Cultivar la discreción no tiene precio

 

Santiago de Cuba, 22 de nov.- En estos tiempos en que hay tanto qué hacer, y se cuentan por miles las misiones altruistas a las cuales dedicarse,  abundan paradójicamente los críticos a ultranza, aquellos que todo lo cuestionan, encuentran siempre objeción ante las tareas que otros cumplen y defectos en la actuación de los demás.

Lo más perjudicial es que quienes así se manifiestan no examinan con el mismo prisma y rigor su propio proceder o el del pariente, vecino o amigo, solo poseen luz larga para escudriñar en los otros…

Se está cultivando como una mala plaga que atenta contra la mesura, la prudencia y la cautela, soplan vientos a favor de la indiscreción, de hablar del prójimo, con una frecuencia que raya en lo inadmisible.

Cualquier tribuna les parece idónea para referirse al bodeguero que llega tarde, el carnicero que recorta los productos normados para vender el “sobrante” a precios exorbitantes,  la maestra que no enseña bien, del jefe que no evaluó adecuadamente el caso de una indisciplina y sí llevó muy recio a otro trabajador que no era de su agrado.

También contar sobre el chofer que se paseó con la guagua vacía e ignoró a las personas de la parada, del que lo vende todo, necesita de quienes le rodean, pero nunca es capaz de un gesto dadivoso…

Constituyen realmente males e irregularidades a los cuales hay que atacar y ponerles coto, porque no son situaciones narradas en una obra de ficción, existen en la sociedad que edificamos;  por lo que urge barrerlos de raíz, enfrentándolos con valentía, en el momento y sitio adecuado, para que el mensaje llegue con claridad y tenga el efecto que deseamos.

De lo contrario, qué aportes estamos haciendo para la solución del problema, que puede reflejarse igualmente en otro sentido, al escucharse comentarios en términos desagradables del compañero de trabajo, del jefe, del amigo y hasta de familiares.

Cuestionamientos que deben evaluarse y adoptarse medidas en el seno del colectivo laboral o del hogar, salen a la luz pública, y el escenario puede ser lo mismo una camioneta, la escalera del edifico, la cola del pan, el pasillo del centro de trabajo, hablando sin miramientos, pero sin el criticado presente.

Esa costumbre a todas luces dañina, hasta puede ser  muy perjudicial a los intereses de la Revolución, cuando las personas hablan a derecha e izquierda de tal o más cual dirigente, de su actuación, sin conocimiento de causa, sin ser objetivos ni realistas en los análisis, sin conocer a fondo los asuntos que evalúan, en la mayoría de los casos.

Todo  indica que para cuestionar  y censurar a los demás, aunque haya argumentos y razones suficientes para acusarlos, sobra el tiempo, según evidencias de la realidad cotidiana, pero hay que buscar también el momento oportuno y el lugar adecuado, para quebrar la proliferación  de tan nocivo vicio.

Y lo peor y más difícil es descifrar cuál es la intencionalidad de esa práctica, ya que no se aprecia un objetivo marcado que propicie búsqueda de solución al problema, en resumen, es hablar por hablar.

Habría que preguntarse si esa conducta no perjudica la dedicación de las personas a sus funciones, a su puesto de trabajo, en tiempo en que es preciso trabajar y hacerlo bien con énfasis en la disciplina, eficiencia, calidad y productividad.

Puede apreciarse que una cualidad tan imprescindible en la vida como la discreción, está casi en extinción. Y aunque parezca un problema simple, a escala de la sociedad también cuenta, pues no sería baldío repetir que esa es una virtud que la Revolución siempre ha respetado y defendido.

Vivimos una época en que los especialistas acentúan la necesidad de lograr una convivencia armónica, que se alcanza, en gran medida, con una buena comunicación, en la cual no debe prevalecer la ofensa, la agresión, y sí claridad en el mensaje sobre la base del respeto.

i usted prefiere hablar de los demás, motivos de sobra podría encontrar. No hay nada mejor para alimentar el espíritu  que saber valorar la consagración y méritos de quienes nos rodean. Elogiar  a los colegas, subordinados o superiores, que sobresalen  no demerita a nadie ni es un acto de adulación, más bien engrandece al ser humano.

por: Aída Quintero Dip.

 

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