El honor de ser maestro

Foto tomada de Granma.

Santiago de Cuba, 1 de nov.-  La colosal obra educacional que atesora la nación cubana constituye  una verdadera joya en términos de derechos humanos,  además de una de las principales conquistas reflejada de esa forma en la nueva Carta Magna que ahora es motivo de consulta popular.

Los logros cosechados en esa esfera, reconocidos en el ámbito nacional y fuera de fronteras, no hubieran sido posibles sin la consagración del maestro, por el responsable puesto que ocupa en el aula y en la sociedad.

A los maestros, profesores, pedagogos que abrazaron el magisterio por amor y vocación, y a quienes lo asumieron por necesidad y también sembraron; seguramente dedicó José de la Luz y Caballero su célebre frase: “Enseñar puede cualquiera, educar solo quien sea un evangelio vivo”.

Quién no tuvo un maestro o maestra inolvidable, al que evoca con afecto más allá del tiempo y la distancia; ese ser noble y paciente, pleno de saberes, que enseñó letras, números, e igualmente dio amor, educó y ofreció preceptos para toda la vida.

Siempre hay vivencias  para recordar a la profesora  que quedó eternamente en un espacio sagrado del corazón, por su  pasión en cada clase al mostrar su sapiencia y tributar, junto al conocimiento, alegría, generosidad, en fin valores…

Las nuevas generaciones tienen también su evangelio vivo; el mejor maestro o maestra al cual colocaron más allá de un pedestal en su propio corazón, en la primera edad en que cada concepto se hace imprescindible para la vida, o en la adolescencia y en la juventud cuando precisan igualmente cimentarse y fomentarse.

De tantos ejemplos que hay en Santiago de Cuba, ahora recuerdo  a la maestra Cecilia Escandón Jústiz, una de las más  integrales del seminternado de primaria Abel Santamaría, de El Caney, quien confesó su orgullo por ejercer el magisterio como obra de infinito amor en la forja del ser humano.

Algunos ya graduados universitarios se refieren con gran respeto y admiración a la profesora predilecta en la carrera, al considerar que sobresalía por su erudición y su ternura como guía para las mejores acciones y confesora ante cualquier duda o conflicto.

Cada día merecen homenaje todos los docentes de la Isla, con especial cariño aquellos que dieron el paso al frente para que Cuba se declarara Territorio Libre de Analfabetismo en América, el 22 de diciembre de 1961, y sembraron las primeras semillas.  

Igualmente a quienes andan fuera de fronteras enseñando, forjando nuevos sueños a los hijos e hijas de pueblos hermanos, y a los que con la aplicación del programa Yo sí puedo escriben historias realmente conmovedoras.

Un tributo deben dar los alumnos aprendiendo bien, cotidianamente, a los que siguen de pie frente al aula, después de su jubilación al reconocer la necesidad de sus servicios todavía, y a los congratulados con premios, medallas y distinciones que reverencian la valía de su obra.

Qué hermosa cantera para guiarse y para beber de su savia tienen los jóvenes que hoy se inclinan por el magisterio, una profesión que reclama  del ardor de la juventud y de esa energía propia de la edad para aportar  al futuro de la Patria en tan estratégico campo.

En esos ejemplos tienen  el mejor modelo los jóvenes que hoy estudian en las escuelas pedagógicas de Cuba para hacerse maestro, que como expresó el Héroe Nacional José Martí es hacerse creador.

De ellos esperan las transformaciones que se acometen en el sector, donde profundizan y agudizan la mirada para elevar la calidad del proceso docente-educativo, como propósito esencial de una Revolución muy celosa en la formación de las nuevas generaciones.

Por: Aída Quintero Dip.

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