Helms-Burton: desafío a la creatividad

Santiago de Cuba, 4 de jul.- La decisión del Gobierno norteamericano de aplicar el Título III de la Ley Helms-Burton provoca rechazo nacional e internacional. En lo nacional la posibilidad de reclamar lo ajeno ha despertado la ira popular; en lo externo su carácter extraterritorial ha suscitado una respuesta contundente: porque esta ley afecta a los cubanos, a los norteamericanos y a sus aliados. A primera vista es un disparate jurídico, un dislate a lo Trump; pero no subestimemos a un enemigo que al estar en decadencia se vuelve más peligroso e irresponsable.

Los predecesores de Trump evitaron la aplicación del Capítulo III. Según los especialistas esta decisión es parte de su campaña para la reelección. De acuerdo. Pero, podría valorase también como una toma de conciencia del magnate, al constatar que el proyecto de actualización económico social cubano no solo avanza sino que concita el apoyo nacional; en especial por el nuevo estilo de trabajo liderado por el Presidente cubano Miguel Díaz-Canel.

Creo que debemos interpretar con cuidado las decisiones aparentemente irracionales del imperio, como las relativas la propiedad obviamente inoperantes, porque más allá de complacer a los acólitos y de los dislates jurídicos la Helms-Burton no pretende transformar el sistema cubano sino destruirlo, como ha dicho un conocedor esencial de las relaciones Cuba-EEUU, Ricardo Alarcón de Quesada: la Helms-Burton es una ley batistiana.

Ante la ofensiva imperial, más allá de denuncias nacionales e internacionales, de las expresiones de rechazo, de explicaciones para esclarecer a las masas, se impone en la práctica, en cada territorio, trabajar para contrarrestar los efectos de una ley que aunque se ha dicho con razón que no es aplicable en Cuba, de todos modos nos daña al recrudecer el bloqueo. Con la necesaria denuncia no basta.

Para materializar una de las proyecciones del Gobierno cubano: priorizar el desarrollo científico, Santiago de Cuba cuenta, como todo el país, con dos fuerzas endógenas incontestables: la unidad de su gente y el talento de su capital humano.

Poner las ciencias al servicio de la economía se piensa habitualmente como aprovechar la universidad que: puede aportar tecnologías, implicarse en las transformaciones planteadas para la empresa estatal socialista, explicar los alcances de la ley, influir desde la comunicación social. Para lograrlo hay que tener en cuenta que existe una barrera: la burocracia académica que sabemos funciona y la pretensiosa creencia de que el talento es privativo de las universidades cuando la vida dice lo contrario.

La I Convención Ciencia y Conciencia (abril, 2019) fue una muestra de lo que puede hacer la Universidad de Oriente para contribuir. La institución asumió consecuentemente el asunto y desarrolló un programa centrado en el papel de la ciencia para el desarrollo sostenible, cuyos ejes temáticos transitaron desde las tecnologías para la salud y el desarrollo humano, las aplicadas a la producción, los programas para la producción de alimentos, la informática, hasta los proyectos comunitarios.

Y tuvimos ExpoCaribe, que tras varios años de receso, retornó cuando más falta nos hace para diversificar el comercio interno y fortalecer los vínculos comerciales con la región. Ante la orden del imperio se apuesta por la integración y el Caribe es nuestro ámbito natural. Y tememos el Festival del Caribe, que por estos días invade la ciudad y cuya solo existencia es una vía para afrontar desde la cultura, desde lo popular, los desafíos que el imperio nos impone. La cultura popular es un antídoto para oponernos a los helburtorianos.

Pero la mayor fortaleza son los santiagueros de todos los días sin la cual cualquier proyecto por muy científico y hermoso que sea carece de sentido. Está Carrasco con su medicina verde que cura gente y ablanda dolencias, está el recién concluido Fórum con sus empeños para utilizar los magnetizadores para ahorrar combustible y están las gentes que no aspiran ir a congresos, ni a publicar en revistas, sino a ser útiles. Cuidado con menospreciarlos: el combate contra la Helms-Burton no es exclusivo de nadie, ni de los decisores, ni de los decidores: es asunto concerniente a la creatividad popular.

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