Fidel: de vuelta a su Santiago de Cuba

Foto de Internet

Santiago de Cuba, 26 de nov.- Volvió para ser nuestro, por su propia voluntad. Quiso volver para reposar junto a su maestro, José Martí, el Apóstol de Cuba, el Héroe Nacional. Eso quiso.

Los medios describieron con detalles el recorrido de la caravana fúnebre que lo devolvió a su Santiago. Fue una tremenda manifestación  de duelo popular. Después vino el recorrido por la ciudad, por sus calles y sus gentes y vino el instante de depositar sus restos en el cementerio patrimonial Santa Ifigenia. Volvió para quedarse aquí, para siempre.

Hubo muchas informaciones. Más hay una reflexión, varias preguntas por responder. ¿Por qué en Santiago? ¿Por qué sus cenizas reposan en la Ciudad Héroe? ¿Por sus deudas con la ciudad o por las deudas de la ciudad con él, o por ambas cosas?

El periodista José Roberto Loo Vázquez nos ayuda entender. En un artículo publicado por el periódico  provincial Sierra Maestra, el 3 de diciembre del 2016,  Loo se apoya en una conversación con el distinguido intelectual Omar López Rodríguez, el Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba, quien enfatiza en que Fidel tuvo muchas muestras de amor por Santiago.

Aquí realizó sus estudios básicos, aquí encabezó el asalto a lo imposible, al Cuartel Moncada, el primer reducto militar de la tiranía  en el Oriente del país; aquí defendió sus criterios programáticos  en la célebre Historia me Absolverá, aquí se hizo la Revolución por él comandada. Dicho de otro modo: aquí fue la Revolución.

Más allá de datos históricos, que son muchos, hay que pensar en la gente. Hay fidelistas en Cuba y en el exterior. Incluso hay fidelistas que no son marxistas, ni revolucionarios. Hay simplemente admiradores de su obra y de sus sueños, de su pensamiento. También hay detractores, he conocido a varios, lo que no he conocido es a los indiferentes.

Lo han exaltado personalidades del mundo político, intelectuales, gentes de los medios y, simplemente, personas sin nombre. Tengo constancia.

En 1989  fui a cobrar mi primer salario en la Universidad Veracruzana, en México y me quedé asombrado por el pago. Me pagaron uno dos millones, no recuerdo exactamente. Fue la única  vez en que mi vida que he sido millonario. Un millonario sin plata, por la inflación. Salí del banco aturdido y tomé un taxi hacia la afueras de Jalapa: tenía un compromiso con una institución académica y una sed tremenda. Había un kiosco.

En el pequeño kiosco había una mujer. Debía ser descendiente de indígenas. Tenía una especie de mochila cargada a la espalda donde resguardaba a su hija, una niña de dos o tres años. Sonreí como pude  y le dije a la señora que tenía mucha sed y necesitaba un refresco. Le enseñé uno de los cuatros billetes que me dieron en el banco. Creo que eran de cinco mil.

Le dije que era cubano y que la próxima semana le traería el dinero.

-¿Cubano?

-Si señora,  cubano,  y de Fiel.

Me  dio  el refresco y me dijo que ya estaba pago.

La noche cuando  Fidel Castro, o mejor, cuando   su cuerpo murió, estaba dormido: debía levantarme temprano por urgencias del oficio. Como no logré dormir, me levanté de madrugada y salí rumbo a la oficina. En la Rotonda de mi barrio, donde  siempre hay algunos borrachos que no duermen y festejan cualquier cosa, no había nadie. Tomé hacia Plaza de Marte y  me encontré con una señora, con quien hablo a veces. Nunca le he oído hablar de política ni de Revolución, esas palabras que no siempre utilizamos bien.

-Se nos fue, me dijo. Pero,yo lo tengo aquí.

Y se puso la mano en el corazón.

Por: Osmar Álvarez Clavel

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