El carnaval sin cervezas

Santiago de Cuba, 10 de dic. – Por estos días  a fines de los años 80 del siglo pasado participábamos en un programa diseñado por la Facultad de Humanidades de la Universidad de Oriente para dar respuesta a una solicitud del Gobierno del municipio de Guamá, quien contaba con el apoyo del Partido municipal. Lo hicimos durante tres años. Permanecíamos un mes allí y realizábamos las más diversas actividades culturales en las comunidades en el llano y las montañas: en las escuelas, hospitales, consultorios, parques, salones de videos, dondequiera que pudiéramos contribuir a sembrar cultura.

Adoptamos el estilo participativo. Nos sentábamos con los estudiantes de la Facultad, se seleccionaban unos veinte. Intercambiábamos al inicio de semana. Planificábamos las principales tareas, las otras cada cual la emprendía a partir  el espacio donde debía trabajar. Al final de la semana valorábamos y dejábamos por escrito nuestros criterios para que sirvieran al grupo que vendría el año próximo. En uno de esos encuentros surgió la idea del carnaval sin cervezas, la acogimos con vigor aunque ni aún hoy puedo decir quien fue el autor, que es lo menos importante en estos casos, porque lo que verdaderamente importa es la calidad que el pensamiento colectivo aporta.

Nos sentamos con los muchachos y organizamos el evento. La idea principal era realizar un resumen demostrativo  de nuestras propuestas culturales comunitarias como prefacio al carnaval. Con la anuencia de las autoridades del municipio decidimos que en la mañana y hasta el mediodía, cuando cerraríamos  el programa, desarrollaríamos  las actividades en la explanada de Chivirico. Habría una presentación del recién creado grupo de teatro infantil; en la biblioteca, una exposición de pintura  de los alumnos de primaria  y otras acciones hermosas y edificantes.

Cuando termináramos el programa  pondríamos la música: solo entonces se podría bailar  y  tomar, sustantivos que, en nuestro contexto, son imprescindibles e inseparables. Yo daría la  autorización  para  la música y ordenaría el comienzo del servicio de bebidas. Pero, no eran ni las diez de la mañana y ya había llegado la pipa de cervezas cuyo jefe me pidió permiso para  comenzar las ventas, para evitar que la cerveza se calentara y terminar temprano porque de Guamá a Santiago es lejos y se debe manejar de día porque a la  carretera no le cabe ni un bache más. Le dije que no.

Media hora más tarde vino un compañero del Gobierno quien me  hizo la misma petición: la gente se desesperaba y querían  combinar las actividades culturales tan hermosas, lideradas por el talento de mis muchachos, con la venta  de las bebidas y su consumo moderado. Me mantuve firme.

Unos minutos después me comunicaron que el secretario del Partido Comunista de Cuba en el municipio, quien luego sería  un amigo entrañable, me estaba buscando.  Llamé a la profesoraque trabajaba conmigo le recalqué que debíamos cumplir lo planificado y le pedí ir donde el secretario: ella convencía hasta las piedras.Cuando salió me sentí aliviado, listo para soportar un par de horas más las miradas de los pobladores  que me buscaban por todas partes. Ese día yo era un hombre importante, no por ser profesor de la universidad, sino  por ser el dueño de una decisión capital.

Al rato la profesora  regresó acompañada del secretario.  Entre los dos me dijeron que lo más adecuado era, por razones tácticas, autorizar la venta de bebidas  y poner música. Me sentí traicionado. El secretario me dijo que cuando los muchachos terminaran  sus presentaciones estaban invitados a un brindis como reconocimiento a la destacada labor sociocultural realizada por el grupo. El brindis lo ofrecía el Gobierno. Yo no sabía sin indignarme o aceptar, pero opté por la complicidad, di la orden y terminó el carnaval sin cervezas. Quisimos hacer las cosas de otro modo, aún hoy no sé si entristecerme o alegrarme por la derrota.

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