Encontrar a Céspedes desde la palabra de Eusebio Leal

Santiago de Cuba, 13 may.— La presente Feria del Libro, dedicada al Dr. Eusebio Leal Spengler, y la conmemoración, este año, del aniversario 150 del inicio de las Guerras de Independencia, el 10 de octubre de 1868, se conjugaron para hacer de “Carlos Manuel de Céspedes. El diario perdido”, nuevamente un hito literario.

“Era algo que nos debíamos como generación y como casa editorial”, afirmó Mario Cremata Ferrán, Director de la Editorial Boloña, quien condujo su presentación en la sede santiaguera de la feria literaria.Este es un libro que cuenta su propia historia. Incluye la correspondencia que sostuvieron Ana de Quesada, viuda de Céspedes, y Manuel Sanguily, a fines del siglo XIX, una vez que esta, destinataria expresa de aquellas páginas, se enterara del paradero de las dos pequeñas libretas y las solicitara al patriota en nombre del Padre de la Patria.

El diario había sido sustraído de la cabaña de Céspedes en San Lorenzo por uno de los españoles del Batallón de San Quintín, cuando pusieron fin a su vida. Junto a su escribanía de plata y otras pertenencias, después repatriadas desde el archivo de Madrid, los diarios fueron tomados como botín de guerra y luego vendidos a Julio Sanguily. Razón esta que esgrime luego Manuel para negarse a entregarlo a Ana de Quesada y mantenerlo en su estirpe hasta la muerte de su hijo.

“Es la viuda de este, Sara Cuervo, quien lo entrega, en algún momento cercano o posterior al triunfo de la Revolución, a José de la Luz León, un escritor habanero que había sido embajador en muchas de la naciones de Europa.”, cuenta Cremata Ferrán.

Los historiadores le habían perdido el rastro al documento. Ni siquiera Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo, amigos de León, cespedianos hasta la médula e investigadores de su figura, lo supieron jamás.

Solo a la muerte del diplomático, en 1981, su viuda hereda un sobre de manila sellado con el rótulo “Estos papeles son de mi Patria. Entregar a Eusebio Leal”. Un año después, Eusebio recibe el manuscrito.

“Lo primero que tuvo que hacer fue conformar un equipo de colaboradores y paleógrafos para descifrar algunas abreviaturas y palabras que no entendía», comenta Ferrán.

“Luego demoró 10 años en investigar sobre la figura de Céspedes para entender el porqué de la crudeza en las palabras que vertía ahí contra sus contemporáneos, muchos de ellos figuras cimeras como Salvador Cisneros Betancourt, Calixo García o Tomás Estrada Palma”.

El resultado de esa investigación fue el ensayo introductorio que acompaña al libro desde su primera edición, publicada en Sevilla en 1992.

“El propio Eusebio reconoce que hubiera sido un suicidio publicarlo en Cuba porque resulta muy polémico. Es por ello que el primer ejemplar que llega a la Isla, Leal se lo envía a Fidel, quien demoró una semana en leerlo y autorizó su publicación inmediata, tal cual. La primera edición cubana vio la luz en 1993 y se sucedieron otras cuatro hasta 1998”.

Desde la Sala de la Bandera, del Museo de la Ciudad, se desmontó la enseña enarbolada el día de la clarinada inicial en Demajagua, para estamparla en la portada de esta sexta edición: “Por eso se ven los colores opacos y aparece la bandera como raída. No queríamos darle tratamiento a esa imagen, sino usarla tal como era, con ese dramatismo y esa veracidad”.

También se imprimió a relieve la firma auténtica de Céspedes para otorgar a la publicación del diario manuscrito, el carácter íntimo del documento original, según afirma Cremata Ferrán: “Eso fue también una odisea porque en todos los textos consultados en los archivos y la papelería de Céspedes, no encontramos ni una sola vez su nombre completo; siempre ponía Carlos M. de Céspedes, o CM. de Céspedes”.

Fue entonces cuando la Oficina del Historiador de La Habana, recibió la donación de un álbum, propiedad de Miguel Rodríguez Ferrer, un sevillano que visitó la Isla en 1840 y se relacionó con lo más renombrado de la intelectualidad y las letras cubanas. “En su periplo, Ferrer estuvo en Bayamo y, en ese álbum, además de un poema inédito de la Avellaneda y dedicatorias de Domingo del Monte y Perucho Figueredo, también hay un soneto que Céspedes le dedicó y donde firmaba: Bayamo, noviembre de 1848, Carlos Manuel de Céspedes”.

Para esta edición, se revisitó el manuscrito original y el ensayo introductorio de Eusebio Leal. Igualmente, se enriquecieron los anexos con un glosario de términos, locuciones latinas y frases que Céspedes emplea con frecuencia en el Diario y hoy han caído en desuso.

Sin papel, ni tinta, Céspedes empleaba símbolos y abreviaturas propios de la masonería para economizar sus dos libreticas. Esos signos también se reflejan en los anexos de la presente edición. Además se esclarecen las referencias a sitios geográficos que hoy no existen o cambiaron de nombre, así como pequeñas fichas biográficas de figuras poco conocidas que Céspedes menciona.

El Diario comienza tres meses antes de su deposición del gobierno de la República de Cuba en Armas, y termina con su muerte, el 27 de febrero del 1874, producto de una delación de un esclavo del Marqués de Santa Lucía, Salvador Cisneros Betancourt.

Su contenido, no solo resulta polémico por las reflexiones del Presidente destituído sobre sus contemporáneos, a quienes inquiere por precipitar, con sus desmanes legales, el fracaso de la guerra. También resulta interesante el relato del Padre de la Patria sobre un sueño premonitorio, dos noches antes de su muerte o la críptica alusión a sus amantes Cambula y Panchita Rodríguez.

Eusebio se refiere a él como un “amador sin reposo”, un eufemismo poético para referirse a su faceta de hombre enamoradizo, a pesar de la consagración a su esposa Ana de Quesada, quien había ido a Nueva York para refugiarse, embarazada de dos gemelos que Céspedes no llegó a conocer. Cremata Ferrán lo explica: “Céspedes estaba en la manigua, despojado de todos sus bienes, viviendo en una casucha de un paraje intramontano llamado San Lorenzo y las guajiritas se le regalaban porque, a pesar de que a sus 55 años ya era un anciano para la época, se mantenía limpio, se perfumaba con aroma de flores y seducía con su labia”.

Precedido por el éxito de su presentación en La Cabaña, “Carlos Manuel de Céspedes. El diario perdido”, llega a la Feria del Libro santiaguera con la recomendación de Mario Cremata Ferrán, Director de la Editorial Boloña: “Yo pienso que es un documento invaluable, no solo para entender las complejidades de esa época, sino para no repetir errores que suscitaron muchos episodios desagradables en nuestra historia. Sobre todo para los jóvenes lo recomiendo”.

Por Claudia González Catalán

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