Amistad del Che y Fidel a prueba de fuego y de versos

Una amistad a prueba de fuego, cimentada por los ideales, convicciones y principios más profundos y auténticos distinguió el paso por la vida de dos hombres inmensos en la historia americana: Fidel Castro Ruz y Ernesto Guevara de La Serna, el Che, a los cuales Cuba tuvo el honor de abrigar.

Se conocieron en el México solidario, adonde marchó un grupo de corajudos cubanos a prepararse para libertar a la sufrida Patria, y después de varias conversaciones Fidel le propuso al joven médico argentino integrar la histórica expedición del yate Granma para reiniciar la contienda que tuvo su chispa luminosa el 26 de julio de 1953, con el asalto al cuartel Moncada.

Ernesto, quien después y para siempre sería el Che, abrazó la idea convencido de su justeza y decidió pelear junto a ellos en la hermosa tierra de José Martí, Antonio Maceo, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez y tantos próceres que dieron el primer ejemplo con el uso del machete en la lucha por conquistar la independencia.

De ese gesto altruista nacieron los versos escritos en 1956 por Guevara, que reflejan poéticamente la trascendencia de la misión que llevó el 25 de noviembre de ese año a 82 patriotas a abordar el Granma y zarpar del puerto de Tuxpan, desafiando el mal tiempo rumbo a la amada Patria para ser libres o mártires, como había vaticinado Fidel.

Vámonos,/ ardiente profeta de la aurora,/ por recónditos senderos inalámbricos/ a liberar el verde caimán que tanto amas…Vámonos,/ derrotando afrenta con la frente/ plena de martianas estrellas insurrectas,/ juremos lograr el triunfo o encontrar la muerte.

La intrépida tropa seguía tras las huellas de otras expediciones gloriosas como la que trajo en un pequeño bote a Martí y Gómez a Playitas de Cajobabo; la goleta Honor que desembarcó a Antonio Maceo, José Maceo y Flor Crombet en Duaba; las que no pudieron cristalizar Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras en tiempo de la República, con la misma disposición de lograr la victoria o entregar la vida en el empeño.

Cuando suene el primer disparo y se despierte/ en virginal asombro la manigua entera,/ allí, a tu lado, serenos combatientes,/ nos tendrá…Cuando tu voz derrame hacia los cuatro vientos/ reforma agraria, justicia, pan, libertad,/ allí, a tu lado, con idénticos acentos,/ nos tendrá.

“¡En 1956 seremos libres o seremos mártires!”, era el compromiso con el pueblo y nada impediría ese primer disparo; ni siquiera la maniobra para eliminar a Fidel en el exilio mexicano ni la detención de una parte de los futuros expedicionarios ni la confiscación de armas, ni siquiera la no coincidencia del desembarco con el alzamiento organizado por Frank País el 30 de noviembre en Santiago de Cuba.

Nada frustraría el sueño de que el yate con su preciosa carga llegara. Lo que ocurrió el 2 de diciembre en Las Coloradas, en la costa sur del oriente cubano, con el afán de derrocar al régimen, transformar el panorama nacional y hacer realidad el Programa del Moncada, referido a resolver el problema de la tierra, de la industrialización, de la vivienda, el desempleo, la educación, la salud.

Ya lo había dicho el poeta al ardiente profeta de la aurora: Y cuando llegue al final de la jornada/ la sanitaria operación contra el tirano,/ allí, a tu lado, aguardando la postrer batalla,/ nos tendrás.

La convicción inalterable y la lealtad a la causa, al pueblo y a Fidel lo reflejó el grito de Juan Almeida ¡Aquí no se rinde nadie!, cuando fueron sorprendidos en Alegría de Pío, y la exclamación de Fidel: “¡Ahora sí ganamos la guerra!, al reunir algunos hombres y siete fusiles tras haber perdido valiosos combatientes asesinados por el enemigo y el hostigamiento del que fueron víctima.

El día en que la fiera se lama el flanco herido/ donde el dardo nacionalizador le dé,/ allí, a tu lado, con el corazón altivo, nos tendrás…No pienses que puedan menguar nuestra entereza/ las decoradas pulgas armadas de regalos;/ pedimos un fusil, sus balas, una peña,/ Nada más.

La mirada de aquellos buenos hombres, dispuestos a inmolarse por la soberanía de la Patria, se extendía más allá del horizonte, nada los doblegaría, tenían la estirpe de los osados asaltantes al Moncada, querían un Estado nuevo, del pueblo y para el pueblo, con todos y para el bien de todos, como habían aprendido de José Martí y como quería Fidel, su mejor discípulo.

Y si en nuestro camino se interpone el hierro,/ pedimos un sudario de cubanas lágrimas/ para que se cubran los guerrilleros huesos/ en el tránsito a la historia americana,/ Nada más.

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