Del barrio, el cambio climático y las frituras

Santiago de Cuba, 3 de mar. – El desarrollo del trabajo por cuenta propia ha contribuido al incremento sensible de las opciones de servicios destinados a toda la población. A diferencia de otras zonas de Santiago, donde abundan  los restaurantes particulares o paladares y las casas de alquiler, en el reparto Portuondo lo dominante son las barberías y las cafeterías, a estas últimas,  tan humildes como el barrio, se les denomina también kioscos, ventorrillos y timbiriches, aunque la generalidad son simples extensiones de las viviendas habilitadas para que el cliente reciba los productos en un mostrador o por una ventana y los consuma de pie, es una técnica para  ahorrar y a la vez agilizar el servicio.

Las ofertas de las cafeterías particulares son, como norma, mínimas e inestables, lo que no varían son los precios. Casi todas ofrecen lo mismo: bocaditos, pasteles, café, refrescos y jugos. Respecto a las dos cafeterías estatales del barrio es peligroso hablar de ofertas, y mucho menos en plural: en sus tablillas, el mensaje es tan magro que cumplen con los teóricos de la publicidad, que insisten en que el contenidodebe captarse de una sola mirada. Estos establecimientos se parecen al capitalismo, no por la superabundancia de productos elaborados para los mismos fines, sino por el carácter permanente de lacrisis propia del sistema, de la cual no puede escapar ni con sus fintas tácticas.

Sorprende que en el barrio solo haya dos lugares que ofertan regularmente frituras, un producto bondadoso y rentable, fácil d elaborar, de bajo costo y con aceptación popular. Los vendedoresambulantes compensande algún modo la carencia. Si no fuera porque con sus gritos no dejan tranquilo al barrio podrían considerarse una ganancia. Y están los vendedoresocasionales en sitios fijos,al final le presentaré un caso relevante para la comunidad, especialmente para la masculina.  La venta de frituras en el barrio contrasta con la de otras zonas de la ciudad donde la fritura, que siempre vale un peso cubano, es protagonista.

La humilde fritura puede convertirse en un asunto complejo, dignode atención para los científicos. Cito solo un caso: en Martí y la Central hay un negocio muy pequeño, un kiosco que solo oferta frituras a secas o acompañadas de pan. Venden unas frituras raquíticasy sin embargo tienen muchos clientes quienes se apresuran a comprar porque el inventario delkiosco es breve. Son las más malas de América Latina, dice mi hermano menor, hombre amigo del trabajo y de las bromas; sonanticonceptivas: quien se come un par queda incapacitado para concebir algo útil. Concuerdo con él y admiro su seguridad, tal vez no sean las más malasdeLatinoamérica, pero seguro están entre las peores.

Pero, este pequeño monumento a la ausencia de calidad siempre tiene clientes. Podríamos preguntarnos cómo la falta de calidad se vende tan bien. Podríamos arriesgarnos  y mencionar razones como: la ubicación del punto de venta muy cerca de la Terminal de Ómnibus de calle 4, donde en las mañanas,  cuando  se venden las frituras,  sobran los aspirantes a pasajeros; el precio y un factor que seguramente cuando lo señale provocará cuestionamientos: resulta que estas frituras tienen una particularidad que las singulariza. Usted se las come, analiza y vuelve a analizar hasta descubrir que sus creadores han alcanzado la originalidad por la puerta trasera, han logrado elaborar un producto comestible que no sabe exactamente a nada.

Un fenómeno parecido puede constatarse en mi barrio, no con las frituras, sino con los jugos de frutas: nosotros también somos innovadores. Las frituras de mi barrio son como las de cualquier otro afectado por el cambio climático, solo que aquí hay que comerlas sin pasión porque su consumo aumenta el calor ya de por sí insoportable.Nuestrasfrituras saben a fritura y valen como en cualquier parte de Santiago un peso. Nuestraoriginalidad se traslada al consumo de los jugos naturales que aparecen en las tablillassin precisar el tipo de fruta. La intención es buena mas, cuando el cliente asume el papel de víctima voluntaria y consume un jugo natural, consulta al paladar, pero no consigue acallar la inquietud: ¿De qué fruta será este jugo que no sabe a ninguna de las conocidas? Inquietud superflua porque los citados jugos no saben a nada.

En el barrio, a fines de 2019 la venta de frituras sufrió una conmoción. Atraído por el suceso toméuna cantina y fui a la Raspadura en función de cliente. Marqué mi turno en la fila donde predominaban los hombres y me dediqué a observar. Digan lo que digan los teóricos la observación es un método científico valioso. Una mulata veinteañera de carnes generosasatendía su negocio. Se inclinaba sobre una cocina artesanal situada en la acera, movía las frituras, escurría la grasa, las echaba en una bandeja, la depositaba con arte sobre una mesita que funcionaba como mostrador. Cada vez que acababa con unaserie apuntaba: convertía la mesa en su oficina para llevar lacontabilidad.

Mientras aguardaba mi turno pude ver y hasta meditar. Observé con detenimiento. La fuerza de trabajo es exigua: la mujer fríe, vende, cobra, sonríe y apunta. ¿Alguien puede exigir más eficiencia? Para acentuar su vocación porel ahorro, viste un short de mezclilla bien ceñido y suficientemente corto, es su técnica para atraer clientes. Sabe del cambio climático, de los vaivenes de las estaciones, pero estas menudencias la tienen sin cuidado. Su short tiene la virtud de dejar fuera casi la mitad de sus glúteos. El señor que me antecede en la cola, cuando la muchacha se inclina frente al fogón, me dice con toda claridad: “Esta mujer enseña media nalga, pero lo mejor sería que hiciera lo mismo que con las frituras, que la enseñara completa”.

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