El optimismo como deber

Santiago de cuba, 24 de dic. – El fin de año está decidido a terminar y hay que arroparlo para que concluya felizmente.  Quizás este sea un buen espacio  para recapitular, para rendir cuenta de lo hecho y lo dejado de asumir y, sobre todo, para atizar razonamientos y pensar en lo mucho que nos falta por andar; y  para meditar en  nuestra cuota de responsabilidad, no solo la individual porque en esencia somos para otros.  Tal vez el fin de año sea momento adecuado para repensar. Y hasta para recomenzar si la situción lo requiere.

Quizás el fin de año sea instante propicio para declarar algunas cosas y renunciar a pedir perdón que es preferible a pedir permiso. Quisiéramos decir algunas, sin herir a nadie que ya no lo esté; sin estimular el doble sentido de los hipócritas, ni el de los que lo critican todo lo hecho, salvo lo que ellos hacen; sin dañar el dulce sueño de los impasibles, de los indiferentes, de los indolentes. No aspiramos a juzgar, solo pretendemos decir.

La conclusión del año es motivo suficiente para alegrarnos, aún de nuestros fracasos y de sus lecciones. Tenemos un 2019 que se marcha, pero nosotros con nuestras virtudes y desafueros, preferimos quedarnos. Ha sido un periodo duro para casi todos los cubanos, un nuevo examen de resistencia consecuentemente aprobado. Por eso hay que celebrar, sobran razones para hacerlo.

Propongo concentrarnos en lo positivo. Comenzaremos una nueva etapa en nuestras vidas y están la familia, están el barrio, la ciudad, los compañeros de ruta y estamos nosotros. No tengo pensamiento alguno mejor que el de ustedes y no lo digo paraparecer humilde sino para ser sincero. Solo puedo compartir pareceres. No sé cómo ustedes sacan sus cuentas cuando diciembre se va. Yo saco las mías, reflexión que conduce a los bolsillos. Pero, eso ahora no importa demasiado, importa la actitud.

Del Che aprendimos a ser para los demás y no solo para los cubanos. De Fidel, el Líder Histórico de la Revolución Cubana, aprendimos eso: la Revolución. Con él nos entrenamos en la ética del cambio. Desde niños con la familia y los compañeros de ruta aprendimos la entereza, la lealtad, la dignidad, la vocación por la unidad, la solidaridad. Ahora el país actualiza sus modelos y revitaliza caminos y el país tiene razón; una nación avanza en la medida en cada cual hace bien lo que le corresponde.

Estamos a las puertas del 2020. Conozco personas que entienden el acontecimiento a su modo y lo juzgan por el resultado de su participación. Tienen todo su derecho a hacerlo y nosotros todo el deber de dialogar sobre su interpretación y en nombre del derecho que me asistequisiera proponer que asumamos el 2020 no solo como el año que precede al 2021, sino como una oportunidad para sermejores, como una estancia viva y hermosa presidida por esa palabra clave que se llama optimismo.

Creo más. Me parece que el optimismo debería entenderse como un deber, convertirlo en una cultura y, como sabemos, la cultura no se limita a lo artístico, que en Santiago es palabra mayor. La cultura implica a los valores esenciales que nos identifican, a los resultados cosechados en la vida social.

La cultura, para sobrevivir y consolidarse exige un aprendizaje permanente, tiene que acompañarnos en cada acto, en cada cosa buena que hagamos, en todo proyecto que acometamos.  La cultura es garantía de continuidad y nobleza: el hecho cultural más importante de la Cuba nuestra, es precisamente la Revolución, esa que alimentamos con el optimismo de cada día.

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