Cocoyé en Santiago

Nos llega de Haití con la lengua indescifrable del patuá negro-francés y tambores. Primero en los cafetales con sus atuendos magnánimos de reyes y princesas, luego a las calles carnavaleras de una ciudad que lo acoge en ritmo y temperamento: Llega el cocoyé a Santiago.

Y no solo queda el cocoyé en las calles calientes de adoquines brillantes,  también su ritmo es llevado al formato de la banda militar de Santiago de Cuba y luego va a los salones de la sociedad filarmónica en una obra del eminente músico Laureano Fuentes titulada Popurrit Cubano que tenía como tema principal “María la O”.

A ese mismo popurrit luego se le añadieron otros estribillos y fue insertado  nuevamente en el formato de la banda militar para titularlo en en esa ocasión como  “Cocoyé” o “Ajiaco Cubano”.

El año 1849 se reconoce como el agraciado para el estreno de esta obra interpretada por la banda del regimiento Isabel II, dirigida por Julián Reynó.

El ritmo negro que inunda la ciudad tiene la virtud de seducir al oído musical, no solo de los bailadores de las calles y arrolladores de tumultos, es también atractivo para músicos cubanos y foráneos.

Como imaginar que el Cocoyé con sus armazones de cueros y campanas, su desatinada forma rítmica, caliente y criolla pueda enclaustrase en las teclas del piano del norteamericano Louis Moreau Gottschalk y luego el pianista cubano Pablo Desvernine que también realizó su versión del tema de ritmo folclórico por excelencia y poseedor de la magia de la cultura franco haitiana ahora también cubano.

Tal parece que el Cocoyé llegó y se estableció en Santiago de Cuba  para no salir de los conceptos y habilidades de los creadores santiagueros, porque es otro compositor citadino: El maestro Prudencio Barthelemy, quien realiza una transcripción completa para piano de todos los temas del Cocoyé.

Un poco mas contemporáneo en el tiempo, allá por el año 1925 se estrena la obra “Obertura sobre temas cubano” del compositor y violinista Habanero  Amadeo Roldán,

De aquella obra expresa nuestro Alejo Carpentier:

“…Lo mas singular era que Roldán, al esbozar su obertura, se hubiera vuelto, por instinto, hacia un tipo de expresión folclórica captado varias veces en en el siglo XIX: El cocoyé oriental”.

Lujuria y candor, se anudan en las plácidas maneras del hacer refinado de una música, ambas celestes: La una del paraíso terrenal, otra que parece llegar del infierno en llamas donde tambor y fuego mueven caderas negras como carnaval que atraviesa la madrugada en dos.

Llevar lo negro a la partitura solemne de los salones inmaculados, es mas que sacrilegio. Así se dice mientras se piensa y se baila, se enjuga el sudor en los libidos haceres de negros y blancos y no se detiene. Entró el ritmo convulso en los tiempos sonoros de cuba y se abrazó al son y a la guaracha, se multiplicó en lenguajes clarividentes de orishas y danzadores, hoy sigue siendo mas que nunca célula y raíz, clave y sabor de un ritmo que se quedó en su cuna santiaguera con el divino nombre de “Cocoyé” .      

Escrito por Santiago Carnago López     

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