Evocación a Fidel

Foto de Juventud Rebelde

Santiago de Cuba, 16 de ene.- De pequeña, viví la admiración de mis padres por un hombre de actitud rebelde y verbo audaz. Me contaban que tenía la mirada severa, barba abundante e iba siempre de traje verde marcial como símbolo de su compromiso con algo que llamaron Revolución…término incomprensible para mí en toda su dimensión a los 8 años.

El tiempo pasó y un día de enero reconocí a ese hombre. Era 1993 y Cuba atravesaba una profunda crisis económica que amenazaba con doblegar la resistencia de mi pueblo. Pero el estaba ahí. De pie en la tribuna disipaba dudas, destruía temores, rompía confabulaciones y sus palabras imprimían sosiego y esperanza en el corazón.

El hombre que yo ví, transmitía una energía crepitante, hacía temblar la tierra con la intensidad de cada uno de sus planteamientos, entonces, como mis padres, también le entregué mi admiración.

Mientras yo crecía ese hombre acompañaba el desarrollo de mi país y con el tiempo fui conociendo más de él, aprendiendo de él, confiando en él. Y empecé a verle como alguien muy cercano, pues percibía tan omnipresente su figura en nuestro diario vivir, que llegué a convencerme que no tener la oportunidad de estar con él frente a frente, no era razón suficiente para desechar la idea de que nos unía un fuerte vínculo.

Por su actitud juzgué que si bien era un enconado enemigo de la falsedad, era el más temerario defensor de la justicia. Que era un porfiado investigador de la razón y un impaciente detractor de la mediocridad. Que consideraba las riquezas materiales estéril espuma y se declaraba a merced de la grandeza espiritual.

Comprendí que vivió a los pies de un ideal que ya no me es ajeno: la Revolución. El hombre del que hablo se llama Fidel Castro Ruz y aunque en algún momento percibí que su audacia y vitalidad habían cedido al irreverente paso del calendario, confieso nunca haber reparado en su humana condición de mortal.

Estoy segura que como yo, muchos cubanos aún sienten conmoción ante el recuerdo del Comandante, sobre todo en este enero en el que estamos celebrando los 60 años del triunfo de 1959, cuando aquel ejército de barbudos, que él lideró, tomó las calles de Santiago de Cuba, de la libertad…

En estas fechas siempre me invade un insólito orgullo, el de tener el honor de vivir en la Cuba de Fidel, un hombre que a pesar de no aspirar a la inmortalidad supo conquistarla.

Por: Laritza Moya Rodríguez.

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