañas. Vimos que el guía se reía y preguntó ¿Dónde van ustedes con esas maletas? Ahí quedaron y parte de la ropa que llevábamos, con gran tristeza, para recogerlas en el regreso.

Entregaron mochila, botas, pantalón, camisa. Subimos a un camión. El guía exigía disciplina y rapidez. Cuando salió el camión comenzamos a cantar varias canciones y aplaudíamos alegres, hasta Las Vegas de Jibacoa.

¡Qué alegría! Desde ahí partimos a pie, por un camino que me parecía interminable, bordeado por un río caudaloso, que iba por una cañada, cuyas aguas al chocar con las grandes piedras creaban un ruido ronco.

Iba caminando despacio, estremecida por el contraste majestuoso del paisaje, me sentía pequeña, más cuando asomaron las montañas, mayores que las de Santiago. Todo era enorme. Pero no le temía, Estaba dispuesta, como las demás, a cumplir la misión hasta el final.

Cansadas, llegamos a la famosa montaña, llamada “La Vela,” con una historia en la lucha del Ejército Rebelde. En el camino nos sentíamos protagonistas de la historia que cumplíamos. “No debemos esperar la noche en el camino, subiendo La Vela”. Dijo el Guía. La montaña hace honor a su nombre, es recta, muy vertical. A mitad del camino, nos encontramos con un pequeño bohío, casi colgando, un campesino brindó café para las casi desmayadas. Paramos varias veces, para tomar aliento.

No había ánimo para continuar, pero seguimos hacia arriba. Nos cuidábamos una a la otra. Algunas estábamos pálidas. Dos horas subiendo y no habíamos llegado a la cima.¡Qué subida! “Debemos gatear un poquito” con voz débil dijo una compañera que se quedó atrás. Su grupo iba adelante. Seguimos próximo a alcanzar las nubes. Se escuchó una voz abajo: La gordita se había detenido. Bajaron a auxiliarla. Le ayudaron con la mochila y siguió. No tuvimos entrenamiento. Fue fatigoso para todas. Al fin llegamos y ya las nubes cubrían la cima. Una especie de neblina, lluviosa, nos envolvió. Allí humedad, frío, parecía otro país.

Agustina: Quienes subieron La Vela en la década de los 60 por lo general hacen su historia. Usted ¿qué recuerda de ese momento?

Adys: Sí, pero antes te explico la causa. La Vela es plana en la cúspide, Ahí estaba el Campamento y la Escuela Militar, de Minas del Frío. Investigando la Historia conocimos que el Comandante Guevara estuvo al frente de la Escuela de Reclutas. Se fundó el Campamento Central donde recibimos las primeras clases después continuamos distribuidos en cinco campamentos.

A mi grupo le correspondió un lugar llamado “El Coco”, rodeado por un caudaloso río que lo nombra. El campamento estaba dividido en dos, las muchachas teníamos que atravesar el río por un puente rústico.

Era un estrecho valle, cerrado entre el río y las montañas. No se veían viviendas por los alrededores.

En los primeros días de junio, comenzó un temporal, llovió sin parar, casi dos semanas. Quedamos sin techo, las hamacas, las ropas, las mochilas, todo estaba mojado. Sin alimentos y sin luz, sin leña para calentarnos, solo humedad. El río creció tanto, que se llevó el puente. Permanecimos aislados. No teníamos para donde ir, porque detrás, las montañas se derrumbaban, brotaban chorros de agua como si fuera de un río por dentro, que la rompe y sale. Era impresionante. Lo vi, temí a la fuerza de la naturaleza.

Estaba débil. Algunas comenzamos a toser. Una mañana cuando nos asomamos a mirar el río crecido, caí redonda en la tierra fangosa, por donde también corría agua, no sentí nada. Lo supe cuando abrí los ojos y una profesora me hablaba. Temblaba de frío.

El día 11 de junio, llegaron los reclutas de las Fuerzas Armadas para auxiliarnos. Ese día fue el accidente que enlutó el inicio del Curso.

El agua no bajaba, se dispuso que atravesáramos el río. Se tumbaron unos árboles y construyeron una especie de puente bajo el agua, para aminorar la fuerza de la corriente, unieron unas sogas, y las sujetaban desde tierra firme. Quedó construida la vía única, posible, para llegar al otro lado. Todas las muchachas pasamos primero, acompañadas de los reclutas. El río seguía crecido. Los hombres después, los últimos, eran los organizadores, se precipitaron en el cruce, todos juntos, y la soga, no aguantó se soltó del amarre.

