Frank País, entre el arrojo y la ternura

Foto de Archivo

Santiago de Cuba, 28 de nov.- “Como hijo era un modelo, como patriota era otro modelo. Era una maravilla Frank”. Enternecida, herida ante el dolor de la muerte y orgullosa  por el héroe que le había nacido sin proponérselo, hablaba la madre, Doña Rosario.

“Hombre inmenso, revolucionario cabal, capaz de levantar en vida a Santiago de Cuba y de levantarla también en la muerte”. Con esa imagen tan conmovedora fue definido el jefe clandestino, Frank País García; por Juan Grau Durán, uno de los que combatió bajo sus órdenes  en la ciudad y que tuvo el honor de contar con su amistad.

“De alguna manera siguió siendo maestro, educador, así lo demuestran sus admirables lecciones de patriotismo y el magisterio que ejerció en todos los combatientes”,  destacó en una ocasión  Asela de los Santos,  cercana colaboradora,  quien estuvo bajo su dirección en las acciones del levantamiento armado del 30 de noviembre de 1956.

En carta a su novia el joven había revelado: “Tienes una rival que me ha robado en cuerpo y alma…he sufrido tanto por ella que la amo profundamente, de corazón. He olvidado todo, tú, yo, los demás, solo ella me interesa. En mis venas  arde un solo deseo: servirla”.

   Son pocos los ejemplos de existencia tan corta -solo 22 años- y que haya ofrendado  tanto a la Patria, al punto de haber sido escogida la fecha de su muerte: 30 de julio  (1957) como Día de los Mártires de la Revolución, por haber encarnado las virtudes de lo más prometedor de la juventud  que lo dio todo en aras de conquistar la libertad de Cuba.

Frank País había nacido el 7 de diciembre de 1934, específicamente el día en que se recordaba el aniversario 38 de la caída en combate de otro encumbrado patriota oriundo de esta oriental ciudad, el  General Antonio Maceo Grajales, de cuyo legado bebieron muchos cubanos durante la lucha por la independencia  y en la creación de la Patria nueva.

Estudió en la Escuela Normal para Maestros de Oriente,  donde, al decir de Asela de los Santos,  fue un alumno brillante, y se graduó el  6 de julio de 1953. Allí empezó a rebelarse contra los males imperantes en la época,  unido a jóvenes de iguales inquietudes, entre ellos  José Tey  Saint Blancard (Pepito), uno de los mártires del 30 de Noviembre, junto a  Antonio Alomá  (Tony) y Otto Parellada.

A partir del golpe de estado de Fulgencio Batista,  el 10 de marzo de 1952,  Frank  empieza a destacarse,  promoviendo y participando en acciones de más envergadura,  de acuerdo con sus ideas que se  radicalizaron  aún más tras el asalto al cuartel Moncada, el 26 de Julio,  con los jóvenes de la Generación del Centenario,  liderados por Fidel, en el reinicio de la contienda libertaria.

Anhelaba ser maestro  para contribuir a la formación de ciudadanos dignos, pero se convirtió en educador de superior alcance, lo cual tenía coherencia con un pensamiento revolucionario de profundo  ideario martiano,  principios democráticos, y aspiraciones de que reinara  la justicia,  lo que contrastaba con su extrema juventud.

Así cimentó un espíritu rebelde ante todo dogma, que le valió para ser el alma del levantamiento armado de su indomable ciudad;  en su condición de jefe nacional de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio,  supo organizar y aglutinar las fuerzas  en una acción intrépida  para distraer  el poderío enemigo y apoyar el desembarco del yate Granma.

Sobre ese  hecho y su guía quedaron  para la posteridad las palabras de la combatiente Gloria Cuadras, quien lo quería como a un hijo: “Frank honró el uniforme verde olivo y el uniforme verde olivo se honró con él. Lucía muy bien y tenía una expresión de felicidad en el rostro,  que nunca se borró de mi corazón”.

“Verlo con dos lágrimas en los ojos a un hombre tan valiente fue doloroso, cuando el fracaso del levantamiento del 30 de Noviembre”, señaló la Heroína del Moncada, Haydée Santamaría, quien jamás olvidó su mirada profunda y que desde que lo conoció apreció en él su grandeza.

  Solo ese hecho bastaría  para perpetuarlo ante la historia de Cuba,  pero él hizo mucho más: trasegó armas,  dirigió el envío de hombres para fortalecer el Ejército Rebelde, encabezó manifestaciones, participó en contactos con revolucionarios decisivos para la lucha,  en resumen, resultó  vital para el éxito de arriesgadas misiones.

Por su trascendencia  sobresalen las dos entrevistas que sostuvo con Fidel  Castro, en México, ante situaciones muy complejas. En la primera  -primeros días de agosto de 1956-,  trataron pormenores con el propósito de fortalecer el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, ya que tras la noticia de la detención de Fidel  por la policía mexicana,  había honda consternación en las filas de los revolucionarios, y problemas y contradicciones en la dirección.

  Mientras, en la segunda  -24 de octubre de  ese año-, se analizaron, entre otros asuntos, detalles de la futura expedición del “Granma”, con el plan de preparar la insurrección,  en la que Oriente desempeñaría  un papel fundamental.

En documentos legados a la historiografía se calificaba de muy provechosos estos encuentros. Y él fue escogido para el contacto con el líder Fidel Castro en el exterior por la confianza que inspiraba, responsabilidad  y  autoridad que supo ganar para  adoptar decisiones difíciles.

Tenía el aval de haber forjado un movimiento clandestino con un sentido de férrea disciplina, compartimentación, y arrojo admirable, en un Santiago heroico y rebelde, pero de ancestral hospitalidad,  donde lograron  que las casas y su gente fueran cómplices y colaboradores incondicionales a la causa que defendían.

Ese gesto siempre lo animó,  y era su arma vital para el combate silencioso y arriesgado,  que asumía con la naturalidad de los hombres grandiosos, pero Santiago y su pueblo le reciprocaron el mismo cariño a quien fue considerado el hijo más querido de la legendaria ciudad.

Pocas veces se conjugaron en un luchador el temple  que  incita a la audacia,  con ternura y sensibilidad como para tocar el piano   -lo hacía con frecuencia  para disfrutarlo o esquivar  tensiones-, escribir, desgarrado por el dolor,  un poema a su hermano muerto -dedicado a Josué, caído el 30 de junio de 1957, a quien había  vaticinado “entre los héroes su destino”-, amar a la madre  entrañablemente, o sentir afecto manifiesto por Celia Sánchez, Haydée Santamaría, Vilma Espín o Gloria Cuadras.

  Tuvo también el don de entender la importancia de la participación de las mujeres en la lucha. De hecho,  a Vilma, que le sirvió hasta de chofer para protegerlo en determinadas ocasiones,  le reconoció sus méritos y capacidad  al nombrarla   coordinadora provincial del Movimiento en Oriente.

Su pensamiento fue profundo, de avanzada para la época. Había profetizado,  en tiempos de persecución y represiones, cuando su vida peligraba a cada instante: “El día que quede un solo cubano que crea en esta Revolución, ese cubano seré yo”.

Por: Aída Quintero Dip  

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