«Yo soy la Cruz»

Una y otra vez el ruso Muslim Gadzhimagomedov lo buscó sobre el ring. Un golpe al aire, otro más, un tercero, y con cada intento fallido se diluían las esperanzas de un hombre que es campeón mundial en los 91 kg y llegaba a Tokio para ampliar su reinado.

Sin embargo, solo encontró un fantasma, una sombra acostumbrada a subir al primer lugar y dispuesta ahora a conquistar su segunda corona olímpica. Cuando por fin el árbitro señaló al cubano como el vencedor, Julio César se volteó a las cámaras y lo dijo muy claro: “Yo soy la Cruz”.

Como en otras tantas ocasiones, el capitán del buque insignia lució impresionante sobre el encerado. Una finta, un movimiento de torso, una provocación con la guarda baja para incitar al contrario y tentarlo a golpear primero. Solo entonces Julio César iba al contraataque. Una entrada rápida, precisa, y otra vez afuera, a diluirse sobre un ring que cuando él pelea parece mucho más grande, más resbaladizo.

El primer round fue un buen 4-1. Desde las gradas, Roniel Iglesias, otro campeón, se lo decía una y otra vez. A su lado, otra voz tomaba el Kokugikan Arena con un grito largo de “capitán”, como si la palabra tuviera eco y no se acabara nunca en medio del sonido de los golpes de Julio César.

Un asalto después la historia terminó 5-0 y “la sombra” tenía más de la mitad del camino recorrido. Entonces sería mucho más difícil encontrarlo sobre el cuadrilátero.

“El ruso era el favorito” —reconoce con la modestia de los campeones—, porque lo había ganado todo durante el ciclo olímpico. Esta pelea traía bastante tensión y expectativas, pero me salí bien y obtuve la victoria. Todos habían depositado su confianza en mí y no podía defraudarlos”.

El round final estuvo parejo, pero el cubano sacó la mejor parte y también lo convirtió en victoria. Vestido de azul, tranquilo, estuchó el veredicto. Primero en inglés, luego en el idioma local. Más tarde la voz que lo señalaba como el campeón. Solo entonces se volteó y saludó a las gradas, a sus compañeros que no dejaron de apoyarlo, a la bandera tricolor que ha acompañado siempre cada victoria.

El pecho erguido, el cuerpo recto, la mano de los mejores golpes sobre la frente en saludo marcial. Es el gesto que Julio César ha convertido en su signo. “Misión cumplida” —pensó—, como si demostrar que es el mejor del mundo en su división fuera siempre su propósito. Antes de este éxito apenas había competido en los 91 kg.

Quizás por eso habló de Alcides Sagarra y le dedicó el triunfo. De él aprendió la disciplina, la humildad y el sacrificio, tres cualidades que lo llevaron a convertirse en el onceno bicampeón olímpico del boxeo cubano. Luego volvió sobre un deseo que lleva días repitiendo.

“Con el respeto del gran campeón Mijaín López —reconoce—, pero si él decide no asistir a París 2024 me gustaría portar allí la bandera cubana. He ganado dos medallas de oro, pero mi mayor orgullo sería ese”.

Y lo sería también para Cuba. Verlo aparecer con el emblema en lo alto, brillante como su carrera, y decir desde cada uno de los lugares donde haya un criollo: “ese es la Cruz.”

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