Girón: los que recuerdan y los que olvidan

Por estos días, pero en 1961, Cuba aplastó la invasión mercenaria de Playa Girón. En aquel momento éramos niños. Después comprendimos y desde entonces no olvidamos.

Girón constituyó una hazaña no solo porque la Revolución derrotó a los invasores en menos de 72 horas, sino porque un pueblo decidido venció a un ejército organizado, estrenado y dirigido por los Estados Unidos y frustró el plan enemigo que consistía en tomar un pedazo de tierra cubana, convertirlo en una cabeza de playa y solicitar la intervención norteamericana que debería restaurar la tiranía pro imperialista de Fulgencio Batista.

Sobre los sucesos de Playa Girón se ha escrito bastante. En un texto anterior recordé el libro de Víctor Casaus “Girón en la memoria”; ahora quisiera aludir a los testimonios de dos personas que tienen en común su origen humilde, su condición de revolucionarios y haber participado en la épica victoria: Beto Clavel y Eduardo Heras. Beto nació en Mayarí Arriba, donde la familia Clavel era conocida por su entereza.

Varios de sus miembros se incorporaron al Ejército Rebelde. Él no podía faltar. Combatió en el II Frente Oriental Frank País, bajo el mando del comandante Raúl Castro Ruz. Al terminar la guerra formó parte de un grupo de orientales que marcharon a prestar sus servicios en la capital y allí se establecieron. Le dieron casa en el reparto Sierra Maestra, en Santiago de las Vegas: una casa con un patio amplio que le recordaba a Mayarí.

Era sargento en la unidad de tanques de Managua, de allí salió con su compañía a repeler la invasión mercenaria. Posteriormente lo licenciaron, pasó a laborar en una tienda, pero su verdadero trabajo eran las movilizaciones, cada vez que hacía falta brazos para alguna zafra fuera de lo que fuera, estaba.
Fiel a su estirpe de campesino, en el patio sembró cuanta planta puede imaginarse. El patio estaba tan limpio como el hogar. Esperanza, su esposa, se ocupaba. Venía a Santiago todos los años, visitaba el Moncada y se iba a Mayarí. En una ocasión aproveché para invitarlo a platicar con mis estudiantes de Periodismo. Pasé trabajos para convencerlo, pero lo convencí. Los muchachos agradecieron la charla: no hablaba de él sino de sus hermanos caídos y remató con una consideración lapidaria. A los mercenarios derrotados los cambiamos por compotas: fue la única vez que el gobierno de Estados Unidos indemnizó a país alguno. Eso dijo.

Quizás a los anexionistas de hoy ese traje les sirva. Ojalá que no se atrevan, pero quienes piden a gritos una invasión extranjera, si se llenan de valor le sugerimos, antes de alistarse, pensarlo con calma, no vaya a ser que le pase lo mismo que a sus predecesores. En el fondo no estaría mal cambiarlos por compotas, ese producto tan importante para nuestros niños al cual apenas tienen acceso por el bloqueo norteamericano que los anexionistas defienden con entusiasmo. Heras León también combatió en Girón, como artillero. En su juventud tuvo que limpiar zapatos para sostener a la familia, luego se orientó hacia el magisterio. No se conocieron, pero tío Beto bien pudo ser uno de los personajes de libro de Heras “La guerra tuvo seis nombres”.

Con el chino Heras, a quien se dedicó la Feria Internacional del Libro de 2019, jamás había conversado; tuvimos la posibilidad de intercambiar durante la conferencia de prensa del evento. Muchos creíamos que, como figura relevante de la cultura cubana merecía la dedicatoria desde antes; pero él no hablo del tema. Tampoco se refirió al significado de ser Premio Nacional de Literatura (2014) y de Edición (2001). Prefirió recordar su participación en Girón y confesó ser un revolucionario que escribe. No lo dijo, pero sabemos que ante los desconocimientos de que fue objeto, por prejuicios ideológicos, se mantuvo firme, resistió, a diferencia de otros que blasonaron de revolucionarios hasta que se enredaron en las trampas de la memoria. Hoy preguntamos por él, a sus detractores les asignamos un lugarcito en los terrenos del olvido.

A esta altura es bueno diferenciar. El olvido tiende a equipararse con la ausencia de memoria. Pero, esa apreciación no siempre concuerda con la realidad: el olvido suele tener su propia memoria.Los más viejos, los que en Playa Girón les propinaron a los yanquis su primera gran derrota militar en América Latina; los que participaron en la lucha contra bandidos en el Escambray, difícilmente olviden tales hazañas. Los que hicimos cosas muy humildes como acudir al llamado para formarnos como profesores y la Universidad de Oriente nos recibió con una zafra, la de 70, de modo que nuestra primera asignatura fue cortar caña, difícilmente olvidemos aquel tiempo.

Hay muchos tipos de olvidos, quizás uno de los más graves sea la falta de memoria histórica, especialmente cuando su práctica es deliberada: la historia no perdona ni aun a quienes la ignoran. Una variante perniciosa consiste en olvidar lo inconveniente. En esta postura se incluyen los que ascendieron socialmente – este país es generoso y ha sido paternalista.Estos individuos tienden a rehuir de sus orígenes y hasta se avergüenzan de sus raíces; prefieren las ramas que son más visibles, sin reparar en que tienden a ser quebradizas. Esa es su realidad. Pero, hay otra realidad: la de Beto, la de Heras y de tantos otros, la nuestra.

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