Confesiones y cuestionamientos de la gente del barrio

Santiago de Cuba, 2 de may. – “La Raspadura” es el corazón del barrio, el parque, su pulmón. “La Raspadura” es una rotonda: hay una farmacia, una cafetería del Estado y otra particular y un foco cultural donde ensaya una de las famosas congas de Santiago de Cuba: “El Guayabito”. A unos 100 metros está el parque remodelado recientemente. Tiene bancos de hierro pintados de verde y negro, en los cuales se sientan algunos vecinos a dialogar y a discutir.

El trabajador social de la comunidad adornó la única pared del parque con versos de José Martí y Nicolás Guillén y, por inspiración propia, añadió unas pinturas abstractas de su cosecha; no las entendemos, pero gradecemos el esfuerzo. Para completar su obra colocó varios carteles pequeños que instan al cuidado del lugar.

Algunos vecinos se reúnen en las tardes para intercambiar en voz alta. Son espontáneos: intervienen cuando les parece, se dan y quitan la palabra con una facilidad exquisita. La mayoría trabajan para el Estado; otros laboran  por cuenta propia; algunos están en la que se cayó: botan escombros, trasiegan arena o grava y hay quienes viven del invento.

Eso sí: la mayoría absoluta desfiló este 1 de mayo, en definitiva ellos son trabajadores y la concentración constituye una oportunidad para muchas cosas: saludar a conocidos y amigos, gritar bien alto las consignas al pasar por la presidencia y llegar hasta el final de la Plaza, sitio ideal para apostarse y aguardar a que pase alguien que les brinde un trago y departir en familia.  Nunca fallan: siempre aparece un entusiasta  y auspicia el brindis

Ninguno tiene computadora en casa ni acceso a Internet; tenemos internos, afirma Torres, uno de los líderes de opinión del barrio, el otro es Yuyo, cuya presencia en el parque es ocasional; mitiga sus ausencias con su poder de cuestionamiento y su capacidad de hablar sobre cualquier tema, entre ellos el deporte, asunto que domina.

No toma alcohol porque tiene úlcera. Es, probablemente, el único de los contertulios que recibe el periódico en casa, lo lee y ve el noticiero de televisión. Cuando trabajaba en Prensa Latina lo mantenía informado sobre su  tema favorito: las grandes ligas norteamericanas; ahora es él quien me informa a mí. No sé cómo se las arregla, pero siempre tiene la noticia.

Torres, el otro protagonista, está viejo. Está obsesionado  por contar historias de los primeros años de la Revolución, siempre de la misma manera; ni que fuera periodista. Cuando narra sus aventuras ahuyenta a los jóvenes, pero él insiste: Los más nuevos prefieren trastear en los celulares, propios o ajenos, buscar informaciones en las redes sociales y de paso desinformarse.

Y, ¿cómo preguntan? Creen que tengo respuesta para todo y cuando no puedo complacerlos dan sus versiones sobre lo sucedido o lo imaginado. Prefieren los deportes, especialmente el fútbol internacional que trasmite la televisión y  la pelota; cuando llegan al beisbolvuelvenlos cuestionamientos.

Torres contribuye, se queja del ron que venden en la cafeteríapreviamente bautizado por dependientes que tienen habilidades para echarle agua al alcohol y venderlo como original; se queja y pide un trago, Yuyo arremete contra los cigarros Populares, los más populares por las quejas que provocan, para no hablar de los fósforos, únicos del mundo, porque la mayoría no tienen cabezas.

Lo cuestionan todo: ¿Por qué picaron la calle Trocha hace semanas y aún no echan el asfalto? ¿Por qué los precios no bajan si el noticiero informa que  algunas producciones se recuperan? ¿Por qué nadie hace nada cuando apagan la música a las 12 de la noche y  algunos malcriados  siguen la fiesta y no dejan dormir a ninguno de los que trabajamos? ¿Por qué y por qué?

Parece que no tienen a nadie a quien preguntarle. Casi siempre las interrogaciones llegan al mismo puerto. Cuando la conversación llega a este punto, les recuerdo que mañana será otro día y tengo que trabajar temprano, pido disculpas, y me voy para mi casa.

Deja una respuesta