Fidel y Abel, fervientes martianos

A los jóvenes Fidel Castro Ruz y Abel Santamaría Cuadrado les bullían en el alma ardientes ideas por el bien de la Patria, circunstancia que los acercó en una corta pero intensa amistad que los llevó a enrolarse en la hermosa aventura de la lucha por la libertad de Cuba, en la década del 50 de la pasada centuria.

Aleccionadora vida la de Abel, a quien su amigo ya más fogueado en los trajines de la lucha lo escogió como segundo jefe del asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953 con solo 25 años y al cual valoró en el juicio por los sucesos de ese día como “el más querido, generoso e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante historia de Cuba”.

Su fecunda existencia trochada en la flor de su juventud denota que muchos de esos valores que lo distinguieron como defensor de la justicia social, de una intrepidez y altruismo a toda prueba, devienen de su profunda raíz martiana, aspecto que lo unió indisolublemente a Fidel, otro ferviente martiano, que consideró a José Martí el autor intelectual del asalto a la fortaleza militar.

Abel Santamaría Cuadrado

Con tal ímpetu se entregó Abel a la organización de la lucha contra la tiranía batistiana que el líder histórico de la Revolución lo calificó como el alma del Movimiento que atacó el Moncada para que precisamente el Apóstol de la independencia de Cuba no muriera en el año de su centenario.

Su amantísima hermana Haydée con frecuencia testimoniaba un pasaje que retrataba el fervor patriótico del joven, nacido el 20 de octubre de 1927 en el central azucarero Constancia, en Encrucijada, Las Villas (hoy Villa Clara), quien no ocultaba sus inquietudes revolucionarias, entusiasmo e interés que provocaban en él la inspiradora historia de José Martí y Antonio Maceo.

Ella siempre rememoraba con orgullo aquella tarde en que llegó al apartamento donde vivían, en 25 y O, el Vedado, en La Habana, con un nuevo compañero, sin ocultar su gran alegría por haberlo encontrado: era Fidel, el hombre que cambiaría el destino de Cuba, así pensó desde entonces.

El tiempo apenas alcanzaba en aquella época: edición del periódico mimeografiado clandestino Son los mismos, después convertido en El Acusador para encender la llama insurreccional, con Fidel y Abel como principales cronistas y polemistas; conspiran, discuten planean y la figura de Martí presente.

Hasta que llegó el día iluminado en que atacaron el Moncada, el reinicio de la lucha por la plena soberanía de Cuba, el motor pequeño para arrancar el motor grande de la Revolución, cuando Abel, junto a otros compañeros de armas, asumió la posición de la toma del hospital civil Saturnino Lora, donde fueron asesinados 20 jóvenes, entre ellos el villaclareño.

Siempre laceró el alma, sobre todo a Fidel, recordar la forma tan brutal en que los sicarios de la tiranía batistiana lo asesinaron y arrancaron los ojos sin que pudieran sacarle ninguna palabra de arrepentimiento o delación por la acción del Moncada, lo que da la medida de su estirpe mambisa y patriótica.

Pero como dijo el propio Fidel en su alegato de defensa La Historia me absolverá, sus compañeros no están ni olvidados ni muertos, viven en el alma de la Patria, en el espíritu de la nación. Así, por ejemplo, sigue existiendo en sitios como el seminternado de primaria Abel Santamaría, de El Caney en Santiago de Cuba, escuela modelo de la educación cubana, donde él es un héroe tangible, de cuyo legado se nutren las nuevas generaciones.

También su impronta pervive en el complejo histórico Abel Santamaría Cuadrado, compuesto por el parque, la biblioteca y el museo, uno de los sitios más emblemáticos de Santiago de Cuba por su estrecha relación con hechos significativos de la última etapa de lucha insurreccional.

Según la museóloga Mabel Roché, el histórico lugar lo visitan asiduamente estudiantes y población en general; en una ocasión lo recorrió el General de Ejército Raúl Castro y el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, y siente el dolor de que nunca el Comandante en Jefe lo visitara; piensa que tal vez eran muy fuertes los recuerdos vinculados con el más generoso e intrépido de sus compañeros, como él mismo lo calificara.

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