Guillermo Vidal y la pasión por la verdad desnuda

Santiago de Cuba, 3 de may. – Durante la Feria Internacional del Libro lo recordamos, extrañamos su presencia. Era invitado permanente, yo lo acompañaba  en el Teatro Heredia donde presentábamos libros y saludábamos a los hermanos, aprovechábamos para platicar. No todos lo hacían porque Guillermo tenía vocación por la verdad desnuda y la ejercía con tal vehemencia que ahuyentaba  a quienes temen a la sinceridad; y no son pocos.

Guillermo Vidal ( 1952-2004), nos legó una narrativa robusta. Era especialista en ganar premios: con “Los iniciados”, obtuvo el 13 de marzo, en 1985;  en 1986 alcanzó el David; la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), le concedió el premio de novela por  “La configuración de la araña”, en el 2001, el concurso Dulce María Loynaz lo premió. Escribió muchas novelas: “Matarile”, “Ella es tan sucia como sus ojos” y la que para la crítica es su obra mayor: “La saga del  perseguido”, premio Alejo Carpentier de 2003.

En sus libros hay una constante: la indagación sobre el ser humano, sobre sus facetas más oscuras, sobre su esencia. Lo anterior se articula con sus temas predilectos, con la asunción de las contradicciones, con el carácter experimental de su prosa. Todos estos elementos contribuyeron a que su narrativa trascendiera lo nacional y sus libros se publicaran en República Dominicana, España, Portugal y otros países.

Varias de sus narraciones se desarrollan en sus espacios preferidos: Santiago de Cuba, donde estudió y La Tunas, de la cual no pudo desprenderse a pesar de lo que dijera: “Odio a Las Tunas con la misma intensidad con que la amo. Es como una amante terrible, digo que es el peor lugar del mundo, y me pregunto quién me puso aquí, qué maldito precio tengo que pagar para estar en un lugar triste, pero cuando me alejo, me entra una nostalgia tan grande que hago lo indecible por regresar”.

Amaba a su gente. Un día visité su casa y caminamos por el barrio, todos los saludaban, en especial los más humildes que fueron la carne de su narrativa. Conversamos largo, hasta que nos sorprendió la madrugada, salimos a la calle y apareció un bicicletero. Guillermo le encomendó que me llevara al hotel que estaba distante de su casa. Durante el viaje no cesó de  hablarme del narrador y se molestó muchísimo cuando llegamos e intenté pagarle.

En la Feria del Libro de 2003 trabajamos juntos y aproveché para invitarlo a comer en mi casa. Había abandonado el ron y el cigarro. Compré una botella de un vino tan bueno como caro, apenas bebió una copa, por cortesía. Cuando se marchaba para el hotel Rancho Club quise acompañarlo, pero prefirió ir solo, caminar, pasar por la Universidad de Oriente y recordar. Guillermo era como una máquina de escribir y al mismo tiempo un enjambre de recuerdos.

El sábado 15 de mayo de 2004 regresé de la provincia de Guantánamo donde impartimos clases. Tuve que  ir para la casa a pie porque el carro que nos trajo tuvo la idea de romperse nada menos que frente al Teatro Heredia. Llegué a casa y me metí en el baño hasta que mi hijo me dio un grito: en el noticiero de televisión está tu amigo, dijo. Salí medio enjabonado para ver qué nuevo premio le entregaban y presencié satisfecho el instante cuando se lo dieron.

El lunes cuando entré al departamento un alumno de periodismo, ferviente admirador de Guillermo Vidal, me dio la noticia: la imagen de la televisión informaba de la muerte del amigo. Al rato llamaron de la Uneac para decirme que pondrían una guagua para  Las Tunas y facilitar la trasportación de los que asistirían al sepelio. Lo pensé con calma y decidí quedarme, quise conservar su imagen cuando departimos en mi casa, quise recordarlo en silencio, vivo, como lo conocí: terco por convicción, humilde por oficio.

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