Fake news y responsabilidad social

Santiago de Cuba, 26 de jun. – En mi barrio, no sé en el de ustedes,  contamos con trasmisores voluntarios de fake news. Probablemente ni sepan que este término significa noticia falsa y está de moda, pero eso no impide que las trasmitan con una inmediatez que ya quisieran tener nuestros periódicos. Si la supuesta información es local algunos acuden a una variante participativa: se inmiscuyen como testigos y añaden datos procedentes de su imaginación, de suerte que la noticia original deviene en una versión que mataría de envidia a los especialistas en desinformación.

Los perdonamos por su ingenuidad, pero cuando los protagonistas de la trasmisión de falsedades son personas cuya labor le permite influir sobre los públicos, por ejemplo quienes estudian Periodismo o Comunicación Social en la Universidad de Oriente, miramos el asunto desde otra óptica, menos benévola y más crítica, y sobre todo digna de análisis.

El fenómeno de la publicación de noticias falsas con fines políticos, económicos, y un largo etcétera, es tan viejo como el periodismo. Pero nunca tuvo la magnitud que tiene hoy, en un mundo donde, como dice Marìa del Mar, la manipulación es parte de la construcción de la realidad internacional. Su auge se vincula con la asunción del poder de Donald Trump y su equipo de halcones y con la vocación manipuladora de los grandes medios  informativos.

En su artículo: Las fake news. ¿Un fenómeno novedoso?, publicado por el periódico Orbe, correspondiente a la semana del 24 al 30 de marzo de 2019, el sociólogo panameño Marcos A. Gandásegui asegura: “Dominadas por los grandes monopolios, en América Latina las fake news ensalzan a los regímenes de extrema derecha, demonizan a los gobiernos democráticos de izquierda e incluso promueven invasiones militares”.

El 20 de abril del año en curso un informe de Telesur daba cuenta de un estudio muy serio según el cual en Venezuela se publican en las redes sociales  más de 3 mil noticias falsas diariamente y lo peor, un análisis de una universidad tan prestigiosa como el Instituto Tecnológico de Massachusetts afirma que una fake news tiene un 70 por ciento más de posibilidades de ser retrasmitida que una noticia verdadera, porque las primeras suelen ser más atractivas y acuden a disfraces para enganchar al lector desde el título mismo.

¿Y todo eso que tiene que ver con Cuba donde el periodismo, con todas sus insuficiencias, es reconocido por su apego a la verdad y a la ética?, se preguntarán algunos. Pues sí, tiene que ver, y mucho. Primero como lección para quienes escribimos y tenemos que pelear en las redes sociales donde  el debate ideológico es vital y, en consecuencia, hay que afilar las armas para combatir con solvencia. Segundo. Porque los lectores deberían asumir la información como un trabajo, como solícita Ramonet, y antes de replicar informaciones pensarlo bien: reenviar informaciones falsas para demostrar lo actualizados que estamos es un acto de complicidad.

El tiempo en que Radio Martí ofrecía informaciones tan descabelladas que no  la creían ni los mismos que la producían, como aquella célebre nota que anunciaba el desembarco de un grupo de anticastristas por el puerto de Bayamo, ciudad oriental que está a más de 100 kilómetros del mar. Esos tiempos pasaron. Hoy producen informaciones veraces y falsas, las meten en un mismo saco y los ingenuos que nunca faltan, creen. La manipulación tiene profesionales de la mentira y patrocinadores de la duda insidiosa.

En este contexto estamos, por eso insistimos en que quienes con todo su derecho prefieren informarse por las redes sociales; quienes sucumben a la magia de los teléfonos celulares, antes de trasmitir información verifiquen su procedencia, sus fuentes y sobre todo se preparen culturalmente; para discriminar la verdad de la mentira hay que estar entrenados, y  si la tarea de  delimitar es compleja,  antes de trasmitir lo que no sabemos a ciencia cierta si es verdadero o falso,  lo más recomendable es callarse.

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