Los que presenciaron el accidente describían el horror de ver como el agua los arrastró. Se ahogaron dos compañeros: el Maestro Voluntario, Alfredo Gómez Gendra, y un recluta de las Fuerzas Armadas. La salida estuvo triste. Parecía mentira, estábamos como en un letargo, no hablábamos. Dominó la tristeza y la preocupación por el regreso al Campamento Central y el paso obligado por otros ríos crecidos.

Esa tarde maestros y reclutas buscaron río abajo y encontraron a los dos. Alfredo estaba aún con su mochila. Regresaron con ellos casi de noche llegaron al Campamento Central. Nadie pudo dormir. Yo estaba ingresada. Tenía fiebre alta, no podía abrir los ojos, ni hablar, era paludismo, diagnosticó el médico que asistía a los enfermos. El Coco fue arrasado por el temporal.

Agustina: Fue ese el pretexto que encontró tu mamá (Maita) para incluirse entre los valientes que subieron La Vela a principios del Triunfo de la Revolución.

Adys: Tan pronto se conoció la noticia en Santiago ella subió. Alguien le comunicó a mi mamá, que yo estaba ingresada en el hospital de Minas del Frío. Esa fue la causa, razón imperiosa para ella, subir a donde sea para ver a su hija.

Para mí fue la más increíble sorpresa: ¡Maíta! ¿Mi mamá vino a verme? ¿Qué subió La Vela?. No imaginaba que ella pudiera subir esa montaña, ni que iría a verme. Ella me dijo: “A verte no, vine a buscarte.” Bastó verla para sentirme mejor. Ella llevó Jarabe para todas las que tosíamos. Llegó allí para curarnos.

Luego, me narró que no querían que subiera al camión. Ella dijo que iría a ver a su hija enferma. Accedieron. Por poco pierde la vida, al quedar atascado en medio de un río crecido. Al llegar a La Vela, no tuvo temor; pero casi se desmaya y tuvieron que subirle el equipaje y bolso que llevaba. Se sintió mal. Al llegar a la casita tuvieron que darle café, no tenía fuerzas para tomarlo.

Las lluvias se fueron. Maíta regresó a Santiago. Me dejó casi bien. Los maestros que estábamos en El Coco, fuimos destinados a un nuevo campamento, cerca de Minas del Frío, se le designó con el nombre de Alfredo Gómez. Lo honramos, identificados con su heroísmo, su vida, sus anhelos. Él era la insignia del grupo. Nuestro deber era cumplir.

Agustina: A pesar de los momentos difíciles no renunció a sus sueños de prepararse para Maestra Voluntaria.

Adys: Fue una etapa difícil para quienes estábamos en esa misión. Pero se hicieron algunos cambios para nuestra seguridad. Por ejemplo, el lugar escogido para el nuevo campamento era ideal, tenía su río de aguas claras, como un arroyuelo cercano que dividía el lugar. Y tenía una parte donde nos bañábamos. Lo pusimos más bello aún, con el nombre de Alfredo Gómez a la entrada, donde los maestros construyeron una escalera rústica y las muchachas sembramos plantas marcando con laticas vacías el camino. Ahí comenzamos a conocernos, las de La Habana, las de Santiago y de otras ciudades. Era una zona donde vivían campesinos, con quienes nos relacionábamos.

Pero la campaña de desinformación procedente del exterior, a partir del accidente en El Coco, exageraban el peligro que corrían las muchachas. Para atemorizar a las familias y que hicieran que abandonaran el justo y hermoso Proyecto para formar al maestro de montaña.

Eran los que después asesinaron maestros y alfabetizadores, quemaron escuelas, y sembraron el terror en algunas familias, sobre todo en las madres. Y decidimos hacer una Declaración al Pueblo Cubano desde el Campamento Alfredo Gómez, firmada por todas las muchachas, en la cual dejamos constancia de nuestra decisión, firmeza, y seguridad en la Victoria.

El último párrafo dice:

“Esperamos que estas declaraciones se hagan eco en todos los corazones y sobre todo en el de las madres cubanas y que ellas lleven la calma y la seguridad de nuestro triunfo, al pueblo de Cuba.”

