El heroísmo cotidiano de una santiaguera anónima

Santiago de Cuba, 21 de ago. – Estamos en verano, pero sigues marcada por los meses anteriores, por los trajines cotidianos de una abuela joven y, paradójicamente,  sientes algo parecido a la nostalgia. Rememoras el día a día, las preocupaciones que retornarán en breve, cuando se inicie el curso escolar. Volverás a levantarte bien temprano, buscarás  el pan, para que la niña vaya a escuela con el estómago contento; semanalmente irás a la secundaria para hablar con los profesores; al anochecer repasarás a tu nieta, revisarás la tarea escolar que parece concebida más que para los alumnos, para sus padres.

En ocasiones pasas trabajos para echarle alguna cosa al pan y cuando tu capacidad invencionera se estrella contra la realidad, insistes e inventas un  bocadillo ecológico: pan con saliva. Si los especialistas descubrieran tu vocación ecologista, quedarían perplejos, admirados y preocupados, porque se les complicarían sus informes científicos y hasta los posibles viajes al extranjero.

Cuando tu otro nieto, que suele comer más de lo debido,  se empacha, en vez de ir al policlínico, acudes a una vecina que lo soba, con lo cual te ahorras el viaje y  las explicaciones médicas en revesadas  para muchos, incomprensibles para ti. Cuando  a uno de los niños lo ataca el virus de moda, recurres a la medicina verde que receta tu vecino, el infalible Carrasco, botánico, sabio y generoso.

Estas al borde de la jubilación.  Conservas el hábito de la disciplina y asistes al trabajo todos los días, Llegas puntual. A veces tu madrugador jefe sale, se lleva la llave y deja a los trabajadores fuera de la oficina. Algunos se alegran, tu callas,  pero te encolerizas por dentro. Sabes por experiencia que cuando el jefe regrese de la reunión te pedirá algún informe parecido al que le entregaste la semana pasada donde consta que  los ingresos se cumplen y los gastos están en norma.

Si no hay nada urgente que hacer sales del trabajo al filo del mediodía. Contigo tienen esa consideración. Si el pan no llegó en la mañana, lo puedes comprar ahora, cuando termines de almorzar. Al rato recibes a la niña que retorna de la escuela con su mochila  a la cual no le cabe ni un libro ni una libreta más. Llega, te da un beso e invariablemente pide algo de merienda. Esta niña debe tener algún problema ideológico: siempre tiene hambre; lo piensas, pero no lo dices.

Todo eso haces un día laboral cualquiera. El fin de semana la niña se va  con su madre y aprovechas para lavar y planchar, leer el periódico provincial, limpiar en forma la casa, apoyar en la higienización y limpieza de la calle y darle una vuelta a tu mamá. Si el menú lo amerita la visita a tu madre incluye comida. Si la fecha coincide con el cobro vas a Coppelia, a disfrutar de un buen helado o al restaurante nuevo donde trabaja  tu hermana,  en el cual casi siempre  te atienden con esmero.

Si se trata de los días que hay escuela, en la noche, después de cerciorarte que la niña está acostada, después de ver la telenovela, estás tan agotada que te duermes con una facilidad escalofriante, que pone en entredicho varias de las teorías de los especialistas y sus consejos prácticos para convocar al sueño. Pero, tú no tienes nada contra la ciencia; probablemente ni sepas de qué hablamos. No hay problema, dices semidormida, mañana,  mañana será otro día.

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