Del protocolo y el ceremonial a lo cotidiano

Santiago de Cuba, 23 de ene. – El protocolo y el ceremonial no son como algunos afirman las Relaciones Públicas, sino parte de ellas. El protocolo consiste en un conjunto de normas que establecen la utilización correcta de los símbolos patrios y la atención adecuada a personalidades de la vida política y social. El ceremonial es una parte significativa de la realización del protocolo, incluye cualquier acto o ceremonia solemne que se efectué de acuerdo con las formalidades protocolares. El protocolo y el ceremonial se basan en la cortesía.

Hay quienes consideran al protocolo como inútil o pasado de moda; pero no es así. Las normativas protocolares son útiles, evitan omisiones, conjuran la posibilidad de herir el orgullo de los otros, refuerzan el respeto, la consideración y el orden. El ceremonial funciona como un elemento que ordena las jerarquías, evita posibles fricciones. La aplicación de sus preceptos facilita la relación entre los asistentes a actividades protocolares y fortalece la imagen de las organizaciones.

Protocolo y ceremonial son factores participantes en esferas muy diversas de la vida social, la política, la cultura, los negocios, el deporte y la actividad militar. Están presentes en las relaciones interpersonales eintergrupales, son necesarios para la convivencia armónicade la familia. La aplicación correcta de sus normas contribuye al desarrollo de múltiples actividades a las cuales aportan orden, seriedad, organización y disciplina. Los reglamentos son tan severos como claros y se aplican en actitudes y comportamientos como el saludo, la forma de vestir, de conducirse y expresarse.

 Las ceremonias militares son un ejemplo de la aplicación estricta de la reglamentación protocolar, quizás por eso resultan impactantes. Cuando acudimos al Cementerio Patrimonial Santa Ifigenia y presenciamos el cambio de guardia frente al mausoleo que guarda los restos de José Martí, el Héroe Nacional de Cuba, la marcialidad nos conmueve y nos emocionamos. Cuando asistimos a la colocación de una ofrenda floral ante el monolito que atesora las cenizas de Fidel Castro, el LíderHistórico de la Revolución Cubana, tenemos la misma sensación de admiración, respeto y ternura.

Sabemos de personas que las observan, aunque sea por televisión, y se enternecen o se deslumbran, lo difíciles hallar alguien indiferente. Sin embargo, existe un protocolo diario, más humilde y flexible, que no cuesta nada practicarlo pero que en ocasiones consciente o inconscientemente vulneramos, porque no recordamos las normas a pesar de su sencillez o simplemente porque no nos interesa cumplirlas, sinreparar en que su incumplimiento puede molestar y hasta agraviar a los demás.

Sucede que el protocolo sobresale por su seriedad y nosotros, según opinan algunos, no somos lo suficientemente serios y, en consecuencia, acatamos las normas protocolares por disciplina oporque no disponemos de alternativas para cambiarlas. No obstante, cuando asistimos a actos masivos que se ajustan a ciertas reglas, nos comportamos adecuadamente. Por eso no es desatinado pensar que más que seriedad lo que nos falta es conocimiento, entrenamiento.

Como norma en las actividades protocolares respetamos los reglamentos aunque no los conozcamos bien: nos guiamos por la actuación de los otros o por el sentido común o por ambos. Pero, en el bregar diario suele ocurrir lo contrario y frecuentemente olvidamos que la base de la actividad protocolar y de las relaciones humanas es la misma: la cortesía y que practicarla no es una opción sino un deber ciudadano. Parece obvio: hay un protocolo, sencillo, práctico, necesario, que requiere ser estimado como una práctica colectiva correcta, como forma de ser en la cotidianidad.

Cuando tomamos una guagua: ¿por qué no cedemos el asiento a una mujer, a un niño, a un anciano? ¿Hace falta que alguien lo sugieran? Cuando caminamos por la acera y un señor de la tercera edad anda lento y nos obliga a disminuir el ritmo: ¿por qué lo miramos con enojo?  En el semáforo una señora titubea para pasar la calle ¿Por qué no le damos una mano y la guiamos? Unas personas hablan mesuradamente ¿Por qué la interrumpimos? ¿Porqué maltratamos el lenguaje y decimos a las mujeres piropos groseros? ¿Porque mientras más años tenemos menos recordamos dar las gracias o decir por favor o discúlpeme o…? Hay muchos por qué.  Y, lo más importante, hay una ceremonia diaria denominada la vida: ¿Por qué no la afrontamos con toda la cortesía santiaguera  ?  Alguien se anima a responder.

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