El curso terminó en el mes de julio, viajamos en tren desde Bayamo, hasta La Habana. Una nueva experiencia, porque las santiagueras, con pocas excepciones, no conocíamos la capital. Recuerdo que observé el paisaje cuando el tren pasaba por cada provincia y vi el cambio del color de la tierra, en una negra, en otra roja y pasamos por lugares donde era casi blanca. Eso quedó en mi memoria. Descubría mi Patria desde esos colores. Nos alojaron en los mejores hoteles. Y se efectuó la graduación en un Teatro grande, a donde asistió Fidel, fue la primera vez que lo tuve cerca. Al pasar por donde yo estaba, me incliné, intenté tocarle, pero la emoción era tan inmensa que no pude levantar el brazo ni hablar.

Agustina: En qué momento entró Froilán, en la vida de Adys?

Froilán con la familia Santisteban y López en cuya casa vivía. Cuando era maestro de la Escuela Primaria en Los Números Lote 4 de Guisa

Adys: Froilán y yo nos conocimos después, al ser ubicados en las zonas de montaña para trabajar en las escuelas. Coincidimos en la Sierra de Guisa, él en Los Números y yo en El Cobrero. Fue en Bayamo donde hablamos por primera vez en la reunión de emulación donde asistimos como dirigentes sindicales de los maestros, retamos a su sección. Yo había organizado y dirigía un coro de maestras que cantó, resultó muy aplaudido y ganamos.

Agustina: Ustedes son fundadores de las aulas en 1960?

Escuela “Pepito Tey”, en El Cobreo, Guisa. Adys parada a la izquierda, con sombrero y papel en la mano. Padres, alumnos y alfabetizadores

Adys: Fundamos escuelas en la Sierra Maestra. Me correspondió crear una, construirla junto a los padres y los alumnos, quedó bonita y tenía su piso de cemento, con techo de cinc y pencas de palmas. Le pusimos el nombre “Pepito Tey”. Recibimos el apoyo material de los trabajadores del Hospital Provincial de Santiago de Cuba. Maíta fue a la Escuela, junto con los donantes y con Mérida García, jefa del Departamento Administrativo del Hospital.

Agustina. Siente que como Maestra Voluntaria cumplió con la labor que pidió Fidel.

Adys: Sí, cumplimos. Los maestros contribuimos a la organización social, política, militar y sanitaria de la población rural de la Sierra. Participamos en la fundación de los CDR, las FMC, las Milicias Campesinas, en la Campaña de Alfabetización.

Vivía en la casa de un matrimonio, Amada Durañona y Chichó Valero, eran revolucionarios, tenían dos niños, que me querían mucho. Todos me querían. Los alumnos de mi escuela nunca habían visto el mar. Los Padrinos de Santiago de Cuba, los invitaron a conocer la ciudad y el mar. Los acompañé en el viaje, con algunos familiares mayores. Hicieron un recorrido histórico que comprendía La Ciudad Escolar 26 de Julio, la Casa Natal de Antonio Maceo, la Granjita Siboney, otros sitios, y no faltó, el mar verde azul de Santiago.

Durante esos años, se intensificaron las acciones contra la Revolución. Amenazaban a los maestros y dirigentes campesinos, para intimidar y entorpecer la labor docente. En diferentes zonas montañas, quemaron escuelas. Las bandas terroristas armadas por la CIA desde Estados Unidos, cometían los más aborrecibles crímenes. En 1961 asesinaron al maestro Conrado Benítez que se multiplicó en miles de alfabetizadores. Luego asesinaron al Brigadista Manuel Ascunce Domenech. Y algunos campesinos. Ante ello ningún Maestro abandonó su escuela, ni a sus alumnos y alfabetizadores.

Mi escuela recibió mensajes anónimos de amenazas, y algunas noches, se escucharon disparos cercanos. Los campesinos me cuidaban. En la zona de Froilán quemaron una escuela.

Pero nosotros nunca renunciamos a nuestro deber. Cumplimos.

La de cumplir como Maestros Voluntarios fue la primera misión de Adys y Froilán en la Cuba revolucionaria, porque la de hoy está en correspondencia con su labor de investigadores y escritores de importantes personalidades de la Historia de Cuba.

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