Camilo: su imagen para el pueblo

 
Santiago de Cuba, 28 oct.— Cada año, el 28 de octubre, los cubanos tenemos una cita con el mar para sembrarlo de flores en homenaje a Camilo Cienfuegos. No es una cita para recordar a alguien que ha muerto, sino más bien para sentirlo más cerca de nosotros, como siempre lo ha estado desde aquel día de 1959 en que desapareció en las profundidades del océano.

Y es que los hombres como Camilo no pueden morir, porque si bien no está presente físicamente, su presencia se presiente cada día en el acontecer de un pueblo que aprendió a amarlo por lo tanto que le dio a pesar de su juventud.

Es por eso que aquel 28 de octubre nadie creyó en la muerte de Camilo más allá de la leyenda que él forjó durante los 28 años, 8 meses y 22 días que vivió, él nos dejó lo principal: su ejemplo de revolucionario a toda prueba y eso, lo hizo inmortal.

Y no es que Camilo haya sido un superhombre ni uno de esos míticos dioses del olimpo. Fue como todos, con defectos y virtudes, alegre y triste, pero más allá de cualquier condición humana, el fue sobre todo: la imagen del pueblo cubano, porque así somos: alegres, valientes, honrados, tenaces, inteligentes, capaces, libres.

Por eso Camilo se renueva cada día en cualquier sonrisa de un niño, en la alegría y fortaleza de un joven, en la firmeza y valentía de un soldado, en el sudor de un obrero, en el empeño de un campesino, en la tenacidad y deseos de vivir de un anciano, en el altruismo de un internacionalista…

Han pasado 59 años de aquel 28 de octubre en que la figura legendaria de Camilo Cienfuegos se hundió en el mar y quien dice que ahora mismo él no está aquí con nosotros alentándonos a seguir hacia delante, diciéndonos qué vamos bien, escuchando su voz que nos alienta al combate en la defensa de la Revolución y en la construcción del mundo mejor que todos soñamos y que como él los cubanos marchamos a la vanguardia para lograrlo.

Digamos entonces a Camilo en este día, como nos enseñó el Che: ¡Hasta la Victoria Siempre Señor de la Vanguardia!

 
Por Armando Fernández Martí

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