Celia, la eterna heroína

Santiago de Cuba, 11 de ene. – Nunca podrá hablarse en pasado de Celia Sánchez Manduley; en la Cuba que ayudó a liberar está latente la impronta de una mujer que conjugó su condición de guerrillera, heroína, madre adoptiva de muchos compatriotas y figura inseparable de Fidel.

Una de las cubanas imprescindibles de la Revolución, justamente puede calificarse a quien dejó un inmenso vacío en la tierra de sus amores, en la Patria de sus sueños más entrañables aquel el 11 de enero de 1980, cuando la noticia de su muerte enlutó a la nación.

A Celia se le evoca siempre con especial cariño, lo merece esa compatriota que  sigue siendo una leyenda, pero tan real, tan viva que se multiplica en su pueblo para el que consagró cada minuto de su fecunda y ardorosa existencia.

Osada, sencilla, gentil, amante de las bromas, con gran imaginación, sorprendía, sobre todo, por su ternura y vehemente forma de querer a los demás.

Tal mezcla de desvelo y pasión, de sensibilidad e intrepidez tenían que convertirla en una de las personalidades más seductoras de la historia de Cuba en la que ocupa un lugar de privilegio, esencialmente en el corazón de la gente.

En opinión del investigador Ricardo Vázquez, “Si Celia fue tan virtuosa lo debió en gran  medida a su padre, hombre de vasta cultura, profundamente martiano y que se desarrolló no solo en la medicina sino también en la estomatología, la política, la espeleología, la historia.

“Fue él quien señalizó el lugar exacto donde cayó el prócer Carlos Manuel de Céspedes, guió la expedición que situó el primer busto de José Martí en el Pico Turquino, en 1953. Se carteaba con el científico Núñez Jiménez, era conocido del pintor Carlos Enríquez, seguidor de las ideas del líder ortodoxo Eduardo Chibás…”.

Capítulo importante de su vida fue su vínculo con Santiago de Cuba; desde muy joven se integró al Movimiento 26 de Julio, fue decisiva como luchadora clandestina de la ciudad, cuando se convirtió en Norma y era inseparable de Fran País y Vilma Espín, vital en el envío de combatientes para engrosar las filas del Ejército Rebelde.

En esa tierra oriental dejó muchas huellas, tuvo que ver desde el diseño de los uniformes escolares, hasta con el decorado y concepción de sitios tan emblemáticos como la Comandancia General de la Plata, en plena Sierra Maestra.

Se dice que el mito de la guerrillera ha empañado a veces un tanto a la mujer de carne y hueso. Y Celia fue mucho más que la valerosa heroína; era la persona en quien confiaban los campesinos para plantearle sus más íntimos y peliagudos problemas, con la certeza de que haría todo por resolverlos.

Como toda mujer Celia también se enamoró, tuvo novios y varios pretendientes. “Lo que hay que entender y subrayar es que el gran amor de su existencia fue la Revolución. Por ella, lo antepuso todo, se desveló, dio el alma y la vida”, comentó Ricardo Vázquez.

La historiadora Maritza Acuña refirió en una ocasión que la última gran prueba manifiesta de la excepcionalidad de Celia fue su propio deceso, cuando le faltaban cuatro meses para cumplir 60 años.

 “Sabía que padecía una enfermedad penosa; ya la habían operado de un pulmón y, sin embargo, en vez de cuidarse, se consagró más al trabajo, a ayudar con todas sus energías a Fidel. Y lo más llamativo: ni en esos momentos perdió la sonrisa y su manera alegre de mirar la vida; eso puede comprobarse en la foto tomada el 30 de noviembre de 1979 en Santiago de Cuba, 42 días antes de morir”.

El epíteto que ganó de La Flor más autóctona de la Revolución era muy justo, porque Celia expresa lo autóctono por su criollez, su cubanía; siendo diputada, del Consejo de Estado, del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, nunca dejó de comportarse con su gracia y acento campesinos, de gente del pueblo.

Quienes la conocieron todavía sienten un gran vacío por haberla perdido. «Para medir quién fue esta hermana nuestra, baste subrayar que será imposible escribir la historia de Fidel Castro sin reflejar a la vez la vida de Celia Sánchez Manduley…», dijo Armando Hart Dávalos, en la despedida de duelo de esta singular revolucionaria.

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