En la unión está la fuerza: una verdad irrefutable

El pueblo de Cuba ha aprendido bien las lecciones de la historia al heredar el ejemplo de los próceres de la independencia de la Patria, los cuales defendieron a machete, capa y espada con meridiana claridad que en la unión de intereses e ideales y coherencia de posturas y convicciones, está precisamente la fuerza.

Con una vasta experiencia en tal sentido y un patrimonio levantado con amor, coraje y la sangre de los mejores hijos e hijas de la nación, se equivocan de medio a medio quienes piensen que hechos vandálicos que incitan al odio y la violencia y acciones desestabilizadoras internas, organizadas y financiadas desde los Estados Unidos, van a malograr un proyecto social de Patria o Muerte y Venceremos, aunque las circunstancias sean muy adversas.

Es que los que aman y construyen en esta pequeña isla continúan consecuentes con su historia, rica en ejemplos tan edificantes como el de los insignes patriotas Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez y Antonio Maceo, los cuales lucharon por la libertad de la Patria con el machete mambí y la vergüenza y colocaron el valor, la hidalguía y la intransigencia revolucionaria en los más alto.

La paz y la tranquilidad ciudadana de la que gozan los cubanos como esencia misma de la Revolución merecen amparo, al ser valores defendidos contra viento y marea en más de 60 años de proceso emancipador que nadie está dispuesto a perder, mucho menos si se trata de intereses mezquinos e injerencia extranjera en los asuntos internos de un país libre y soberano.

Por eso el concepto de unidad tiene alta significación y trascendencia; es símbolo de victoria de los mayores empeños y de los más puros ideales de los hombres y mujeres de la Mayor de las Antillas en su acontecer histórico desde 1968 hasta hoy.

Representa un baluarte y una fortaleza imposible de franquear, ya que en la unión está la fuerza y numerosos ejemplos confirman que cuando, por determinadas causas, no se ha sido consecuente con su práctica hemos constituido blanco de reveses.

Como se sabe la Guerra de los Diez Años, primera gesta por la liberación del yugo colonial, fracasó básicamente por la falta de unidad de los mambises, pues en desunión entre sí marchaban la Cámara de Representantes, el Gobierno de la República en Armas y el Ejército Libertador, y tampoco se logró el mando único sobre todos los territorios en campaña.

División fue el origen esencial que condujo al claudicante Pacto del Zanjón, esa indigna paz sin independencia ni abolición de la esclavitud; pero Antonio Maceo, con tanta fuerza en la mente como en el brazo, salvó la honra y el decoro del pueblo con la Protesta de Baraguá, devenida paradigma de intransigencia revolucionaria de la nación.

Igualmente, por el divisionismo, igual destino trágico corrió la Guerra Chiquita que estalló a continuación de la Guerra Grande, en la cual prevalecieron el factor racial y la carencia de una preparación adecuada para una contienda de tal magnitud.

Por eso ese excelso cubano llamado José Martí, interpretando la necesidad histórica de la unidad, derivada de esas dramáticas experiencias, creó y lideró el Partido Revolucionario Cubano y desarrolló una obra colosal para cohesionar a los veteranos y a los pinos nuevos, y eliminar las contradicciones de diverso carácter existentes en las filas de los patriotas, para reanudar con éxito la Guerra Necesaria.

Con tal antecedente y gracias a la genialidad de Martí, el Titán de Bronce, asimismo, había llegado a la conclusión de la urgencia de un Partido único de la independencia y siempre defensor de la unidad.

En carta a Martí de 1888, precisamente, Maceo asevera que la unión de los cubanos ha sido “el ideal de mi espíritu y el objetivo de mis esfuerzos (…) sin ella serán estériles todos nuestros sacrificios, y se ahogarán siempre en sangre nuestras más arriesgadas empresas”.

Ese espíritu unitario no fue solo privativo de los próceres de la soberanía nacional; identificó los sueños de los que emergieron después; fue trofeo de la generación que asaltó el cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, de los combatientes de la lucha clandestina y de la Sierra Maestra, y especialmente de quienes protagonizan y salvaguardan las conquistas de hoy porque han aprendido bien las lecciones.

De ahí la legitimidad histórica y profundo sentido patriótico que tiene la convocatoria, infinidad de veces reiterada, por el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, de que preservar la unidad e identidad nacional es principio primordial en el contexto actual, caracterizado por la agresividad del imperio y recrudecimiento del criminal bloqueo de los Estados Unidos hacia la isla.

Como enseñó el Comandante en Jefe Fidel Castro, con el honor como coraza hay que seguir cohesionados el pueblo de Cuba con su Partido y su gobierno, en tenaz lucha para cumplir el mandato que significa marchar en época convulsa con la cabeza erguida, sin retroceder ni ceder ni vulnerar un solo principio ante amenazas y peligros.

El sentimiento de resistencia y unidad nacional nos fortalece como pueblo y se afianza en los postulados que refrenda la nueva Carta Magna, proclama el 10 de abril de 2019, atemperada a nuestro tiempo para propiciar la noble aspiración soberana de hacer un mejor país con todos y para el bien de todos.

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