Día de la Medicina Latinoamericana: un orgullo más para nuestra cubanía

Son muchos pequeños detalles los que nos hacen sentir el orgullo de ser cubanos y algunos los tenemos tan cerca que los tocamos con nuestras manos y ni siquiera nos percatamos.

Intentos frustrados para minimizar la inteligencia de hombres y mujeres nacidos en este Archipiélago, ahí están, para alimentar cada día el goce de vivir en la Mayor de las Antillas; es tanta la ignominia que nos han hecho padecer los gobernantes de los Estados Unidos, que solo por sentir su derrota moral, nos da más créditos para estar aquí.

Y precisamente uno de esos méritos que nos llena el ego de cubanos, lo significamos hoy.

Grandiosa fue la idea del joven médico cubano Horacio Abascal Vera, cuando en 1933, en los preparativos del centenario del natalicio de su coterráneo Carlos Juan Finlay propuso perpetuar la fecha del 3 de diciembre para la celebración cada año del Día de la Medicina Americana. No fue fácil, pero la defensa realizada a su solicitud en el IV Congreso de la Asociación Médica Panamericana, celebrada entre el 21 y el 25 de marzo de ese año concluyó con el éxito.

De forma unánime se aprobó la propuesta. Detrás de la celebración de una efeméride que dignificaba a los hombres y mujeres que se consagraban a trabajar por darle salud al pueblo, se reconocía la labor de Finlay, el científico cubano que supo trabajar con intensidad hasta descubrir que era la hembra del mosquito Aedes Aegipthy el agente transmisor de la fiebre amarilla.

De escollos estuvo lleno el camino del Doctor Carlos Juan, el médico cubano que había estado en los propios Estados Unidos en febrero de 1881 para presentar su trabajo “El mosquito considerado hipotéticamente como agente de la transmisión de la fiebre amarilla” y lejos de causar el impacto deseado, los argumentos de su investigación fueron ignorados.

Una vez más la injerencia de los Estados en los asuntos de esta nación caribeña estuvo presente, al querer relegar el descubrimiento del científico cubano. Pero pudo más la verdad y la razón, y en el XIV Congreso Internacional de Historia de la Medicina, celebrado en Roma en 1954, se ratificó al cubano como el único descubridor del agente trasmisor de la fiebre amarilla.

No solo eso, sino que también se debe a este hombre extraordinario la doctrina de saneamiento a aplicar para eliminar esa enfermedad consistente en la destrucción de las larvas y de los mosquitos trasmisores en sus propios criaderos. Una práctica sanitaria en tiempo de epidemia, que dura hasta hoy.

Si nos adentramos en la vida y el quehacer científico de Carlos J. Finlay Barrés, debemos pensar no solo en el médico que nació en Puerto Príncipe, Camagüey; sino en el científico epidemiólogo que también descubrió en las aguas de la llamada Zanja Real en La Habana, la fuente transmisora del cólera, y además, dio solución en su época, al escalofriante problema del tétanos infantil.

Con luz propia brilló este hombre a quien la UNESCO distinguió en 1981 cuando instituyó por primera vez el Premio Internacional Carlos J. Finlay, para reconocer avances en Microbiología. También el sabio fue incluido en su revista como uno de los seis microbiólogos más sobresalientes de la historia mundial.

Fue Finlay un genial investigador, y ese talentoso hombre nació y vivió en Cuba hasta el día de su fallecimiento. Buscar las causas de cada enfermedad, de cada epidemia que causaba la muerte al ser humano para salvar a su pueblo y a la humanidad, le valió su nominación siete veces para el Premio Nobel de Medicina, a lo que siempre se opuso la representación de un país: Estados Unidos.

Pero lo que nadie pudo opacar fueron los méritos acumulados por Carlos J. Finlay Barrés, esos que llevaron a instituir el 3 de diciembre, fecha de su natalicio, como el Día de la Medicina Latinoamericana, y que nos permite sentir el orgullo de lo que hace Cuba cada día en el campo de la Salud.

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