Biografía de un sueño

Santiago de Cuba, 13 de jun. – Hay gente atada al pasado, que se parecen tanto a lo que fueron que el esfuerzo por despabilarlas resulta, por lo menos, arduo y a veces no fructifica. Otros toman la senda opuesta y hay que frenarlos para que no lleguen al futuro sin atravesar la frontera del presente. Los extremos suelen ser fáciles de asumir,difíciles de soslayar. A veces poner la realidad en su lugar deviene problema. Una alternativa consiste en fijar una posición intermedia y para eso están los sueños.

Cuando era pequeño y vivía en una casa también pequeña, mi tía era la líder, pero mi personaje era la abuela. Con sus ochenta años la veía desandar, corregir sin hablar. Los domingos era espléndida. No cocinaba. Del plato dominical: arroz con pollo a la chorrera, se ocupaba mi tía; abuela hacia el postre, dulce de cualquier fruta que caía en sus manos y al terminar el almuerzo siempre me decía lo mismo: tienes que ser un hombre útil a tu país y fiel a tu familia, lo demás sale sobrando.

Cuando entramos a la Universidad de Oriente nos recibieron con una zafra, la del 70. Fueron días de chícharo y arroz blanco, de harina y lenteja. Sin proponérnoslos logramos lo que ya muchos restaurantes quisieran: tener un menú fijo. Pero picábamos caña y reíamos. Cuando me gradué volví a soñar, ahora con algunos conocimientos y más voluntad.  Salí por primera vez de Cuba, me ubicaron en otra isla, la de Pinos, denominada luego  Isla de la Juventud. De regreso a Santiago de Cuba llovieron las tareas.

Me gradué en Letras, en el curso para trabajadores. Nadie me pidió un centavo por estudiar y los estudios cuestan. Lo digo sin ninguna intención promocional, sino para que  quienes asumen el estudio como una diversión, no como un trabajo y  están muy atentos al final para poner en título de licenciado en la sala de su casa, tomen nota y sobre todo a los culpables de que estas cosas pasen, y me incluyo.

¿Por qué les cuento estas cosas? Nadie que tenga dos dedos de frente o solo uno, pensará que se trata de autocomplacencia y si alguien lo piensa que lo piense: estoy dispuesto a dialogar sobre el tema con respeto y con el dolor que me atrapa cuando termino mis clases y reparo en algunos estudiantes que se ocupan de perder el tiempo, cuando la mayoría sabe  que en ello no solo le va su futuro sino el de todos nosotros.

Seamos francos: a veces me duele el barrio y me duele mi universidad. Micuadra era una calle de tierra. El Estado puso los recursos y entre todos la hicimos de concreto. Ahoraestá llena de baches. Establecimos un plan de guardia para cuidarnos nosotros mismos, encabezados por la entonces presidenta del Comité de Defensa de la Revolución. Si tú no cuidas lo tuyo, quién lo va a cuidar. Ahora pasamos trabajo para que nuestros hermanos del barrio hagan la guardia nocturna.

Atemperamos a quienes se liaban a golpes, especialmente los fines de semana, para perturbar el sueño ajeno. Establecimos la viabilidad del sueño físico. ¿Y el moral? Hay personas que no habían nacido aún e ignoran cuántocostó el armisticio. Todavía quedan algunos maleantes: son pocos, pero son.En mi cuadra había tres profesionales, ahora hay muchos. Algunos se hacen de la vista gorda ante las actitudes indeseables y se refugian en lo suyo.  

Sueño con un barrio de gente amable y solidaria; más que instruida, educada; capaces de enfrentar sin violencia pero con entereza a los que se ocupan de hacer cosas deleznables y me preguntocómo. ¿Cómo le recordamos quiénes somos y de dónde venimos? Y sobre todo, cómo los convencemos  para que cuiden lo que hacen los otros, porque definitivamente lo que los otros hacen es para ellos también. Así de simple.

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