Contaminaciones ambientales que no debemos olvidar

Santiago de Cuba, 17 de ago. – Para referirnos muy brevemente a otras formas de contaminación ambiental que suelen quedar relegadas como problemas menores, pero que son igualmente perniciosas para los seres humanos y que deben ser atajadas, estas son las siguientes:

•  La contaminación acústica -asociada a la actividad industrial, al transporte y a una inadecuada planificación urbanística- causa de graves trastornos físicos y psíquicos.

•  La contaminación “lumínica” que en las ciudades, a la vez que supone un derroche energético, afecta al reposo nocturno de los seres vivos, alterando sus ciclos vitales, y que suprime el paisaje celeste, lo que contribuye a una contaminación “visual” que altera y degrada el paisaje, a la que están contribuyendo gravemente todo tipo de residuos, un entorno urbano antiestético, etc.

•  La contaminación del espacio próximo a la Tierra con la denominada “chatarra espacial” (miles de objetos desplazándose a enormes velocidades relativas), cuyas consecuencias pueden ser funestas: tengamos en cuenta que gran parte del intercambio y difusión de la información que circula por el planeta, casi en tiempo real, tiene lugar con el concurso de satélites, incluido el funcionamiento de Internet, de la televisión, de los GPS o de la telefonía móvil.

Lo mismo podemos decir del comercio internacional, del control de las condiciones meteorológicas, o de la vigilancia y prevención de incendios y otras catástrofes. La contribución de los satélites a hacer del planeta una aldea global es realmente fundamental pero, como ha enfatizado la Agencia Espacial Europea (ESA), si no se reducen los desechos en órbita, dentro de algunos años no se podrá colocar nada en el espacio.

Como ha denunciado la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo, una de las mayores fuentes de esta peligrosa chatarra espacial ha sido la actividad militar, con el ensayo de armas espaciales.

Terminaremos señalando que los conflictos bélicos y las carreras armamentistas constituyen una de las principales causas de la contaminación del planeta –desde la chatarra espacial que acabamos de mencionar a la producción de enormes cantidades de gases de efecto invernadero, pasando por el envenenamiento de suelos y aguas- y de otros problemas estrechamente relacionados como el agotamiento de recursos.

Resultan por ello auténticos atentados contra la Sostenibilidad, que pueden contribuir decisivamente al colapso de la sociedad mundial en su conjunto. Sin embargo, no solemos ser conscientes de este problema.

Aunque la humanidad siempre ha contado sus víctimas de guerra por los soldados y civiles muertos y heridos, las ciudades y medios de vida destruidos, con frecuencia, el medio ambiente ha sido la víctima olvidada.

Es por ello que el 5 de noviembre de 2001, Naciones Unidas declaró el Día Internacional para la prevención de la explotación del medio ambiente en la guerra y los conflictos armados, que se celebra desde entonces el 6 de noviembre de cada año.

Ban Ki-moon, en su mensaje en la celebración de ese día en 2010, señalaba: “A medida que crecen la población mundial y la demanda de recursos, es posible que aumente la posibilidad de que se desaten conflictos por esos recursos. Los efectos del cambio climático pueden exacerbar ese peligro. Por lo tanto, es necesario que generemos nuevas ideas sobre las fuentes de inseguridad y velemos para que nuestra diplomacia preventiva tenga en cuenta la naturaleza transfronteriza de los ecosistemas y la degradación ambiental”.

Se pone así en evidencia la estrecha relación entre los distintos problemas que caracterizan la actual situación de emergencia planetaria, planteando un auténtico desafío global, y la necesidad de abordarlos mediante la conjunción de medidas tecnológicas, educativas y políticas.

Medidas que deben estar presididas por principios de bioética para un correcto comportamiento humano respecto a la vida, promover una “Nueva cultura” (energética, de la movilidad, urbana, del agua…) orientada a hacer efectivo el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de las personas, así como el deber de conservarlo.

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