¿Hay algo peor que la deslealtad?

Santiago de Cuba, 4 de ene. – Si lo hay debe ser algo inconmensurable. Si la deslealtad se pudiera tirar por algún lado, la tiraríamos por la ventana, con cuidado para no maltratar al vecino o al transeúnte. Tal vez el fin de año, cuando pasamos revista a lo conseguido y planeamos la nueva ruta, no sea el espacio más adecuado para hablar de los desleales, de los hipócritas, de los especialistas en doble moral: la familia es amplia. O tal vez sí lo sea, como recordatorio.

Deslealtades y peros aparte, hay que vivir, construir una ciudad y una nación con el empeño de todos: nuestros hijos y nietos no nos perdonarán si no lo hacemos. Comienza el nuevo año y la pregunta puede ser: ¿Por dónde empezamos? Porque siempreexiste algún lugar por donde empezar. Aunque la pregunta rebasa los límites de un solo corazón, crees prudente proponer una respuesta provisional: lo primero es comenzar por casa.

Hay que levantarse temprano, asearse, pensar en lo bueno que podemos hacer durante el día: lo bueno también se planifica. Oír las noticias, no importa si son feas. Desayunar, si no ha llegado el pan, no importa, comprarlo a algunos de los vendedores que pululan en el barrio. Llegan primero que el alba y con sus silbaticos estridentes y sus gritos que no lo son menos, no dejan dormir a nadie, pero traen el pan: cumplen a su manera con su objeto social. Luego salir a la calle, arrancar para el trabajo, hacer cosas buenas o al menos hacer cosas.

Más, no todo es tan sencillo. Cuando sales a la calle y atraviesas el barrio te encuentras con tu gente. Alguno de tus hermanos han descubierto una nueva ocupación: la práctica sistemática del insomnio voluntario. Tropiezas con Yeye y con Carlitos, te brindan un trago del peor ron casero o industrial de América Latina. Lo rechazas amablemente: tienes que ir a trabajar, explicas, pero no logras escabullirte. Ellos también trabajan, a su modo, pero trabajan, y son buenos en lo suyo.

Te cuentas cosas que no quisieras oír, pero oyes. Te enteras de que mientras viajabas por provincias, hace unos días murió. Alfredo, conocido en el barrio por su afición a los discursos propios posteriores a la ingestión generosa de alcohol. Te informan que Margarita y Julián terminaron por rejuntarse tras una disputa antológica donde el gran perdedor fue el idioma. Y vuelven con lo de Alfredo; vinieron sus familiares de La Habana tan bien pertrechados que no se sabía bien si era entierro o fiesta. De todo eso y más te enteras.

Camino hacia al trabajo piensas nuevamente en la gente del barrio, en su capacidad de resistencia, en su habilidad para lidiar con los problemas, en su imaginación, en su destreza para burlar escollos.  En el barrio, como en la vida, hay buenas y malas yerbas y otras que te sientes incapaz de clasificar con exactitud. Piensas que son mejores que tú y que ciertas gentes de tu contexto que se entretienen en hacer cosas tan deleznables como preocuparle dificultades a los demás; ocupación tan antiquísima como vigente. Piensas en los que ejercitan su propensión a hacer daño, para evitar la competencia y trepar un escaño en un mundo donde para lograrlo hay que armarse de tesón, esfuerzos y capacidades. Pero desecha la idea de escribir sobre ellos. Mas, si se atreven y escriben sobre tu gente, entonces en justa venganza tú escribirás sobre los intelectuales antes mencionados.

Llegas a Plaza de Marte y tienes que saltar para rehuir la embestida de una motoveloz salida de una curva. Después del susto, te sientas en un banco, sacas tu libretica de notas, organiza las ideas y apuntas una que acaba de asaltarte. Traduce la sensación a palabras y la escribes: “A pesar de las desgracias deberíamos ser optimistas, rebasar el concepto que trata de imponernos el diccionario y entender el optimismo no como una simple actitud ante la vida, sino como un deber”.

Deja una respuesta