Cuidado con el desdén por la telenovela

Santiago de Cuba, 15 de may. – Cuidado, mucho cuidado con desdeñar lo popular por el simple hecho de serlo; por ejemplo, con creer que la única música respetable es la clásica; Santiago de Cuba y el país disponen de un abultado repertorio de música tradicional, que es también clásica, y ha recorrido el mundo. Cuidado con la tendencia a despreciar lo propio y exaltar lo ajeno apenas sin conocerlo.

Cuidado con menospreciar a las cubanas y sus derechos conquistados porque costaron sangre; cuidado con degradar a las mujeres por su afición a ver telenovelas, ese género televisivo que seduce a mucha gente y ha motivado investigaciones comunicativas muy serias como las de Martín Barbero y Guillermo Orozco por solo citar dos paradigmas latinoamericanos.

Barbero, comunicador de talla extra, defiende la telenovela como un género que propicia “pactos de lectura”, como un instrumento de diálogo entre el televisor y el televidente. Por su parte, Orozco reflexiona ancho acerca de las relaciones entre la televisión y la familia, sobre las interinfluencias y mediaciones que se dan entre el medio televisivo y sus públicos.

En Cuba las telenovelas tienen la virtud de dividir momentáneamente a la familiaante la disyuntiva de ver Telesur, Cubavisión o Tele Rebelde, para disfrutar del beisbol, las noticias o la novela; no nos ponemos cabalmente de acuerdo y es normal que así sea: es parte de la convivencia familiar donde, como en casi todos los aspectos de la vida social, existen contradicciones  con las cuales hay que aprender a vivir y a afrontarlas por complejas que estas sean.

Otra tendencia aún vigente es el desprecio por el cuento popular, aunque hay cuentos de este tipo, buenos y malos como casi todo, recogidos en antologías. Pero el blanco favorito de las recriminaciones son las telenovelas, a pesar del éxito mundial que han tenido varias de ellas como La Esclava Isaura, que tuvo  acogidas impresionantes en países lejanos, entre ellos China.

Cuba ve telenovelas, sobre todo brasileñas. Es cierto que se requiere de paciencia para seguir con atención las tribulaciones de los personajes y las tramas que amenazan con eternizarse, pero muchas personas se entretienen, cuestionan, dialogan. Quizás algunos de los adversarios cubanos del género no recuerden  que este fenómeno mediático tiene su origen en El derecho de nacer, la famosa radionovela de Félix B. Caignet; los norteamericanos tomaron la novela del santiaguero, la enlataron y la vendieron por todas partes.

Las telenovelas seducen, persiguen, obligan y, siempre que estén bien concebidas, ya sean producidas en el país o en el extranjero, cuando las vemos pasan a ser nuestras. Un proceso parecido ocurre con la novela policial que incita al lector a participar, a pensar, a construir su propio final de la historia.

Otra cosa muy distinta es la telenovela como negocio, como parte de la industria cultural que convierte en dinero todo lo que toca. Pero, prejuicios y realidades aparte, el rechazo de la telenovela  no es una postura ni inteligente ni justa: este género por su trascendencia popular debe ser respetado. Mas no quiero hacer de la explicación del criterio anterior una telenovela, solo propongo reflexionar en torno a un asunto que por su alcance nos concierne.

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