Crónica de la parada de ómnibus

Santiago de Cuba, 29 de nov.- Tengo un amigo que idealiza las paradas de ómnibus. Piensa que la parada es el mejor lugar para conocer gente, especialmente si la nueva amistad es una mujer santiaguera dispuesta a platicar. Eso, dice, casi siempre es un buen comienzo. En su honor escribo estas reflexiones que no son tan serias como las habituales pero no podemos pasarnos el día con la seriedad a cuestas, llenándonos de problemas, como si no fueran suficientes los que tenemos; de cuando en cuando hay que sonreírle a la vida como hacen muchos santiagueros.

Realmente estas líneas fueron escritas antes, aparecen en un libro que se está poniendo viejo enredado en la maraña de un proceso de edición que amenaza con eternizarse. Permítanme reproducir lo que digo en el citado libro:

“Me fui a la parada donde me percaté de que la estudiante del curso auspiciado por el país para que todos los adultos alcanzaran el noveno grado; no firmó la libreta que dejaba constancia de la visita para saber las causas de su ausencia y ver cómo ayudarla. La línea donde decía Sofía Torres estaba en blanco. Permanecí un buen rato en espera. El hecho de estar en una parada de ómnibus es una circunstancia que induce a ciertas reflexiones. Hay muchos lugares adecuados para meditar. Las paradas, confirmo, son uno de ellos.

Tengo la impresión de que las autoridades no han razonado sobre este problema. Yo no soy la autoridad, pero si lo fuera dignificaría las paradas de ómnibus, sin pretender convertirlas en monumentos nacionales; las reconstruiría pues, algunas de ellas solo tienen una señal y tres o cuatro bancos. Hablo del mejor de los casos.

Alguna vez propuse realizar un estudio diagnóstico para definir dónde el presunto pasajero pierde más tiempo, sin en la parada o en caminar a resolver algún problema. Después del estudio había que elaborar un conjunto de acciones profilácticas entre las cuales debía incluirse la de trasladar las bibliotecas para las paradas, con el objetivo de cosechar entre los esperantes personas cultas. De modo que seríamos el primer país en contar con licenciados en esperantura debidamente acreditados. Pero no me hicieron caso, creyeron que bromeaba.

Creo firmemente en la posibilidad sugerida. Pienso que, cuando se resuelvan los desafíos del transporte de pasajeros, habrá que retomar este asunto. Sería una manera de amortiguar las deserciones e incluso podría pensarse en proteger la memoria histórica y convertir a las paradas en museos de la necesidad. No tengo la menor idea de cómo opinan los científicos, pero me parece lógico pedirles que aborden esta situación porque nos atañe a todos, o a casi todos”.

Ahora hablo más seriamente. Una de las actitudes que no acabo de entender por mucho que me esfuerzo, es la tendencia de algunas personas a no cuidar lo propio o a confundir lo público con lo ajeno: como los parques donde dejamos que destruyan los asientos, las calles donde alguien pinta un grafitis feo o lanza un paquete de basura y otros lo imitan. Y tantos ejemplos negativos más que van desde la actitud agresiva de los depredadores o la irresponsable de los indolentes. Ante estas y otras situaciones habría que preguntarse una vez más qué podemos hacer porque, parece obvio, este es un asunto que nos concierne.

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