Crónica a mi madre

Santiago de Cuba, 12 de may. – Cuando estaba en su vientre… de esa etapa no me acuerdo. Pero estoy segura que si estoy aquí, es por su preocupación. Ella pasaba las manos cuando le daba pataditas para decirle que estaba aquí. De ella me alimenté y cuando decidí dejar la comodidad, me recibió complacida  y dejó que mi boquita le apretara aquellos seños duros. Aguantó el dolor, pero comí de ella cuanto quise y sin horario. Ella siempre estuvo disponible para mí…

El tiempo parecía lento, pero atrás quedaron los blancos pañales, el uniforme de primaria  que sus manos diestras mantuvieron limpios y bien cuidados. En la Secundaria y pre me enseñó que las niñas teníamos deberes y así aprendí poco a poco las tareas del hogar.

Pero no fue fácil… A veces ella me parecía dura y exigente.  Cuando yo refunfuñaba, el regaño estaba ahí, a veces con expresiones duras, otras en sabia conversación. Gracias a sus enseñanzas pude lograr mis sueños: hacerme periodista.

Cuando tuve el título en mis manos pensé en ella, en sus desvelos, sus enseñanzas… Y ella lo disfrutó como si fuera el mejor trofeo. Ese fue el premio de sus años de sacrificio.

Pero estoy segura que la mejor recompensa a sus años vividos la encontró en los nietos. Esos que no le dieron pataditas en su vientre, pero la llenaron de besos y de amores  cada mañana, para hacerla feliz.

Siempre pienso en ella. Y su actitud es  mi ejemplo  Porque esta señora  que aprendió a leer y escribir luego del Triunfo de la Revolución,  supo hacerse grande para educar bien a sus 6 hijos   y repartirle mucho cariño como muestra de que el corazón de una madre es inmenso, cuando del hijo se trata.

Ella no es perfecta, pero así la quise mientras se mantuvo a nuestro lado. Esta señora es mi madre.

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