Decir lo que pensamos sin temor y con respeto

Santiago de cuba, 17 de feb. – Parece necesario obrar del modo que anuncia el titular. En ocasiones optamos por callar porque no estamos convencidos de la efectividad de nuestras razones o porque tememos que exponerlas en vez de contribuir a mejorar pueda dañar unaobra de la cual somos parte. Pero, callar no es una buena alternativa para intentar persuadir a las inquietudes que nos aguijonean y pedirles que, por favor, nos permitan dormir tranquilos. A veces nos sucede: unos optan por evadir el asunto y otros insisten en buscar soluciones a este problema enojoso. Eso también sucede.

No pretendo culpar a nadie en particular. Creo que nuestra misión no consiste en salir a la vida a buscar culpables. No es difícil encontrarlos, pero hallarlos resulta casi siempre una práctica improductiva e innecesaria salvo en los casos extremos, como las situaciones que pretenden vulnerar los principios en los cuales creemos firmemente. No somos cobardes: la realidad lo sabe. Mas, cuando nuestros razonamientos pueden herir susceptibilidades; aunque predicamos el diálogo, preferirnos atrincherarnos en el silencio.

A veces evitamos opinar por temor a lastimar algunas   personas a las cuales queremos o a cualquier otra. Nos asaltan las dudas y para no levantar ronchas, decimos la verdad a medias o ni siquiera la decimos. Sabemos que hay situaciones dolorosas, problemas que no podemos solucionar con independencia de nuestras intenciones. Entonces consultamos nuestra conciencia y nos abstenemos de participar en escaramuzas: sabemos que por encima de nosotros, muy por encima, existe algo muy grande aunque su nombre sea pequeñito y ese algo se denomina el país.

A propósito del tema, permítanme una confesión: una de las razones por las cuales disfruto impartir docencia a estudiantes de la carrera de Comunicación Social de la Universidad de Oriente, es por lo mucho que aprendo en los intercambios con ellos, porque aprecio la facilidad con que dicen. Hablan con desenfado, a veces a rajatabla, quizás porque les falta la experiencia queconseja ser prudentes. Y no es que siempre tengan la razón, es que siempre tienen una razón para decir.

En ocasiones defienden sus criterios, sus verdades acontracorriente sin tener en cuenta la prudencia, sin precisar la autenticidad de las fuentes de las cuales se nutren. Los escucho, los atiendo cuandosiento que son sinceros; cuando generalizanasuntosparticulares, le llamo la atención y los conmino a que aprendan a soslayar los extremos en los cuales también he caído con independencia de las buenas intenciones; cuando exageran o plantean ideas sin asideros, los invito a reflexionar.  Es la manera como suelo proceder ahora, hubo momentos en que solía hacer lo contrario y cuando decían lo inconveniente le respondía con el silencio.

Si el silencio es un arma aconsejable y aún necesaria para alimentar la convivencia; el mundo periodístico, por su naturaleza social, obliga a opinar: la opinión es un riesgo del oficio. Hay que ejercer el criterio e interpretar los problemas sociales y, cuando este ejercicio, como suele ocurrir, conduzca a la crítica, vocablo que a veces amedrenta o enfada, se impone insistir; opinar con responsabilidad, coherencia y respeto.

Algunas veces evitamos hablar de asuntos que parecen no tener solución o cuya mención no contribuye a resolverlos. En ocasiones obviamos adentramos en problemáticas sobre las cuales tenemos más dudas que certezas. Mas, al final terminamos por  comprender  que debemos despabilar la inteligencia, buscar la información donde esté  y decir lo que pensamos con modestia, pero tenemos que decirlo pues, quizás el mejor camino para encontrar la verdad o por lo menos aproximarnos a ella, sea el diálogo, por eso nos atrevemos a reiterar, como  afirmamos en un trabajo anterior, donde citamos a Paulo Freyre que: “Los hombres no se hacen en el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión”.

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