Cuando la verdad no ofende

Santiago de Cuba, 1 de oct. – María Soler Vidal tiene 90 años y carece de pelos en la lengua. Desde siempre quise entrevistarla oficialmente, pero no me atreví. Ahora lo hago por cortesía y porque en estas jornadas cercanas al aniversario 59 de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) es reconfortante oír la voz de la experiencia, ilustrarnos y recordar. La tarea se torna aparentemente sencilla: a le entrevistada apenas hay que preguntarle; tiene su propia agenda.

Platicamos en su casa, una construcción de placa que también se está poniendo vieja. En la calle, erizada de baches, unos chicos juegan al fútbol, en un singular terreno que solo cuenta con una portería, marcada por una par de piedras;  pero,  los niños se divierten. Un  hombre con cara y cuerpo de borracho se equivoca de casa y persona: quiere comprar cigarros fuertes, al menudeo. María le señala con la mano  donde lo venden, y me cuenta sus cuitas. No  narro las mías porque no me corresponde.

Aunque se enreda con las fechas rememora su incorporación a los CDR. Recuerda y compara y en la comparación el presente sale perdiendo. “En el barrio falta combatividad: ya no somos lo que éramos. Y ahora  la combatividad hace más falta que nunca, con todos estos problemas con el combustible, los medicamentos y estos yanquis que no nos dejan tranquilos con su bloqueo  de…” Y pronuncia un sustantivo para ella muy fuerte. Antes de pedirme perdón, se pasa la mano por la boca, como si quisiera ahuyentar el mal sabor que deja degustar una palabra tan fea.

Se repone e insiste. “Como le decía en mi país todo es bueno, pero no todos hacen las cosas bien, hay que admitirlo…Si usted me provoca digo la verdad: la verdad no puede ofender a nadie”. Y añade sin pensarlo demasiado: “Estoy contenta con mi país, pero hay cosas con las cuales no puedo estar de acuerdo como con esos que no trabajan y viven del Estado. Pero, hay que seguir;  lo único que no se puede recuperar es la vida. Por eso me va a ver  en la fiesta del comité, esperando el 28, ya estamos en los preparativos”.

Habla con la confianza que proporciona la experiencia. No quiere alarmar a nadie, dice esta mujer delgada, siempre lo ha sido. Agrega que no se aferra a ideas fijas, aunque gusta de reiterar algunos temas.  Tiene su propia narrativa de la vida y está ahíta de recuerdos. Mas, cuando conversamos – y sucede frecuentemente- los comparte. Buenos o malos son suyos: también lo son la gente del barrio; está orgullosa de que así sea y lo confiesa con vehemencia.

Gusta de comparar los tiempos. Habla de todo y de todos. Dice cosas atrevidas. Pero, muchas veces, cuando parece llegar a la meta, se detiene y salta para otro tema: “Mire, yo nunca pude darle un beso a Fidel y eso que lo tuve cerca. Pero, era tan impresionante que no me atreví. Así que solo puedo recordarlo en silencio. Lo tengo aquí, en esta cabeza mía y eso no me lo puede quitar nadie, ni siquiera un periodista”

Eso dice  María Soler tan santiaguera, tan cubana. La miro de abajo a arriba o de arriba abajo, depende de cómo se mire. Y no me atrevo a hacerle más preguntas. Realmente no he logrado hacerle muchas: ella prefiere interrogarse a sí misma. No se lo digo. Continúo atento a sus reflexiones hasta que lo comprendo todo: después de hablar con ella, estoy obligado a hablar de ella. No tengo otra opción.

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