Diálogo con los bolsillos

Santiago de Cuba, 4 de jun.- Tengo una amiga que nació en un monte bien intrincado, a unos 70 kilómetros de la ciudad de Santiago de Cuba, el lugar se llama irónicamente Paraíso.Estudió en la Universidad de Oriente, trabajó en el turismo, aprendió otros idiomas y se fue para Canadá. Le duele el frío de la naturaleza y de la gente. Pero se subió en un barco del cual no puede bajar: allá hizo una familia.

Recientemente vino y me contó. Hay quienes piensan que allá no hay colas, pero las hay, solo que nadie pide el último: llegas y te colocas al final de la fila; esa es una diferencia; la otra es que en el mercado hay de todo, solo que debes interrogar a los bolsillos y calcular. Además no hay revendedores y los que existen venden a buenos precios.

Menos mal que donde vives no hay mucha violencia como en otras partes, le comento. En Ciudad México cuando sales adoptas precauciones adicionales. Aunque hayas cobrado no tomas un taxi, ni una guagua, porque las asaltan con frecuencia. Subes al metro que es un medio rápido y seguro donde hay más policías que viajeros y, salvo en las horas pico, funciona bien, y a pesar de ello los mexicanos se quejan.

Allá, me cuenta, no hay guerras, que son entretenimiento para incautos, ganancia para unos pocos, ciertas condecoraciones y muerte para muchos, incluidos niños que ni se enteran de las razones del conflicto que les arranca la vida; estos niños son designados artísticamente como daños colaterales; lo que puede la lengua. Nosotros vemos las guerras por televisión.

Mucha gente acá piensa que allá no se trabaja. Pero para sobrevivir, confiesa, tiene dos trabajos. Menos mal que la gente con quienes se relaciona son buenas personas: la saludan cuando llega y cuando concluye sus labores; y ahí termina la amistad, esa cómplice de la necesidad.

Es diferente, insiste, aquí muchos hacen como que trabajan y el Estado hace como que les paga. Se enferman, llegan tarde, y están los revendedores. Esos si trabajan duro, son especialistas es hacer colas, es su modo de defenderse, afirma: algún día habrá que reconocer su abnegación y darles un diploma; eso dice mi amiga que nació en un monte bien intrincado y vive en Canadá.

Respeto sus opiniones, pero tengo las mías. Los revendedores son una plaga. Se aprovechan de las carencias que ellos mismos auspician y de la benevolencia de los jefes y subordinados que les permiten el ejercicio diario de su actividad. Reconozco que son laboriosos e imaginativos: a los revendedores cualquier traje le sirve. Y ahora, en la situación económica que vive el país, la cual obligó al Estado a adoptar regulaciones para limitar la compra excesiva de algunos productos y evitar el acaparamiento; hay que cuidarse de ellos.

Sin haber estudiado marketing, el olfato los guía; localizan las mercancías que necesitamos, nos la venden y hasta le damos las gracias. Identifican las necesidades; consiguen cantidades apreciables de ciertos productos y nosotros se los compramos. Los que no están de acuerdo y a quienes no consultamos son a los bolsillos, salvo que el bolsillo sea el de algún revendedor.

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