Decir la verdad

Santiago de Cuba, 19 de mar.- Creo que debemos decir la verdad tal y como la concebimos aunque nos equivoquemos. Pido permiso para hacerlo en nombre propio. Tengo conciencia de que debemos escribir lo mejor posible, elaborar buenos textos; quienes dirigen la página de Radio Mambí, particularmente la directora de la emisora, exigen y tienen razón: en su lugar yo haría lo mismo.

Resulta que usted no puede despreciar la confianza que le dieron y tiene una obligación profesional que cumplir: la de escribir bien o al menos intentarlo, aunque no siempre lo logre, y lo peor, si no lo consigue y pifia no hay a quien achacarle la culpa –ese vicio tan extendido de andar por el mundo buscando culpables- porque usted y solo usted es el responsable de lo que escribe.

Siempre o casi siempre hay una fecha memorable, la historia de Cuba es copiosa, pero está lo cotidiano y están las preocupaciones de la gente, las inevitables contradicciones, las opiniones divergentes. Y como tenemos un pueblo instruido, usted tiene que afilar la puntería para decir lo suyo, lo que argumentan quienes piensan como usted e incluso dialogar con los que piensan distinto y hacerlo con todo respeto por el criterio ajeno: quien  no acepta  la palabra del otro no tiene derecho  a que el otro acepte la suya.

A usted le preocupa la reiteración, esa que tanto daña a la publicidad, teme a la saturación, esa que asume un tema y dale que dale, hasta conseguir lo contrario de lo que pretende. La saturación afecta negativamente la capacidad persuasiva de los medios, su vocación educativa y perjudica su influencia sobre los lectores cubanos que son por definición lectores activos, participantes de uno u otro modo.

Sucede que usted tiene un trabajo que enviar, dispone de esa maravilla que se denomina correo electrónico, pero constata que hasta las maravillas no solo están algo lentas como dice Silvio Rodríguez, sino que tienen su lado negativo. En su presencia,  un colega le envía un correo electrónico a otro que está en la oficina contigua y en vez de ir a conversar de tú a tú como hacemos los cubanos, teclea. Usted piensa alarmado en la posible desaparición de la mejor tecnología inventada por el hombre: la del cara a cara.

Piensa que estas personas tan amantes de los correos tienen un concepto muy discutible de la comunicación interpersonal, de la necesidad de intercambiar, de dialogar, de la manera  de ser del santigüero y del valor de la palabra dicha frente a frente.

Desde que nos acostamos y nos dormimos – siempre que nuestros vecinos lo permitan y pongan alguna música audible- hasta que nos levantamos somos palabra: desde sustantivos como plan de trabajo, oraciones como la que nos recuerda la reunión de la tarde o de la semana. Transcurre el día y las palabras nos asedian mas, como estamos vivos y queremos que los demás lo estén, escribimos.

Escribimos sobre las preocupaciones colectivas como la llegada tardía del pan, las expectativas sobre el equipo de pelota para la próxima serie nacional, sobre los precios que ignoran la ley de la gravedad según la cual las cosas suben y caen, pero los precios solo suben pero  no bajan,  sobre las locuras del mundo globalizado en que  vivimos, donde hoy se amenaza a Venezuela, y están las trampas que vienen de todas partes porque los tramposos sobran.

Hoy te levantas temprano: eres un hombre afortunado, tienes un buen tema, ahora debes meditar sobre el enfoque, ser cuidadoso porque hay que decir la verdad y evitar dañar. Sabes que a los dirigentes del Partido y el Gobierno en la provincia no le agrada el protagonismo, pero sientes la necesidad de escribir sobre ellos, porque en definitiva son gentes de pueblo, carne de tu carne, gente que no se creen cosas, pero hacen muchas, y las hacen bien.

Por Osmar Álvarez Clavel

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